31
OCT
2025

El amor que libera y la misericordia que no excluye



VIERNES 31 DE OCTUBRE DE 2025 – SEMANA XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
El amor que libera y la misericordia que no excluye

En el cierre de este mes dedicado al Santo Rosario y a las Misiones, la Palabra de Dios nos invita a mirar con los ojos del corazón y a vivir con la misma compasión con que Cristo nos ha amado. San Pablo, en su carta a los Romanos (9, 1-5), nos abre su alma con una confesión profundamente humana y espiritual: sufre por su pueblo, porque no ha reconocido plenamente al Mesías. Este dolor no nace del orgullo ni del reproche, sino de un amor tan grande que lo lleva a desear incluso el sacrificio de sí mismo por la salvación de los demás. En su ardor apostólico descubrimos el rostro de Cristo que “no vino a condenar, sino a salvar” (Jn 3,17). El corazón del apóstol late al ritmo del Corazón de Jesús: dispuesto siempre a cargar con las debilidades ajenas, sin perder la esperanza en la misericordia del Padre.

El Salmo 147 nos hace levantar la mirada para bendecir al Señor que “fortalece los cerrojos de tus puertas y bendice a tus hijos dentro de ti”. Frente a la dureza del mundo, el salmista nos recuerda que la verdadera seguridad no proviene de las armas ni del poder, sino del Dios que edifica la paz en nuestros confines y sacia con su palabra a los que tienen hambre de sentido. En esta hora de la historia, en la que muchos muros dividen y tantas heridas claman por reconciliación, la Iglesia está llamada a ser signo de unidad y testigo de esperanza: una casa con las puertas abiertas, donde los pobres y los enfermos, los pequeños y los olvidados, encuentren un lugar para descansar.

El Evangelio según san Lucas (14, 1-6) nos muestra a Jesús curando a un hombre hidrópico en sábado, ante la mirada severa de los fariseos. El Maestro no se deja atrapar por la rigidez de la ley, sino que revela su sentido más profundo: el amor. “¿Es lícito curar en sábado o no?”, pregunta Jesús, y al hacerlo nos enseña que la caridad está por encima del formalismo, y que ninguna norma puede sofocar la compasión. Dios no descansa cuando se trata de aliviar el sufrimiento humano. Así, el Señor nos invita a revisar nuestras propias actitudes: ¿preferimos los reglamentos a las personas?, ¿ponemos condiciones a la misericordia?, ¿sabemos detenernos ante el dolor ajeno o pasamos de largo por miedo a complicarnos la vida?

En este contexto, la memoria de San Alfonso Rodríguez, hermano portero de los jesuitas en Mallorca, ilumina el Evangelio con el brillo de la sencillez. Su vida fue una puerta abierta a Cristo y a todos los que lo buscaban. Desde la humildad de su oficio cotidiano, supo descubrir en cada visitante el rostro del Señor. No fue un predicador de multitudes, sino un testigo silencioso del amor que sirve y consuela. Enseñó que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario. San Alfonso es modelo para todos los que trabajan en lo escondido, para quienes ofrecen su vida con paciencia, alegría y fidelidad en el servicio.

En este fin de mes misionero y mariano, la Virgen María nos enseña a unir la oración con la acción. El Rosario, rezado con el corazón, se convierte en una escuela de caridad y contemplación. Cada misterio es un paso misionero, un envío a llevar el amor de Cristo a los demás. Rezar el Rosario no es huir del mundo, sino transformarlo desde dentro, con la fuerza de la fe que confía y del amor que se entrega.

Pensemos que el amor de Dios no conoce fronteras ni se detiene ante las leyes humanas cuando se trata de salvar y sanar; su misericordia siempre busca al que sufre. Sintamos la compasión de Cristo que se inclina sobre nuestras heridas y nos enseña a mirar al otro con ternura, sin juicios ni etiquetas. Actuemos con amor concreto y alegre: recemos el Santo Rosario en familia, ayudemos a quien lo necesita, y abramos las puertas de nuestro corazón para que en nosotros otros puedan encontrar descanso y esperanza.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial. 


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