Decidir
con sabiduría: la prudencia que conduce a la verdad.
El
prudente escucha antes de hablar y ora antes de actuar.
Virtud Cardinal.
La prudencia es la luz que orienta nuestras decisiones y el equilibrio que nos libra de actuar por impulso. No es miedo ni indecisión, sino sabiduría en acción: la capacidad de discernir el bien y elegir los medios adecuados para alcanzarlo. En un mundo donde se valora más la rapidez que la reflexión, la prudencia se convierte en una virtud contracultural y profundamente cristiana. Santo Tomás de Aquino la llama “la recta razón en el obrar”, porque permite al hombre actuar conforme a la verdad y a la voluntad de Dios. Ser prudente es escuchar antes de hablar, observar antes de juzgar y orar antes de decidir. El prudente no se guía por la apariencia ni por la emoción del momento, sino por la luz interior del Espíritu Santo, que inspira cada paso con serenidad y claridad.
La prudencia nos enseña a mirar el pasado con gratitud, el presente con responsabilidad y el futuro con esperanza. Nos libra del error de hablar sin pensar o de obrar sin amor, porque nos recuerda que toda decisión es un acto moral y espiritual. Jesús mismo nos mostró el rostro de la verdadera prudencia: supo callar ante Pilato, hablar con firmeza en el templo y actuar con ternura ante los pecadores. La prudencia no es pasividad, sino fuerza templada por la caridad; no es cálculo frío, sino amor iluminado por la razón.
La prudencia es el arte de decidir con sabiduría, guiados por la verdad y movidos por el amor. Dejemos que el Espíritu Santo forme en nosotros un corazón atento, reflexivo y dócil a la voz de Dios. Hoy practiquemos la prudencia: pensemos antes de hablar, escuchemos antes de responder, y pongamos cada decisión en manos del Señor, para que nuestra vida sea reflejo de su luz y de su verdad.
Libros consultados para la redacción del artículo:
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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