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ENE
2026

Dios cumple su promesa y nos llama a ser luz



Jueves 29 de enero de 2026
San Afraates
Tercera semana del Tiempo Ordinario

 

Dios cumple su promesa y nos llama a ser luz

La Palabra de Dios que la Iglesia nos regala hoy nos sitúa en un punto decisivo de la historia de la salvación: el momento en que el corazón humano aprende a confiar plenamente en la fidelidad de Dios y a vivir a la luz de su promesa. En este camino nos acompañan la humildad orante del rey David, la certeza de la alianza proclamada en el salmo y la enseñanza clara y exigente de Jesús sobre la luz que no puede ocultarse. Todo ello iluminado por el testimonio sereno y profundo de san Afraates, padre de la Iglesia oriental, maestro de la fe vivida con coherencia.

El pasaje del segundo libro de Samuel nos presenta a David en actitud de adoración. No habla como un rey seguro de sí mismo, sino como un hombre sorprendido por la misericordia de Dios: “¿Quién soy yo, Señor, y qué es mi casa, para que me hayas traído hasta aquí?”. Esta pregunta no nace de la inseguridad, sino de la gratitud. David comprende que todo lo que es y todo lo que será su casa no depende de su poder, sino de la promesa gratuita del Señor. La alianza que Dios establece no se apoya en los méritos humanos, sino en su palabra fiel, que mira al futuro y lo sostiene.

Desde la Tradición de la Iglesia, este texto ha sido leído siempre en clave mesiánica. La promesa hecha a David desborda su propia historia y se abre a un cumplimiento definitivo en Cristo. Dios no solo asegura una estabilidad política, sino que garantiza una presencia permanente en medio de su pueblo. Aquí se revela una verdad fundamental para la vida cristiana: Dios no improvisa, Dios conduce la historia con paciencia y fidelidad, incluso cuando el camino parece lento o incierto.

El salmo responsorial retoma esta promesa con un tono de esperanza firme: “Dios le dará el trono de su padre David”. No se trata de un trono de poder humano, sino de un reinado fundado en la justicia, la misericordia y la paz. El salmo proclama que el Señor no se desdice, que su juramento permanece. En un mundo marcado por promesas rotas y palabras vacías, esta afirmación es profundamente liberadora. El creyente puede caminar con confianza porque sabe en quién ha puesto su esperanza.

El Evangelio según san Marcos nos lleva al corazón de la vida cristiana con una imagen sencilla y contundente: la lámpara no se enciende para esconderla, sino para que ilumine. Jesús no habla aquí solo de la predicación, sino de la coherencia de la vida. La luz recibida en el encuentro con Él no es un privilegio privado, sino una responsabilidad. La fe que no se comparte se debilita; la luz que se oculta termina apagándose.

Cuando el Señor afirma: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará aun lo que cree tener”, no está proponiendo una lógica de exclusión, sino una llamada urgente a la apertura del corazón. Quien acoge la Palabra con humildad, quien la pone en práctica, entra en un dinamismo de crecimiento. La fe vivida con fidelidad genera más fe, más claridad, más esperanza. Por el contrario, la fe descuidada, reducida a costumbre o apariencia, se va vaciando poco a poco.

San Afraates, a quien recordamos hoy, encarna de manera admirable esta enseñanza. Vivió en el siglo IV, en el contexto de la Iglesia siriaca, y supo unir profundidad doctrinal y vida sencilla. En sus “Demostraciones”, enseñó que la verdadera sabiduría cristiana no consiste en palabras brillantes, sino en una vida iluminada por el Evangelio. Para él, la fe debía ser visible en las obras, como una lámpara encendida que orienta a otros en la noche. Su testimonio nos recuerda que la tradición viva de la Iglesia no es un peso del pasado, sino una luz que sigue guiando el presente y el futuro.

Este jueves nos invita a mirar nuestra propia historia con los ojos de David: reconocer lo que Dios ya ha hecho, agradecer su fidelidad y confiarle lo que aún no comprendemos. Nos invita también a revisar si la luz que hemos recibido ilumina realmente nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestras comunidades. La Iglesia necesita hoy cristianos con fe adulta, serena y visible, capaces de dar razón de su esperanza sin miedo y sin arrogancia.

La esperanza cristiana no es ingenua ni evasiva. Se apoya en la promesa firme de Dios, se alimenta de la Palabra y se expresa en una vida coherente. Quien camina así no se pierde en la oscuridad, incluso cuando el camino es exigente. El Señor sigue cumpliendo su alianza, sigue encendiendo lámparas y sigue llamándonos a ser luz para el mundo. Hoy, más que nunca, vale la pena confiar en Él y avanzar con esperanza hacia el futuro que ya está preparando.

Pbro. Alfredo José Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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