De la fragilidad humana al crecimiento del Reino: misericordia que siembra esperanza
La liturgia de este viernes nos coloca ante un contraste profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente evangélico. Por un lado, la fragilidad del corazón cuando se deja seducir por el poder y el deseo; por otro, la paciencia silenciosa de Dios que hace crecer su Reino incluso en medio de nuestra pobreza espiritual. Todo esto iluminado por el testimonio firme y sereno de Santa Martina, joven mártir de Roma, cuya vida proclamó que Dios nunca abandona a quien confía en Él.
El segundo libro de Samuel nos presenta uno de los pasajes más dolorosos de la historia bíblica: la caída del rey David. El texto no busca humillarnos, sino enseñarnos. David, elegido, ungido y bendecido, se deja llevar por la comodidad, el abuso de poder y la falta de vigilancia interior. El pecado no comienza con un gran acto, sino con una pequeña distracción: “era la época en que los reyes salen a campaña, pero David se quedó en Jerusalén”. Cuando el corazón se instala en la tibieza, el mal encuentra espacio. La Escritura no disfraza la verdad: incluso los grandes pueden caer.
Sin embargo, la Palabra no se queda en la caída. El Salmo 50 pone en nuestros labios una súplica que atraviesa los siglos: «Misericordia, Señor, hemos pecado». No es un grito desesperado, sino confiado. La tradición de la Iglesia, desde los Padres hasta el Magisterio actual, ha visto en este salmo la escuela del corazón penitente. Dios no se complace en la culpa, sino en la conversión. El pecado nunca tiene la última palabra; la misericordia sí.
Aquí el Evangelio de san Marcos abre una ventana de esperanza luminosa. Jesús compara el Reino de Dios con una semilla sembrada en la tierra. El sembrador duerme y se levanta, y la semilla crece sin que él sepa cómo. Es una imagen desconcertante para una mentalidad de resultados inmediatos. El Reino no avanza a golpes de fuerza, sino en el silencio fecundo de la gracia. Dios trabaja incluso cuando nosotros no lo vemos, incluso cuando creemos haber fallado demasiado.
Esta enseñanza es profundamente pastoral. Muchas veces, como comunidades o como personas, nos desanimamos al ver nuestras incoherencias, nuestras caídas repetidas o la lentitud de los frutos. Jesús nos recuerda que el crecimiento auténtico es obra de Dios. A nosotros nos corresponde sembrar con fidelidad, vigilar el corazón y confiar. La pequeña semilla de mostaza, casi invisible, termina dando cobijo a muchos. Así actúa Dios en la historia, en la Iglesia y en cada alma.
En este horizonte se comprende mejor el testimonio de Santa Martina. Joven, frágil según los criterios humanos, pero firme en la fe, prefirió perderlo todo antes que renegar de Cristo. No fue una heroína improvisada; fue una semilla cuidada en el silencio, que dio fruto en la hora de la prueba. Su martirio no es un relato de violencia, sino una proclamación de esperanza: cuando la fe se deja trabajar por Dios, florece incluso en los terrenos más hostiles.
Para la vida cristiana de hoy, este viernes nos deja una enseñanza clara y consoladora. No estamos llamados a la perfección inmediata, sino a la fidelidad perseverante. Cuando caemos, el camino no es la huida ni la justificación, sino la humildad del salmo y la confianza del sembrador. Dios sigue creyendo en nosotros más de lo que nosotros creemos en Él.
Mirando al futuro, la Palabra nos invita a no cansarnos de sembrar el bien: en la familia, en la parroquia, en la sociedad. Tal vez no veamos hoy los frutos, pero el Reino está creciendo. Y crecerá, porque no depende solo de nuestras fuerzas, sino de la misericordia y la paciencia de Dios, que hace nuevas todas las cosas.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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