Dios en el sufrimiento humano
Fe probada y esperanza sostenida
El
sufrimiento es una de las realidades más difíciles de comprender y de aceptar.
Nadie escapa a él: la enfermedad, la pérdida, la injusticia, la soledad, el
fracaso... Todos, en algún momento, nos hemos preguntado: ¿dónde está Dios
cuando sufrimos?
A lo largo de la historia, esta pregunta ha sido para muchos un obstáculo para
creer. Pero para la fe cristiana, lejos de ser una objeción, el sufrimiento
puede convertirse en un camino de encuentro con Dios, en el lugar donde
su amor se manifiesta con mayor profundidad.
1. El misterio del dolor
El
sufrimiento no es un castigo ni una maldición. Es parte del misterio de la
libertad y de la fragilidad humana.
Dios no creó el dolor, ni el mal, ni la muerte; todo eso entró en el mundo por
el pecado y la ruptura con Él (cf. Sab 2,23-24). Sin embargo, Dios no ha
permanecido indiferente ante el sufrimiento del hombre: ha querido
asumirlo, transformarlo y llenarlo de sentido en su Hijo Jesucristo.
El mal no tiene la última palabra. La fe proclama que del dolor puede brotar
la salvación, y que en cada lágrima está escondida una promesa de
resurrección.
2. El Dios que sufre con nosotros
El
cristianismo es la única religión en la que Dios no se mantiene distante del
sufrimiento, sino que entra en él.
En la cruz, Cristo cargó con todo el dolor del mundo. No explicó el
sufrimiento: lo habitó.
“Él
tomó nuestras dolencias y cargó con nuestros sufrimientos” (Is 53,4).
Desde entonces, ninguna lágrima está sola. En cada enfermo, en cada víctima, en
cada corazón roto, Cristo está presente.
Dios no quita la cruz: la comparte. Y al compartirla, la convierte en
camino de amor redentor.
3. La fe que se purifica en la prueba
El
sufrimiento, cuando se vive con fe, purifica el corazón. Nos desprende del
orgullo, nos enseña la humildad y nos hace capaces de compasión.
La cruz no destruye la fe: la madura.
San Pedro lo expresa así:
“La
fe, una vez probada, es más preciosa que el oro” (1 Pe 1,7).
Por eso, los santos no huyeron del sufrimiento: lo ofrecieron. En él
descubrieron la cercanía de Dios. Santa Teresa de Lisieux lo resumió con
ternura:
“No hay dolor inútil si se ofrece con amor.”
El dolor, unido a Cristo, se transforma en oración, en redención y en
esperanza.
4. El consuelo del Dios cercano
Dios
no se complace en nuestro dolor: nos consuela en medio de él.
El consuelo de Dios no es una solución inmediata, sino una presencia que
sostiene.
Cuando todo parece oscuro, Él nos repite:
“No
temas, porque yo estoy contigo” (Is 41,10).
La esperanza cristiana no consiste en no sufrir, sino en no sufrir solos.
El creyente descubre que las heridas pueden volverse fuentes de gracia; que de
las lágrimas brota sabiduría; y que, en la noche del alma, Dios está más
cerca que nunca.
5. Llamados a ser instrumentos de consuelo
Quien
ha sido consolado por Dios está llamado a consolar a los demás.
La fe no nos aparta del dolor del mundo: nos envía a abrazarlo con amor.
Cada cristiano debe ser un signo del Dios que alivia y acompaña.
Como enseña San Pablo:
“Él
nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos
consolar a los que sufren” (2 Co 1,4).
Así, la compasión se convierte en el rostro visible de la fe. En cada gesto de
ternura, Dios vuelve a hacerse presente en medio del sufrimiento humano.
Pensar
El sufrimiento no es ausencia de Dios, sino lugar donde su amor se hace más profundo. La cruz revela que el dolor puede tener un sentido redentor.
Sentir
No estás solo en tu sufrimiento: Cristo te acompaña desde dentro del dolor. En sus llagas, tu historia se une a la suya y encuentra esperanza.
Actuar
Ofrece hoy tu propio sufrimiento —o el de alguien que amas— por la salvación de los demás. Que tu dolor se transforme en oración y en gesto concreto de amor.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared