05
NOV
2025

El alma humana como huella de lo divino



El alma humana como huella de lo divino

La espiritualidad y la libertad como signos de trascendencia

Entre todas las criaturas del universo, solo el ser humano puede preguntarse por el sentido de su vida, buscar la verdad, amar libremente y abrirse al infinito. Esta capacidad de trascender lo material revela algo decisivo: el alma humana lleva impresa la huella de Dios.
La razón, la conciencia, la libertad, el amor y el anhelo de eternidad no son meros productos de la biología o de la evolución: son signos de una dimensión espiritual que trasciende la materia. En cada persona se refleja el misterio del Creador.

1. El alma, imagen viva de Dios

La Sagrada Escritura lo afirma desde el principio:

“Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” (Gn 1,27).
Esa semejanza no se refiere al cuerpo, sino al alma, principio espiritual que nos hace capaces de conocer, amar y elegir.
El alma humana no es una chispa temporal de conciencia, sino una sustancia espiritual e inmortal. No muere con el cuerpo, porque fue creada directamente por Dios (cf. CIC 366).
En ella habita la dignidad más alta: la capacidad de entrar en comunión con su Creador.
Así, el hombre no solo tiene un alma, es alma y cuerpo, unidad sagrada de materia y espíritu.

2. La libertad: reflejo del Amor divino

Dios no quiso robots que lo obedecieran, sino hijos libres que pudieran amarlo.
La libertad humana, cuando se orienta al bien, revela su origen divino. Solo quien ama libremente puede reflejar al Dios que es Amor.
Sin embargo, esa libertad también puede extraviarse; puede elegir el egoísmo y romper la armonía del alma.
Por eso, la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que conduce al bien.
San Juan Pablo II lo expresó así:

“La libertad se realiza en la verdad y se perfecciona en el amor.”
Cada vez que elegimos el bien, nuestra alma se eleva hacia su origen; cada vez que elegimos el mal, nos alejamos de la fuente de la vida.

3. La conciencia: el santuario de Dios en el hombre

En lo más profundo del alma hay un lugar donde el hombre se encuentra solo con Dios: la conciencia.
Allí resuena una voz que no inventamos, una voz que nos invita al bien y nos advierte del mal. Esa voz es la huella viva del Creador que guía nuestro interior.
Como decía el cardenal Newman:

“La conciencia es el primer templo y el más íntimo de Dios en el alma.”
Escuchar esa voz y seguirla es vivir en armonía con el Espíritu que nos habita.

4. El anhelo de eternidad

Otra prueba de la dimensión divina del alma es su deseo de eternidad.
Ningún ser humano se conforma con lo efímero. Incluso quien no cree, sueña con dejar huella, con amar sin fin, con alcanzar algo que no se acabe.
Esa sed de infinito es, en sí misma, una evidencia de que fuimos creados para la vida eterna.
San Agustín lo expresó con claridad inmortal:

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”
El alma busca naturalmente su fuente, como el río busca el mar.

5. La espiritualidad como camino hacia Dios

La vida interior, la oración, la reflexión y el amor son manifestaciones de nuestra dimensión espiritual.
Cuando el alma se abre a la gracia, se ilumina. Cuando se encierra en lo material, se marchita.
Por eso, cultivar la vida del alma es el mayor acto de realismo, porque es cuidar lo más verdadero que tenemos.
El hombre moderno, muchas veces atrapado por lo superficial, necesita volver a su interior, donde Dios lo espera.

“El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).
Ahí, en el silencio del alma, se hace audible la voz del Eterno.

Pensar

El alma humana, con su inteligencia, libertad y deseo de eternidad, es huella viva del Creador. En ella se manifiesta la presencia de un Dios que la hizo para amar.

Sentir

Descubre dentro de ti la presencia de Dios. No está lejos ni ausente: habita en el templo de tu alma, donde te invita a conocerlo y amarlo.

Actuar

Haz hoy un acto de recogimiento interior. Guarda silencio, respira hondo y di con fe: “Señor, Tú estás en mí; hazme más consciente de tu presencia y transforma mi corazón.”

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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