Domingo
11 de enero de 2026
Bautismo del Señor – Fiesta
El cielo se abre sobre nuestras aguas: el Bautismo del Señor, comienzo de vida y misión.
La liturgia de este domingo cierra el tiempo de Navidad con una escena decisiva: Jesús desciende al Jordán y se deja bautizar por Juan. No es un gesto anecdótico ni un simple rito de inicio. En el Bautismo del Señor se revela quién es Jesús y, al mismo tiempo, se ilumina quiénes estamos llamados a ser nosotros. Es una fiesta de revelación, de identidad y de misión. Por eso es también una celebración profundamente esperanzadora, orientada al futuro.
El profeta Isaías presenta al Siervo del Señor como elegido, sostenido por Dios y ungido con su Espíritu. No grita, no impone, no quiebra la caña resquebrajada ni apaga la mecha humeante. Su misión es abrir los ojos de los ciegos, liberar a los cautivos y sacar de la oscuridad a los que viven en tinieblas. Este texto, proclamado hoy, no es una promesa abstracta: en Jesús que baja al Jordán, la profecía se cumple. El Siervo anunciado es el Hijo amado que se solidariza con la humanidad herida para sanarla desde dentro.
El salmo responsorial nos invita a alabar al Señor que se manifiesta con poder y majestad, cuya voz resuena sobre las aguas. La tradición bíblica siempre ha visto en las aguas un símbolo de vida, pero también de caos. En el Bautismo del Señor, la voz de Dios no destruye las aguas, sino que las habita y las bendice. Dios no huye del mundo real; entra en él para transformarlo. Esta es una clave esencial de la fe cristiana: la gracia no elimina la historia, la recrea.
La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece una catequesis apostólica clara y luminosa. Pedro proclama que Dios no hace acepción de personas y que Jesús pasó haciendo el bien, curando y liberando a todos los oprimidos, porque Dios estaba con Él. El Bautismo de Jesús no es solo un acontecimiento del pasado; es el inicio de un camino que continúa en la Iglesia. Allí donde hay bautizados que viven su fe con coherencia, el bien sigue pasando, la sanación sigue siendo posible y la esperanza sigue abriéndose paso.
El Evangelio según san Mateo nos sitúa en el corazón del misterio. Jesús, sin pecado, se coloca en la fila de los pecadores. Juan se resiste, pero Jesús insiste: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. Aquí se revela la lógica de Dios, tan distinta de la lógica humana. La justicia de Dios no consiste en la distancia, sino en la cercanía; no en el privilegio, sino en la comunión; no en la condena, sino en la misericordia que restaura. Al salir del agua, los cielos se abren, el Espíritu desciende y la voz del Padre declara: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. El Bautismo de Jesús es una manifestación trinitaria y, al mismo tiempo, una proclamación pública de su identidad y de su misión.
Desde la Tradición de la Iglesia y los Padres, este misterio ha sido contemplado como una verdadera epifanía del amor de Dios. Cristo santifica las aguas para que, desde entonces, el Bautismo cristiano sea fuente de vida nueva. No se trata solo de un rito de entrada, sino de un nuevo nacimiento. Por el Bautismo, somos incorporados a Cristo, hechos hijos en el Hijo, ungidos por el Espíritu y enviados a vivir como discípulos misioneros en medio del mundo.
Esta fiesta nos invita a mirar nuestro propio Bautismo. No como un recuerdo del pasado, sino como una gracia viva que sigue actuando. En un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y el cansancio espiritual, el Bautismo nos recuerda que no estamos solos ni abandonados. Tenemos una identidad firme: somos hijos amados de Dios. Tenemos una vocación clara: pasar haciendo el bien. Tenemos un futuro abierto: el cielo no está cerrado, sigue abierto sobre la vida de quienes caminan con Cristo.
Celebrar el Bautismo del Señor es renovar la esperanza. Es creer que la historia puede ser distinta porque Dios sigue entrando en ella. Es asumir con humildad y valentía la misión recibida. Es dejar que el Espíritu nos conduzca para ser luz, consuelo y signo de vida nueva en nuestras familias, en nuestra parroquia y en la sociedad. Hoy, el Jordán sigue fluyendo en la Iglesia. Hoy, Dios sigue diciendo a cada bautizado: tú eres mi hijo amado; en ti me complazco.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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