Cuarta vía: Los grados de perfección
La existencia del Ser Supremo como medida de todo bien
En su cuarta vía, Santo Tomás de Aquino parte de una observación muy simple y profunda: en el mundo encontramos diversos grados de perfección. Algunas cosas son más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos bellas. Cuando comparamos, por ejemplo, una virtud con otra, una obra de arte con otra o una persona con otra, estamos usando una medida interior de perfección que no puede provenir solo de lo limitado. Si existen grados, debe existir una fuente suprema que sea la perfección misma, el Bien absoluto. Esa fuente es Dios.
1. La experiencia universal de la comparación
El
ser humano, por naturaleza, compara y mide. Reconoce lo bello, lo justo,
lo noble. Admiramos la generosidad porque intuimos que hay un ideal superior
del bien; sentimos indignación ante la injusticia porque sabemos que existe una
justicia más alta.
Si decimos que algo “es mejor” o “más verdadero”, estamos afirmando que hay un
modelo último, una plenitud hacia la cual todas las cosas tienden. Ese modelo
no puede ser otro ser limitado, porque los seres finitos no son la medida
absoluta de la bondad ni de la verdad.
De ahí que Santo Tomás concluya:
“Existe
algo que es sumamente verdadero, sumamente bueno y sumamente noble, y que es
causa de todo ser, bondad y verdad en las cosas. Y a eso llamamos Dios.”
(Suma Teológica, I, q.2, a.3)
2. La jerarquía del ser y el Bien absoluto
En
todo lo creado hay una participación del bien, pero no una posesión plena de
él. Los seres más nobles —el hombre, por su inteligencia y libertad— reflejan
en mayor medida la bondad de su Creador. Pero nadie posee la bondad en grado
infinito. Solo un Ser puede ser la Bondad misma, la Verdad misma, la Belleza
misma, sin mezcla ni límite.
Ese Ser es Dios, el Bien Supremo, causa de toda perfección en el
universo. Todo lo que es bueno, bello o verdadero participa de Él, como los
rayos de luz participan del sol.
3. El eco del Bien Supremo en la vida humana
Esta
vía no solo es filosófica; es profundamente espiritual. Todo ser humano,
incluso sin saberlo, busca la plenitud: la felicidad, que no es otra cosa
que la unión con el Bien supremo. Ningún bien terreno —ni el placer, ni el
éxito, ni el poder— puede saciar ese deseo infinito, porque todos esos bienes
son limitados.
San Agustín lo expresó magistralmente:
“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” (Confesiones, I, 1).
La cuarta vía nos enseña que ese anhelo del bien, de la verdad y de la belleza, no es ilusión: es la señal más profunda de que fueron sembrados por Dios en el alma.
4. La belleza del mundo como reflejo de Dios
El
arte, la naturaleza, la música o la bondad de una persona nos conmueven porque
son huellas del Bien infinito. Cuando contemplamos un atardecer,
escuchamos una melodía o vemos un gesto de amor puro, experimentamos algo más
grande que nosotros mismos. Ese “algo” es el reflejo del Ser Supremo, del cual
todo lo bueno procede.
Por eso decía Benedicto XVI:
“El
camino de la belleza puede ser un camino privilegiado para llegar a Dios.”
El cristiano que contempla la belleza con fe no se queda en las cosas bellas,
sino que las trasciende hacia su fuente: el Creador.
5. Dios, medida de todo lo que es
Reconocer
los grados de perfección nos conduce, finalmente, a una convicción liberadora: Dios
es la medida de todo lo que existe. Sin Él, todo se relativiza; con Él,
todo cobra sentido.
La verdad, la bondad y la belleza no son opiniones cambiantes, sino reflejos
del Ser absoluto. En un mundo donde se relativiza todo, la cuarta vía nos
recuerda que existe un Bien supremo e inmutable, fundamento de toda
moral, de toda verdad y de toda esperanza.
Pensar
Los grados de bondad, verdad y belleza que percibimos en el mundo no se explican por sí mismos. Exigen la existencia de una fuente suprema de perfección: Dios.
Sentir
Deja que la belleza y la bondad que encuentres hoy despierten en ti gratitud. En cada cosa buena, reconoce la presencia del Bien que no pasa.
Actuar
Haz hoy una obra buena sin esperar recompensa. Cada acto de bondad es un reflejo concreto de Dios, fuente de toda perfección.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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