06
NOV
2025

El amor que busca, rescata y devuelve la esperanza



Jueves 6 de noviembre de 2025
Semana XXXI del Tiempo Ordinario
Lecturas: Romanos 14, 7-12; Salmo 26; Lucas 15, 1-10
Memoria de San Leonardo de Noblac, abad

El amor que busca, rescata y devuelve la esperanza

La Palabra de Dios de este jueves nos invita a contemplar con hondura el misterio del amor divino que busca al hombre perdido y lo reintegra a la comunión. San Pablo, en su carta a los Romanos, nos recuerda una verdad que debería sostener toda nuestra existencia: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; si morimos, para el Señor morimos. En la vida y en la muerte somos del Señor”. Con estas palabras, el apóstol afirma el señorío absoluto de Cristo sobre toda la creación, pero especialmente sobre el creyente que ha sido redimido por su sangre. No somos dueños de nosotros mismos; pertenecemos a Aquel que nos amó primero. Esta pertenencia no oprime, sino que libera; no limita, sino que plenifica, porque sólo quien vive para Dios puede descubrir el sentido profundo de la existencia.

El salmo 26 resuena hoy como un canto de confianza en medio de las sombras del mundo: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. En tiempos donde abunda la incertidumbre y el miedo, esta confesión se convierte en un faro de esperanza. El creyente, fortalecido por la fe, camina con la certeza de que ninguna oscuridad podrá apagar la luz que viene de Dios. Los Padres de la Iglesia, como San Agustín, veían en este salmo una expresión de la vida del alma que busca a Dios entre las tinieblas del pecado y de la prueba: “Dios es luz que no se apaga y salvación que no falla”. Cuando el hombre confía en esa luz, aprende a mirar más allá del dolor, a esperar incluso cuando todo parece perdido.

En el Evangelio según san Lucas (15, 1-10), Jesús nos revela el corazón del Padre en las parábolas de la oveja perdida y la moneda extraviada. Los fariseos murmuraban porque el Maestro acogía a los pecadores y comía con ellos. Pero Cristo, movido por la ternura del amor divino, responde con imágenes que desarman todo juicio humano. La oveja perdida simboliza a quien se ha alejado de Dios por fragilidad o pecado; la moneda representa el valor inmenso de cada alma para su Creador. En ambas parábolas hay búsqueda, encuentro y alegría. El pastor no se resigna a perder ni una sola de sus ovejas; la mujer no descansa hasta hallar la moneda. Y ambos celebran con gozo, porque cada regreso, cada conversión, cada alma rescatada, es motivo de fiesta en el cielo.

Este pasaje nos recuerda que Dios no se cansa de buscar. Como decía San Gregorio Magno, “el Señor ama tanto a cada uno, como si no amara sino a uno solo”. Su misericordia no se mide en proporciones humanas: se desborda, abraza y transforma. Jesús no vino a condenar, sino a salvar; no vino a excluir, sino a sanar. Y cada vez que una persona se abre al perdón, el cielo entero se alegra. ¡Qué consolador saber que hay un Dios que no se rinde con nosotros, que sigue buscándonos incluso en los rincones más oscuros de nuestra historia!

San Leonardo de Noblac, cuya memoria celebramos hoy, fue un ejemplo luminoso de esa misericordia activa. Nacido en el siglo VI en Galia, discípulo de San Remigio de Reims, eligió la vida monástica y se consagró al servicio de los pobres y los prisioneros. Su fama de santidad creció por los milagros de liberación que Dios obraba por su intercesión. En una época de injusticias y esclavitud, San Leonardo se convirtió en signo de libertad y esperanza. Su vida enseña que el seguimiento de Cristo no se encierra en el claustro, sino que se extiende a las periferias humanas donde el amor necesita ser tangible. Por eso es patrono de los prisioneros, de las parturientas y de todos los que anhelan la libertad interior y exterior.

Hoy, en medio de las tensiones del mundo y los desafíos personales, el Evangelio nos invita a mirar con esperanza hacia adelante. Si alguna vez nos hemos sentido perdidos, recordemos que hay un Pastor que nos conoce por nuestro nombre y que no dejará de buscarnos hasta encontrarnos. Si alguna vez hemos perdido la paz, sepamos que Dios enciende su lámpara y barre nuestra alma hasta restaurar el brillo de su imagen en nosotros. La conversión no es una humillación, sino un abrazo; no es una pérdida, sino un retorno a la verdadera alegría.

Que este día sea ocasión para abrir el corazón al amor de Dios que libera y reconstruye. Dejemos que el Señor nos encuentre, nos cargue sobre sus hombros y nos devuelva al hogar del alma. Y como San Leonardo, hagamos de nuestra vida una respuesta concreta a esa misericordia: seamos instrumentos de reconciliación, promotores de libertad, artesanos de esperanza.


Toda vida tiene sentido sólo en el amor de Cristo, que nos llama a vivir y morir para Él. Que el gozo del Pastor que nos busca despierte en nuestro corazón la certeza de ser amados y valorados por Dios. Salgamos también nosotros a buscar, perdonar y levantar al hermano caído; encendamos la lámpara de la fe en nuestra casa y hagamos fiesta por cada corazón que vuelve al Señor.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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