20
OCT
2025

El ateísmo moderno y sus raíces



El ateísmo moderno y sus raíces

Entender la negación de Dios para anunciar con esperanza su presencia

En cada época de la historia, el ser humano ha buscado respuestas sobre el origen y el destino de la vida. Pero en los últimos siglos ha surgido un fenómeno que marca profundamente la cultura contemporánea: el ateísmo, es decir, la negación o indiferencia frente a la existencia de Dios. Comprender sus raíces no significa justificarlo, sino entender las heridas del corazón humano para responder con amor y verdad.

1. Un mundo que quiso vivir sin Dios

El ateísmo moderno nació como reacción. En parte, fue una respuesta a imágenes deformadas de Dios: un Dios lejano, castigador, enemigo de la libertad o del progreso humano. Al mismo tiempo, la ciencia y la técnica, mal entendidas, alimentaron la ilusión de que el hombre podía explicarlo todo sin referencia al Creador.
La modernidad quiso emanciparse de Dios para proclamarse “autónoma”. Pero al hacerlo, el hombre se quedó huérfano de sentido. Lo que parecía libertad se convirtió en vacío. Lo que parecía dominio del mundo se transformó en pérdida de dirección interior.

2. Causas profundas del ateísmo

El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes (n. 19–21), explicó que el ateísmo no proviene solo de argumentos filosóficos, sino también de causas morales y existenciales. Entre ellas:

  • El sufrimiento del inocente, que lleva a muchos a pensar que un Dios bueno no puede existir.
  • La mala conducta de los creyentes, que escandaliza y debilita la fe de los demás.
  • La búsqueda exagerada de bienestar material, que hace olvidar lo espiritual.
  • Y la tentación del orgullo intelectual, que no acepta depender de un Ser superior.

Detrás del ateísmo, más que un razonamiento, suele haber una herida: la experiencia del dolor, de la soledad o de una paternidad mal entendida. Cuando el hombre pierde el rostro del Padre, se refugia en la autosuficiencia.

3. La respuesta de la Iglesia: compasión y testimonio

La Iglesia no condena al que duda: lo acompaña. Su misión no es imponer la fe, sino proponer el rostro de un Dios que ama, perdona y espera.
El Papa Benedicto XVI decía:

“El problema del ateísmo no se resuelve con argumentos, sino con la belleza de una vida creyente.”

Frente al rechazo de Dios, no basta una defensa intelectual. Se necesita el testimonio de cristianos coherentes y alegres, que muestren que la fe no oprime, sino que libera; que no apaga la razón, sino que la ilumina.
El antídoto más eficaz contra el ateísmo es la santidad cotidiana, esa fe vivida con serenidad en medio del mundo.

4. Redescubrir el rostro verdadero de Dios

El verdadero Dios no es un tirano ni un juez cruel, sino un Padre que sale al encuentro del hijo perdido. Jesús reveló ese rostro compasivo en la parábola del hijo pródigo: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente” (Lc 15,20).
Hablar de Dios hoy exige mostrar ese amor misericordioso, capaz de sanar la desconfianza y el miedo. Solo el amor revela el misterio de Dios. Solo el amor hace creíble la fe.

Pensar

El ateísmo no es solo una idea, sino muchas veces un grito de dolor. Entenderlo con misericordia es el primer paso para responder con verdad.

Sentir

No juzgues al que duda: abrázalo con paciencia. Pide a Dios un corazón que sepa comprender antes de condenar.

Actuar

Da testimonio sereno de tu fe. Haz de tu vida una respuesta amable y luminosa al mundo que ha olvidado a Dios.

 Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.



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