29
OCT
2025

El argumento ontológico de San Anselmo



El argumento ontológico de San Anselmo

La idea de un Ser que no puede no existir

En la historia del pensamiento cristiano, pocos argumentos han suscitado tanto interés como el argumento ontológico formulado por San Anselmo de Canterbury (1033–1109). Mientras Santo Tomás de Aquino parte de la experiencia sensible —del mundo que vemos y tocamos—, San Anselmo propone un camino distinto: desde la razón pura, desde la misma idea de Dios. Su razonamiento es tan audaz como simple: si podemos concebir en nuestra mente la idea de un Ser absolutamente perfecto, ese Ser debe existir, porque la existencia es parte de la perfección misma.

1. El razonamiento de San Anselmo

En su obra Proslogion, San Anselmo escribe una oración que se convierte en argumento:

“Señor, no busco comprender para creer, sino que creo para comprender. Pero creo también que, si no creyera, no comprendería.”

Su pensamiento se puede resumir así:

  1. Tenemos en la mente la idea de Dios como “Aquel mayor que el cual nada puede pensarse”.
  2. Si existiera solo en el pensamiento y no en la realidad, podría pensarse algo mayor: un ser que existiera realmente.
  3. Por tanto, Dios debe existir no solo en la mente, sino también en la realidad, pues de lo contrario no sería el Ser supremo.

San Anselmo no parte del mundo exterior, sino del mundo interior de la razón. En el acto de pensar a Dios, la mente reconoce que ese Ser no puede no existir, porque la existencia pertenece necesariamente a su perfección.

2. La fe que piensa

San Anselmo no quiso “probar” a Dios al modo científico, sino expresar cómo la razón, movida por la fe, descubre que Dios no es una idea vacía, sino la realidad más sólida que puede concebirse.
Su célebre expresión “fides quaerens intellectum” —“la fe que busca entender”— resume una actitud profundamente cristiana: la fe no se contenta con creer, quiere comprender lo que ama.

Para el creyente, Dios no es una suposición útil ni una construcción mental, sino una presencia que da sentido a todo pensamiento. La razón, iluminada por la fe, reconoce que el Ser perfecto no puede depender de la mente humana, sino que la trasciende.

3. Objeciones y valor del argumento

Varios filósofos, incluso creyentes, objetaron el argumento ontológico. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, consideró que la existencia no se deduce del pensamiento, porque solo la experiencia nos muestra lo que existe.
Sin embargo, otros pensadores —como Descartes, Leibniz y, en el siglo XX, Karl Barth o Norman Malcolm— redescubrieron su fuerza: el argumento no pretende ser una prueba empírica, sino una reflexión sobre la coherencia de la idea de Dios. Si concebimos a Dios como el Ser absolutamente necesario, no podemos pensarlo como inexistente.

En lenguaje moderno podríamos decir: negar a Dios implica contradecir la idea misma de perfección.

4. El corazón detrás de la lógica

Más allá de su estructura racional, el argumento ontológico es una oración del alma que busca a Dios. San Anselmo no escribe para debatir, sino para amar mejor al que cree.
Su razonamiento es, en el fondo, un acto de adoración: el reconocimiento de que Dios no depende de nuestra mente, sino que nuestra mente existe porque Él la pensó primero.

“Si no existieras, Señor, no podría yo pensar en Ti. Si puedo pensar en Ti, es porque Tú estás en mí.” (Proslogion, cap. 4)

Esta intuición nos recuerda que la fe y la razón, unidas, son un camino hacia la presencia viva de Dios en el pensamiento, en la conciencia y en el corazón.

5. La actualidad de San Anselmo

En un tiempo donde muchos reducen la fe a sentimiento, San Anselmo nos enseña que pensar a Dios es también una forma de orar. Su argumento nos invita a redescubrir la fuerza de la mente cuando se abre al misterio.
Hoy, cuando abundan las ideas de “dioses pequeños” —fabricados a la medida de cada uno—, el pensamiento anselmiano nos recuerda que Dios no es una proyección de la mente humana, sino el Ser que sostiene incluso nuestro pensar.
Su existencia no depende de nosotros: nosotros dependemos de su existencia.

Pensar

Si puedes concebir a Dios como el Ser supremo, no puedes concebirlo como inexistente. Su perfección incluye necesariamente el ser.

Sentir

Deja que tu mente adore a Dios. No temas pensar en Él: tu inteligencia es uno de los lugares donde su presencia se hace visible.

Actuar

Dedica unos minutos al silencio mental. Piensa simplemente: “Dios existe, y su pensamiento me sostiene”. Transforma tu reflexión en adoración.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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