26
OCT
2025

Cuarta vía: Los grados de perfección



Cuarta vía: Los grados de perfección

La existencia del Ser Supremo como medida de todo bien

En su cuarta vía, Santo Tomás de Aquino parte de una observación muy simple y profunda: en el mundo encontramos diversos grados de perfección. Algunas cosas son más o menos buenas, más o menos verdaderas, más o menos bellas. Cuando comparamos, por ejemplo, una virtud con otra, una obra de arte con otra o una persona con otra, estamos usando una medida interior de perfección que no puede provenir solo de lo limitado. Si existen grados, debe existir una fuente suprema que sea la perfección misma, el Bien absoluto. Esa fuente es Dios.

1. La experiencia universal de la comparación

El ser humano, por naturaleza, compara y mide. Reconoce lo bello, lo justo, lo noble. Admiramos la generosidad porque intuimos que hay un ideal superior del bien; sentimos indignación ante la injusticia porque sabemos que existe una justicia más alta.
Si decimos que algo “es mejor” o “más verdadero”, estamos afirmando que hay un modelo último, una plenitud hacia la cual todas las cosas tienden. Ese modelo no puede ser otro ser limitado, porque los seres finitos no son la medida absoluta de la bondad ni de la verdad.

De ahí que Santo Tomás concluya:

“Existe algo que es sumamente verdadero, sumamente bueno y sumamente noble, y que es causa de todo ser, bondad y verdad en las cosas. Y a eso llamamos Dios.”
(Suma Teológica, I, q.2, a.3)

2. La jerarquía del ser y el Bien absoluto

En todo lo creado hay una participación del bien, pero no una posesión plena de él. Los seres más nobles —el hombre, por su inteligencia y libertad— reflejan en mayor medida la bondad de su Creador. Pero nadie posee la bondad en grado infinito. Solo un Ser puede ser la Bondad misma, la Verdad misma, la Belleza misma, sin mezcla ni límite.
Ese Ser es Dios, el Bien Supremo, causa de toda perfección en el universo. Todo lo que es bueno, bello o verdadero participa de Él, como los rayos de luz participan del sol.

3. El eco del Bien Supremo en la vida humana

Esta vía no solo es filosófica; es profundamente espiritual. Todo ser humano, incluso sin saberlo, busca la plenitud: la felicidad, que no es otra cosa que la unión con el Bien supremo. Ningún bien terreno —ni el placer, ni el éxito, ni el poder— puede saciar ese deseo infinito, porque todos esos bienes son limitados.
San Agustín lo expresó magistralmente:

“Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.” (Confesiones, I, 1).

La cuarta vía nos enseña que ese anhelo del bien, de la verdad y de la belleza, no es ilusión: es la señal más profunda de que fueron sembrados por Dios en el alma.

4. La belleza del mundo como reflejo de Dios

El arte, la naturaleza, la música o la bondad de una persona nos conmueven porque son huellas del Bien infinito. Cuando contemplamos un atardecer, escuchamos una melodía o vemos un gesto de amor puro, experimentamos algo más grande que nosotros mismos. Ese “algo” es el reflejo del Ser Supremo, del cual todo lo bueno procede.
Por eso decía Benedicto XVI:

“El camino de la belleza puede ser un camino privilegiado para llegar a Dios.”
El cristiano que contempla la belleza con fe no se queda en las cosas bellas, sino que las trasciende hacia su fuente: el Creador.

5. Dios, medida de todo lo que es

Reconocer los grados de perfección nos conduce, finalmente, a una convicción liberadora: Dios es la medida de todo lo que existe. Sin Él, todo se relativiza; con Él, todo cobra sentido.
La verdad, la bondad y la belleza no son opiniones cambiantes, sino reflejos del Ser absoluto. En un mundo donde se relativiza todo, la cuarta vía nos recuerda que existe un Bien supremo e inmutable, fundamento de toda moral, de toda verdad y de toda esperanza.

Pensar

Los grados de bondad, verdad y belleza que percibimos en el mundo no se explican por sí mismos. Exigen la existencia de una fuente suprema de perfección: Dios.

Sentir

Deja que la belleza y la bondad que encuentres hoy despierten en ti gratitud. En cada cosa buena, reconoce la presencia del Bien que no pasa.

Actuar

Haz hoy una obra buena sin esperar recompensa. Cada acto de bondad es un reflejo concreto de Dios, fuente de toda perfección.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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