El anhelo de felicidad
La búsqueda de plenitud como camino hacia Dios
En lo más profundo del corazón humano existe un deseo que no desaparece jamás: queremos ser felices. No se trata de un simple gusto por el placer o la comodidad, sino de una búsqueda radical de plenitud, de sentido y de amor que dé unidad a toda la vida. Este anhelo no es un capricho ni una ilusión: es una brújula interior que apunta hacia Dios. El ser humano no se inventa el deseo de felicidad; lo recibe como una huella del Creador, que lo llama a participar de su propia vida.
1. La felicidad: deseo universal e irreductible
Todas
las personas, sin excepción, buscan ser felices.
Este deseo aparece en cada cultura, en cada época y en cada situación humana.
Nadie se levanta por la mañana queriendo la tristeza o la frustración; todos
buscan de algún modo la plenitud.
Esta universalidad revela que el deseo de felicidad está inscrito en la
naturaleza humana, porque hemos sido creados para el bien, la verdad y el
amor, y solo en ellos el corazón encuentra descanso.
2. Las búsquedas que no llenan
El
mundo ofrece muchas respuestas rápidas a la sed de felicidad: éxito, dinero,
poder, placer, reconocimiento.
Pero, aunque estas cosas pueden traer alegría pasajera, no llenan el corazón.
El hombre descubre pronto que, incluso alcanzando lo que desea, queda una
insatisfacción profunda, una nostalgia de algo más.
Esa “inquietud fundamental”, como la llamaba San Agustín, es la señal de que la
felicidad verdadera no se encuentra en lo creado, sino en Aquel que creó
todo.
3. El deseo de felicidad: un camino hacia Dios
El
deseo humano de plenitud apunta hacia un bien que ningún bien finito puede
colmar.
Esta es una de las señales más fuertes de la existencia de Dios.
Si el corazón desea un bien sin límites, es porque está hecho para un Bien
infinito.
“Nos
hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en
ti” (San Agustín).
La búsqueda de sentido, la sed de justicia, el anhelo de amor fiel, los sueños
de eternidad… todo esto es la huella del Dios vivo que atrae al alma hacia sí.
4. Cristo, la felicidad hecha rostro
Dios
no dejó al hombre solo en su búsqueda de felicidad.
En Jesucristo, el Padre se hace cercano y revela que la verdadera felicidad no
consiste en tener, sino en amar y ser amados.
Cristo es la respuesta al deseo de felicidad porque en Él se encuentra:
– la verdad que ilumina,
– el amor que salva,
– la misericordia que restaura,
– la vida que no muere.
Por eso, Jesús proclama:
“Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
La plenitud que el corazón busca no es un sentimiento: es una Persona.
5. La felicidad eterna: destino del corazón humano
La
fe enseña que el deseo de felicidad alcanza su plenitud en la visión de Dios,
en la vida eterna, donde el hombre entra en comunión de amor con la Trinidad.
Esa es la bienaventuranza prometida, donde no habrá dolor ni muerte, donde el
amor será total.
El cielo no es un premio, sino la consumación del deseo más profundo del
corazón humano: ver a Dios y vivir en Él para siempre.
La esperanza cristiana transforma la vida presente: hace posible vivir con
alegría incluso en medio de las pruebas porque el corazón sabe hacia dónde
camina.
Pensar
El deseo de felicidad es una huella de Dios en el alma. Ningún bien creado puede colmarlo plenamente, porque fue hecho para el Bien infinito.
Sentir
Reconoce en tu propio corazón esa nostalgia de plenitud. Es Dios atrayéndote hacia Él, llamándote a una alegría que nada ni nadie puede arrebatar.
Actuar
Busca la verdadera felicidad en Cristo. Ordena tu vida hacia el bien, la verdad y el amor, y deja que tu corazón camine hacia la plenitud para la que fue creado.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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