VIERNES 24 DE OCTUBRE DE 2025
Semana XXIX del Tiempo Ordinario
Memoria de San Antonio María Claret, Obispo y Misionero
Mes del Santo Rosario y de las Misiones
Discernir los signos de Dios en nuestra historia
La Palabra de Dios de este día nos invita a mirar con lucidez y humildad la realidad en la que vivimos, a la luz de la fe. Jesús, en el Evangelio según san Lucas (12, 54-59), reprocha a sus oyentes su capacidad para interpretar los signos del tiempo meteorológico —cuando sopla el viento del sur saben que hará calor, cuando viene del poniente que lloverá—, pero no son capaces de discernir los signos del Reino de Dios que ya están actuando en medio de ellos. El Señor nos exhorta a no vivir distraídos, sino a mantener un corazón vigilante, capaz de reconocer las huellas del amor divino en la historia y en los acontecimientos del presente.
San Pablo, en la carta a los Romanos (7, 18-25), nos abre el corazón en una de las confesiones más humanas y sinceras del apóstol: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero.” Es el drama de la condición humana, dividida entre el deseo del bien y la fuerza del pecado. Pero Pablo no se queda en la desesperanza. Reconoce su debilidad y, al mismo tiempo, proclama su salvación: “¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor!” En Cristo encontramos la fuerza para vencer el mal, no por nuestras fuerzas, sino por la gracia que nos transforma desde dentro.
El Salmo 118 nos pone en sintonía con este clamor interior del creyente que desea la conversión: “Enséñame, Señor, a gustar tus mandamientos.” Es una súplica humilde para aprender el arte de vivir según la voluntad divina, para saborear lo bueno, lo justo, lo santo. En medio de un mundo que ofrece mil caminos de confusión, el alma creyente pide a Dios la sabiduría para amar sus preceptos y encontrar en ellos la verdadera libertad.
Hoy la Iglesia celebra a San Antonio María Claret, un hombre de fuego y de misión. Nacido en Sallent, España, en 1807, fue un misionero incansable, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (los claretianos). Su lema era: “Caritas Christi urget nos” —el amor de Cristo nos apremia— (2 Co 5,14). Vivió consumido por el deseo de evangelizar, de llevar a todos la Palabra viva que transforma corazones. Como arzobispo de Santiago de Cuba, reformó la vida eclesial, defendió a los pobres, luchó contra la esclavitud y promovió la educación cristiana. Su vida fue un testimonio ardiente de la caridad misionera.
Su ejemplo resuena con especial fuerza en este Mes del Rosario y de las Misiones. María fue su modelo y guía: decía que el Rosario era su “arma poderosa” para conquistar almas para Cristo. Ella, la primera misionera, nos enseña que evangelizar no es solo hablar de Dios, sino dejar que Dios hable a través de nosotros, con nuestras obras, gestos y actitudes.
El mensaje de hoy nos invita a discernir los signos del Reino en la vida diaria: en las familias que rezan unidas, en los jóvenes que buscan servir, en los misioneros que entregan su vida en tierras difíciles, en cada corazón que lucha por el bien, aunque tropiece. El Espíritu Santo actúa silenciosamente, pero con poder, renovando el mundo desde dentro.
El Papa León XIV, en su reciente mensaje misionero, nos recuerda que el discernimiento cristiano no es una mera observación de la realidad, sino una lectura espiritual que nos lleva a descubrir “cómo Dios sigue obrando en la historia para que nadie se pierda y todos tengan vida en abundancia”.
El verdadero discernimiento cristiano nace del corazón que ora y escucha; Jesús nos invita a interpretar los signos de los tiempos no con miedo, sino con esperanza, sabiendo que el amor de Dios sigue escribiendo su historia de salvación. Como san Pablo, reconozcamos nuestras debilidades sin perder la paz, comprendiendo que la lucha interior no es señal de fracaso, sino de que el Espíritu Santo trabaja en nosotros. Pidamos la gracia de leer cada día los signos de Dios en nuestra vida, recemos el Rosario en familia, apoyemos a los misioneros y vivamos como discípulos vigilantes, firmes en la fe y alegres en la esperanza.
Oración final
Señor Jesús, Maestro y Salvador, abre nuestros ojos para ver tu presencia en los signos de nuestro tiempo. Enséñanos a discernir con tu Espíritu lo que viene de Ti y lo que nos aparta de tu amor. Haznos instrumentos de tu paz, misioneros de tu esperanza, discípulos alegres que anuncien tu Evangelio con la vida. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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