Martes
18 de noviembre de 2025
Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
Dedicación de las Basílicas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo
Cristo nos busca para levantarnos, sanarnos y enviarnos de nuevo al camino.
La liturgia de este día respira firmeza, fidelidad y esperanza. El testimonio de Eleazar, el clamor confiado del salmista y la conversión luminosa de Zaqueo forman un único hilo conductor: Dios sostiene a quien permanece de pie en la verdad, levanta a quien se ha perdido y abre caminos nuevos para todos. En medio de un mundo que cambia a velocidad vertiginosa, estas lecturas nos enseñan que la fidelidad sigue siendo fecunda y la conversión siempre es posible.
La memoria de la Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo nos envuelve con la certeza de que la fe de la Iglesia no se sostiene por edificios, por hermosísimos que sean, sino por la solidez del testimonio apostólico. Roma custodia los huesos de Pedro, pastor entregado hasta el final, y la sangre derramada de Pablo, apóstol incansable. Ambas basílicas no celebran piedra tallada, sino roca espiritual: la firmeza de dos hombres que apostaron todo por Cristo. En ellos la Iglesia contempla su origen y descubre su futuro.
El Segundo Libro de los Macabeos (6, 18-31) nos presenta a Eleazar, un anciano venerable que se niega a renunciar a la Ley de Dios. Su historia no es un rígido apego a normas, sino un acto de amor. Eleazar ve más allá del momento: sabe que sus decisiones educan, que su ejemplo enseña incluso cuando sus palabras se apagan. Muere sin violencia interior, con la paz de quien sabe que la fidelidad nunca es en vano. Su testimonio interpela nuestra época, marcada por lo efímero y lo desechable. Eleazar nos recuerda que la verdad vale más que la apariencia, que la dignidad es innegociable y que ningún sacrificio es estéril cuando se ofrece por Dios y por las generaciones futuras.
El Salmo 3 se eleva como una respiración confiada: “Tú, Señor, eres mi escudo; tú me sostienes la cabeza.” Quizás esta es la frase que necesitamos escuchar hoy con más fuerza. Cuando la vida agota, cuando las responsabilidades pesan o cuando la incertidumbre parece echar sombra sobre el camino, la fe nos devuelve al centro. Dios no desoye, no abandona, no humilla. Él levanta la cabeza de quien ha caído, reaviva el corazón cansado y defiende al que pone en Él su esperanza.
El Evangelio según san Lucas (19, 1-10) nos sitúa frente a la escena entrañable y sorprendente de Zaqueo. Un hombre pequeño de estatura, grande en pecado, pero inmenso en deseo de ver a Jesús. La belleza del pasaje está en el movimiento: Zaqueo busca, corre, sube; Jesús detiene su paso, levanta la mirada, llama, invita y transforma.
El Maestro no se escandaliza por el pasado de Zaqueo ni por su fama de pecador. Jesús mira más hondo: ve un corazón que ha iniciado un camino. Y hace algo desconcertante: se autoinvita a su casa. En ese gesto, Jesús devuelve dignidad, cura la vergüenza y libera la capacidad de amar. La conversión de Zaqueo no nace del miedo, sino del encuentro. Su vida se endereza no por obligación, sino por gratitud. Descubre que la misericordia no humilla: reconstruye.
En este martes de noviembre, entre lecturas que nos hablan de fidelidad, defensa y conversión, la Iglesia nos propone una mirada hacia adelante. La esperanza no es un sentimiento pasajero, es una actitud aprendida. Eleazar nos enseña a ser testigos cuando la verdad tiembla. El salmista nos recuerda que Dios sostiene incluso cuando todo se repliega. Y Zaqueo nos muestra que ninguna historia está perdida, que Cristo siempre busca el modo de entrar en la casa que creemos demasiado rota para recibirlo.
Celebrar la dedicación de las basílicas de Pedro y Pablo es renovar nuestra certeza de que la Iglesia sigue edificándose sobre la roca de una fe valiente y sobre el fuego de un amor misionero. No estamos solos ni caminamos a oscuras. La tradición apostólica es un faro que nos enlaza con el origen y nos impulsa hacia el futuro.
Hoy la invitación es clara: vivir con la firmeza de Eleazar, con la confianza del salmista y con la apertura humilde de Zaqueo. La Iglesia entera —y cada uno de nosotros— sigue siendo una casa a la que Jesús quiere entrar.
La esperanza se vuelve camino cuando dejamos que su mirada transforme lo que somos.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared