Viernes
13 de febrero de 2026
San Benigno de Todi
Quinta Semana del Tiempo Ordinario
Effetá: Cuando Cristo Abre el Corazón y Reconstruye la Unidad
La Palabra de Dios que hoy la Iglesia nos ofrece tiene una fuerza particular: nos habla de divisiones, de infidelidades, de corazones endurecidos… pero, sobre todo, nos habla de un Dios que no se cansa de llamar, de sanar y de abrir caminos nuevos.
En este viernes en que recordamos a San Benigno de Todi, mártir fiel en medio de la persecución, contemplamos cómo la fidelidad a Dios es siempre el fundamento del futuro. Cuando el hombre se aparta, todo se fragmenta; cuando vuelve al Señor, todo puede recomenzar.
1. La herida de la división: cuando el corazón se aleja de Dios
En el Primer Libro de los Reyes (1 Re 11,29-32; 12,19) contemplamos uno de los momentos más dolorosos de la historia de Israel: la ruptura del reino después de Salomón. El profeta Ajías rasga su manto en doce pedazos, signo visible de una fractura interior que ya había comenzado en el corazón del rey.
La división política fue consecuencia de una división espiritual. Salomón, que había pedido sabiduría, permitió que su corazón se desviara. Y cuando el corazón se divide, la sociedad también se divide.
La Tradición de la Iglesia ha visto siempre en este episodio una advertencia permanente: no hay crisis social que no tenga una raíz moral y espiritual. San Agustín, en La Ciudad de Dios, recordaba que los pueblos se descomponen cuando dejan de amar rectamente.
Sin embargo, incluso en medio del castigo, Dios no aniquila. Deja un resto. Conserva una tribu. Promete continuidad. La pedagogía divina no es destructiva, es correctiva. Dios hiere para sanar.
2. “Israel, yo soy tu Dios: cumple mis mandatos”
El Salmo 80 es una súplica apasionada de Dios a su pueblo: “Escucha, pueblo mío… ¡ojalá me escuchara Israel!”. No es un grito de ira, sino de amor herido.
La obediencia en la Sagrada Escritura no es sometimiento ciego, sino escucha confiada. El Catecismo enseña que la verdadera libertad consiste en elegir el bien. Cumplir los mandamientos no es perder autonomía; es preservar la dignidad.
En una cultura que a veces confunde libertad con ruptura de límites, la Palabra nos recuerda que el camino de los mandatos divinos es camino de plenitud. Los Padres de la Iglesia repetían que la ley de Dios no es una carga externa, sino una medicina interior.
Cuando el hombre vive según el querer de Dios, florece. Cuando se aparta, se fragmenta.
3. “Todo lo ha hecho bien”: Jesús abre los oídos y suelta la lengua
El Evangelio según san Marcos (7,31-37) nos presenta uno de los gestos más profundamente simbólicos de Jesús: la curación del sordomudo.
Jesús toca los oídos, toca la lengua, mira al cielo y pronuncia una palabra aramea que conserva el texto sagrado: “Effetá”, es decir, “Ábrete”.
No es solo la sanación de un órgano físico. Es la apertura del corazón humano. La sordera espiritual es uno de los males más graves: no escuchar a Dios, no escuchar al hermano, no escuchar la propia conciencia.
Cristo no grita, no humilla, no acusa. Se acerca, toca, suspira y libera. Esa pedagogía divina es profundamente pastoral: Dios actúa con delicadeza, pero con autoridad.
El pueblo exclama: “Todo lo ha hecho bien”. Esa frase evoca el Génesis: “Y vio Dios que era bueno”. En Cristo comienza una nueva creación. Él restaura lo que el pecado había desfigurado.
4. San Benigno de Todi: fidelidad que construye futuro
San Benigno de Todi, obispo y mártir de los primeros siglos, vivió en un contexto de persecución e incertidumbre. La Iglesia era pequeña, vulnerable, aparentemente frágil. Sin embargo, su fidelidad sembró esperanza.
Los mártires no son hombres del pasado; son constructores del porvenir. Su sangre no fue derrota, fue semilla. Ellos no negociaron la verdad. No se dividieron interiormente. No se volvieron sordos a la voz del Señor.
En tiempos de confusión cultural y fragmentación social, la figura de San Benigno nos recuerda que la coherencia es la mayor fuerza transformadora.
La Palabra de este viernes nos deja tres desafíos concretos:
Primero, revisar nuestro corazón. ¿Está dividido? ¿Escucha realmente a Dios? No podemos construir comunidad si interiormente vivimos fragmentados.
Segundo, redescubrir la obediencia como camino de libertad. Los mandamientos no son obstáculos, son barandas que protegen el camino.
Tercero, dejarnos tocar por Cristo. La vida sacramental —especialmente la Eucaristía y la Reconciliación— es el “Effetá” permanente de la Iglesia. Allí Jesús abre nuestros oídos para escuchar su Palabra y desata nuestra lengua para proclamar la fe.
Pensar que toda división comienza en el corazón; sentir la alegría de saber que Cristo puede abrir lo que está cerrado y sanar lo que está herido; actuar buscando reconciliación, obediencia confiada a Dios y coherencia en nuestra vida diaria, para que nuestra familia y nuestra parroquia sean signo de unidad y esperanza.
Una esperanza que no se apaga
La historia de Israel muestra que el pecado divide, pero también que Dios nunca abandona. El Evangelio revela que Cristo abre lo que parecía cerrado para siempre. El testimonio de San Benigno confirma que la fidelidad humilde transforma la historia.
El futuro no pertenece a la fragmentación, sino a la unidad en Cristo. No pertenece al ruido, sino a quienes saben escuchar. No pertenece al miedo, sino a los que, aun en medio de la prueba, permanecen firmes.
Hoy el Señor nos dice a cada uno: “Ábrete”. Abramos el corazón. Escuchemos. Obedezcamos. Y caminemos con esperanza hacia el mañana que Dios prepara.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez
Vicario parroquial.
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