El argumento estético y existencial
La belleza y el sentido como caminos hacia Dios
Después
de recorrer los caminos de la razón, la moral y la conciencia, llegamos ahora a
una de las vías más sensibles y profundas: la belleza y el sentido de la
vida.
Hay cosas que no se demuestran: se contemplan, se viven, se sienten. Y una de
ellas es la experiencia de la belleza.
El ser humano, en cualquier época o cultura, se detiene ante lo hermoso —un
paisaje, una obra de arte, una sonrisa, un acto de amor— y siente que hay
algo más grande detrás de esa armonía. Esa emoción, ese estremecimiento
interior, es una huella de lo divino. La belleza no se impone, atrae; y
en su atracción silenciosa, nos revela el rostro de Dios.
1. La belleza que conduce al asombro
La
belleza no se explica: se experimenta. Es un “lenguaje del alma” que despierta
el deseo de eternidad.
Cuando contemplamos algo verdaderamente bello, intuimos que estamos ante un
reflejo de una belleza absoluta, imposible de poseer por completo. Como
decía Dostoievski:
“La
belleza salvará al mundo.”
No porque sea un adorno, sino porque despierta en nosotros la nostalgia del
bien y de la verdad.
San Agustín lo vivió con intensidad:
“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé. Tú estabas
dentro de mí, y yo fuera.” (Confesiones, X, 27).
En la experiencia estética, el alma se abre al misterio: detrás de lo visible,
percibe lo eterno.
2. La belleza como huella de Dios
El
orden, la proporción y la armonía del universo son signos de una sabiduría
creadora.
Cada amanecer, cada flor que se abre, cada nota musical que conmueve, son
mensajes silenciosos del Creador.
La belleza es el resplandor del ser, y por eso, donde hay belleza auténtica,
hay un reflejo de Dios mismo, que es “el Autor de toda hermosura” (Sab
13,3).
No es casual que la Iglesia, a lo largo de los siglos, haya evangelizado
también a través del arte: templos, música, iconos y arquitectura que elevan el
espíritu hacia el cielo. La belleza es una vía de evangelización, porque
habla directamente al corazón.
3. El anhelo de sentido
Junto
con la belleza, otro camino profundamente humano hacia Dios es el sentido.
El hombre no puede vivir sin preguntarse: ¿por qué existo?, ¿qué valor tiene mi
vida?, ¿a dónde voy?
Cuando estas preguntas se hacen con sinceridad, conducen a la trascendencia.
Como decía Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración:
“Quien
tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.”
Ese “porqué” no se encuentra en el placer ni en el éxito, sino en el encuentro
con el Amor que da sentido a todo: Dios mismo.
El vacío existencial del mundo moderno no se llena con cosas, sino con el
descubrimiento de que la vida tiene un propósito eterno.
4. La belleza redimida por Cristo
En
Jesucristo, la belleza y el sentido alcanzan su plenitud.
Su vida, su entrega y su cruz revelan que el amor es la forma más alta de
belleza.
El rostro de Cristo crucificado —desfigurado por el dolor, pero lleno de amor—
nos enseña que incluso en el sufrimiento puede resplandecer la hermosura
divina.
Por eso, la fe cristiana no huye del mundo, sino que lo transforma desde
dentro, descubriendo en cada persona la imagen de Dios, que es siempre bella,
incluso cuando está herida.
5. La misión de los creyentes: custodiar la belleza
En
una cultura que banaliza lo bello y glorifica lo superficial, los creyentes
están llamados a ser guardianes de la belleza verdadera: la del amor, la
pureza, la generosidad, la misericordia.
El Papa Francisco lo dijo con claridad:
“El
camino de la belleza es un camino privilegiado para llegar a Dios. La belleza
auténtica nos eleva y nos purifica.”
Anunciar la fe también es mostrar la hermosura de vivir con sentido, de amar
sin medida y de servir con alegría.
Pensar
La belleza y el sentido de la vida apuntan más allá de sí mismos. Son huellas visibles del Dios invisible, que atrae el corazón humano hacia la eternidad.
Sentir
Permite que la belleza te conduzca al asombro. Que cada signo de armonía, verdad y amor te hable del Creador que lo hizo posible.
Actuar
Busca hoy algo bello —una obra de arte, un gesto de bondad, una palabra justa— y contempla en ello un reflejo de Dios. Luego, compártelo: la belleza crece cuando se comparte.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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