Dios que habla en la historia de la salvación
De Abraham a Cristo: el Dios que se revela y camina con su pueblo
El
Dios en quien creemos los cristianos no es una idea abstracta ni una energía
impersonal. Es un Dios vivo, que entra en la historia y se
comunica con su pueblo. A diferencia de los mitos antiguos o de los sistemas
filosóficos, la fe bíblica se funda en hechos concretos: Dios ha hablado, ha
actuado y se ha manifestado en la historia humana.
Desde Abraham hasta Cristo, la historia de la salvación es la historia del Dios
que se deja encontrar, que promete, acompaña, corrige, salva y cumple su
palabra. La Revelación no es un libro, sino una relación: Dios que sale al
encuentro del hombre.
1. Un Dios que llama y responde
La historia de la fe comienza con una llamada:
“Sal
de tu tierra y ve al lugar que yo te mostraré” (Gn 12,1).
Así comienza la aventura de Abraham, el padre de los creyentes. En él, Dios
inaugura un camino de amistad con el hombre. No lo obliga, lo invita.
Desde ese momento, la historia humana se convierte en historia de alianza. Dios
no se queda en el cielo: entra en el tiempo, se hace compañero de
camino.
La historia de Israel es el testimonio de ese amor paciente que forma, educa y
prepara la plenitud de la Revelación: Jesucristo.
2. La pedagogía divina
Dios
no se impone de una vez, sino que se revela progresivamente, adaptándose
al corazón humano.
Habla por medio de patriarcas, profetas, reyes y sabios.
En cada etapa enseña algo más de su rostro:
Como enseña el Concilio Vaticano II:
“Dios, que habló en otro tiempo a nuestros padres por medio de los profetas, en estos últimos tiempos nos ha hablado por su Hijo” (Dei Verbum, 4).
3. La historia de la salvación: historia de amor
Cada
página de la Biblia es una carta de amor divino escrita a la humanidad.
En ella se narra la fidelidad de Dios frente a la infidelidad del hombre.
El pueblo se aleja, pero Dios vuelve a buscarlo; el hombre rompe la alianza, y
Dios la renueva con misericordia.
El profeta Oseas lo expresó con ternura divina:
“Con
lazos de amor los atraje, con cuerdas de ternura” (Os 11,4).
Esta historia de amor encuentra su culmen en Cristo, en quien Dios ya no envía
mensajeros: Él mismo viene.
4. Cristo, plenitud de la historia
Todo
el Antiguo Testamento converge en una persona: Jesucristo, el Verbo
hecho carne (Jn 1,14).
En Él, la palabra de Dios se hace historia, la promesa se cumple, la alianza se
sella con sangre.
Jesús no solo habla en nombre de Dios: es Dios mismo que habla al hombre.
Toda la historia anterior era preparación; toda la historia posterior es
respuesta.
Como dijo San Agustín:
“El
Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo, y el Antiguo se revela en el
Nuevo.”
Con Cristo, el tiempo se convierte en lugar de salvación: la eternidad entra en
la historia.
5. Una historia que continúa
La
Revelación no termina con Cristo, sino que se prolonga en la Iglesia,
donde el Espíritu Santo sigue actuando.
Cada generación creyente es testigo de esta historia viva.
Dios sigue hablando, guiando, corrigiendo y salvando.
Cada conversión, cada sacramento, cada obra de caridad es una nueva página
escrita por el amor divino en el corazón de la humanidad.
Nuestra fe no mira solo al pasado: mira hacia adelante, al cumplimiento
definitivo de la promesa, cuando Dios será “todo en todos” (1 Co 15,28).
Pensar
La historia de la salvación no es mito ni idea: es el testimonio del Dios real que actúa en el tiempo, cumple sus promesas y se revela en Jesucristo.
Sentir
Reconoce en tu propia vida los pasos de Dios. También en tu historia personal Él ha hablado, ha guiado y ha mostrado su fidelidad.
Actuar
Lee un pasaje bíblico como si fuera una carta de Dios escrita solo para ti. Agradece su fidelidad y pídele seguir caminando en su alianza de amor.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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