06
DIC
2025

Dios vuelve a hablarnos al oído y nos envía a sanar



Sábado 6 de diciembre de 2025 – Semana I de Adviento
Parroquia de Santa Ana – Año Jubilar Peregrinos de la Esperanza

Dios vuelve a hablarnos al oído y nos envía a sanar

Reflexión a partir de Isaías 30, 19-21.23-26; Salmo 146; Mateo 9,35–10,1.6-8
Memoria de San Nicolás de Bari
Intención del Papa León XIV para diciembre: Por los cristianos en contextos de conflicto.

Adviento avanza como esos amaneceres que, apenas despuntan, ya prometen un nuevo día. La liturgia de este sábado nos vuelve a hablar del Dios que no se cansa de acercarse, incluso cuando nosotros sí nos cansamos. Y lo hace con una ternura que sorprende, porque no llega como juez impaciente, sino como maestro que señala el camino y médico que cura heridas antiguas.

Isaías proclama hoy palabras que tienen el peso suave de la compasión divina: “El Señor tendrá piedad de ti al oír tu clamor”. Es la certeza que sostiene al pueblo fiel cuando la vida se llena de ruidos, tensiones y pequeños conflictos interiores. Dios escucha; no solo oye, escucha. Y quien escucha, acompaña. Quien acompaña, guía. De ahí la promesa que sigue: “Tus oídos oirán una palabra a la espalda: ‘Este es el camino, camina por él’”. No se trata de un mandato rígido, sino de un susurro que recuerda la pedagogía divina: cuando todo parece incierto, Él no empuja, orienta; no grita, habla al corazón.

El profeta también anuncia una fecundidad nueva: lluvia, pan abundante, luz que crece, sanación que llega hasta lo más profundo. Esa abundancia es signo de lo que Dios quiere hacer en quienes se dejan moldear por Él durante este tiempo litúrgico. Adviento es una invitación a dejar que la gracia nos prepare la tierra interior para que brote lo que parecía estancado. Cada gesto de reconciliación, cada oración dicha desde lo hondo, cada misericordia ofrecida abre un surco donde Dios puede sembrar.

El salmo nos sostiene en esa misma tonalidad espiritual: “Alabemos al Señor, nuestro Dios”. No es una alabanza ingenua ni desentendida del dolor del mundo; es la alabanza madura que nace de saber que Dios no abandona a los pequeños, levanta a los oprimidos, sana corazones desgarrados y protege a los que viven en peligro. Hoy esta oración resuena con fuerza al recordar la intención del Papa León XIV: orar por los cristianos en contextos de conflicto. No solo en guerras visibles, también en tantos lugares donde la fe es probada, perseguida o silenciada. El Adviento nos coloca delante de ellos como hermanos que esperan luz, justicia y dignidad.

En el Evangelio, Jesús aparece como un pastor inquieto por el sufrimiento. Recorre ciudades, se mezcla con la gente, ve, toca, escucha. Y “al ver a las muchedumbres, se compadeció”. Ese verbo —compadecerse— describe el corazón del Señor: no observa desde lejos, se involucra. La compasión es movimiento. Es impulso de amor que empuja a actuar. Por eso envía a sus discípulos, dándoles autoridad para sanar y liberar. El envío no nace del poder sino del amor. La misión no nace de una estrategia sino de un corazón conmovido.

“Vayan… curen… resuciten… limpien… expulsen el mal… Lo que han recibido gratis, entréguenlo gratis”. Es una lista que describe cómo debe caminar la Iglesia: de manera generosa, cercana, servicial. En medio de un mundo herido, el cristiano no puede encerrarse en la comodidad o la indiferencia. Jesús nos pide que seamos presencia que restaura. En Adviento, esta misión se vuelve un compromiso concreto: preparar el corazón para que Él pueda llegar también a otros a través de nosotros.

Este sábado celebramos a San Nicolás de Bari, obispo generoso, defensor de los pobres, protector de la dignidad de los débiles, hombre que vivió la fe sin espectáculo y cuya caridad silenciosa transformó realidades. Es una figura ideal para este tiempo: enseña que la esperanza se construye con gestos, no con discursos. Su memoria nos invita a recuperar la alegría de dar y el gozo de servir sin esperar nada a cambio.

En este Año Jubilar de los Peregrinos de la Esperanza, la Palabra de hoy nos coloca en marcha: Dios camina con nosotros, nos habla al oído, cura nuestras heridas y nos envía como instrumentos de paz. El Adviento no mira hacia atrás; mira hacia adelante con la calma de quien sabe que la luz está cerca.

La conclusión es sencilla, humilde y profunda:

Si dejamos que el Señor nos sane, nos convertiremos en sanadores. Si permitimos que Él nos hable, podremos guiar. Si acogemos su esperanza, podremos sembrarla.
Adviento es la escuela donde aprendemos que la salvación no es un concepto, es un encuentro. Y ese encuentro tiene un nombre: Jesús, el que viene.

Que este sábado nos encuentre atentos al susurro de Dios, disponibles a la misión y comprometidos con la esperanza que no defrauda. El mundo necesita cristianos que, como San Nicolás, vivan la fe con mansedumbre y fortaleza, y que sean luz en medio de tantas sombras.

La semana sigue avanzando. La venida del Señor también. Conviene caminar con el corazón despierto.


Pbro. Alfredo Uzcátegui

Vicario parroquial.

 


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