Viernes,
28 de noviembre de 2025
Lecturas: Daniel 7, 2-14; Cántico de Daniel 3; Lucas 21, 29-33
Cuando la historia florece: fe, esperanza y libertad en el Dios que no pasa
La liturgia de este día nos ofrece una de las visiones más sobrecogedoras y luminosas del Antiguo Testamento: la visión nocturna de Daniel. Ahí, en medio de imágenes fuertes, surge una certeza que ha sostenido a generaciones enteras: la historia no está a la deriva, ni entregada a las fuerzas del caos; está en manos del “Anciano de Días” y del “Hijo del Hombre”, figura profética de Cristo, a quien se le da poder, honor y reino eterno.
Daniel contempla el mundo como un mar agitado donde surgen bestias, símbolos de imperios y poderes que pretenden dominarlo todo. Sin embargo, en ese escenario aparece Dios sentado en su trono, juzgando con justicia y devolviendo el sentido que la historia a veces parece perder. En un tiempo como el nuestro, donde la incertidumbre y el cansancio pueden asomar, esta visión nos recuerda que el futuro está asegurado en manos de un Dios que no improvisa. La fe no nos evade de la realidad; nos enseña a leerla desde lo alto, sin miedo y sin ingenuidad.
El cántico de Daniel 3 nos ofrece el contrapunto: mientras en la visión se sacuden los reinos, el corazón creyente canta. “Bendito seas, Señor, para siempre”. Esa frase, repetida por los jóvenes que caminaron en medio del fuego sin quemarse, ilumina la fe de todo discípulo. La alabanza es la manera más profunda de afirmar que Dios sigue actuando, incluso cuando uno no entiende del todo cómo. Los Padres de la Iglesia insistían en que alabar es ponerse en la frecuencia de Dios: quien bendice, ve con mayor claridad; quien bendice, discierne caminos donde otros solo ven bloqueos.
El Evangelio de Lucas nos conduce a un terreno más cotidiano: Jesús invita a mirar la higuera. Basta observar cómo brotan sus hojas para saber que el verano se acerca. Es una enseñanza sencilla y llena de sabiduría espiritual: Dios habla también en lo pequeño, en lo cotidiano, en las señales de vida que parecen insignificantes. No todo anuncio del Reino es un trueno; a veces es un brote que se abre. Una familia que vuelve a hablarse. Un joven que regresa a la Iglesia. Una comunidad que se organiza para servir. Una esperanza que resiste.
Jesús concluye con una frase decisiva: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. En tiempos donde casi todo cambia, donde las modas se evaporan y las estructuras humanas tiemblan, la Palabra se mantiene firme, estable, capaz de sostener la vida entera. Quien se aferra a ella no queda defraudado.
Hoy, además, Panamá recuerda un capítulo fundamental de su historia: la proclamación de independencia de España en 1821. No fue un acto aislado, sino fruto de un discernimiento colectivo, de la búsqueda de un futuro mejor y de la convicción de que los pueblos están llamados a caminar con dignidad y libertad. Nuestra historia nacional también nos enseña a leer los signos de los tiempos. A veces, las grandes transformaciones se parecen a la higuera de la que habla Jesús: comienzan con brotes pequeños, decisiones valientes, consensos humildes que luego abren caminos nuevos.
Celebrar esta fecha nos invita a mirar hacia adelante con esperanza. No para idealizar el pasado, sino para aprender de él. La independencia de 1821 fue un acto de responsabilidad histórica; la nuestra, hoy, debe ser una independencia interior: libertad para elegir el bien, para cuidar nuestra patria, para comprometernos con una sociedad más justa, para ser constructores de comunión. Panamá necesita ciudadanos que, como Daniel, no pierdan la fe en medio de las turbulencias, y cristianos que, como los jóvenes del horno ardiente, alaben aun cuando la vida apriete.
Mirar al futuro desde la fe es más que un optimismo voluntarioso; es confiar en que Cristo, el Hijo del Hombre glorioso, ya reina. Su Reino no desplaza la libertad humana, pero la inspira, la eleva y la orienta. Frente a cualquier incertidumbre, Él permanece. Frente a cualquier división, Él reconcilia. Frente a cualquier miedo, Él sostiene.
Que esta jornada nos encuentre con una esperanza más robusta y más práctica: esperanza que se traduce en diálogo, servicio, trabajo honesto, vida sacramental y compromiso con la paz. Que podamos reconocer los brotes de la higuera en nuestra propia comunidad parroquial y en nuestra nación, para caminar con serenidad hacia el futuro que Dios nos prepara.
El Dios que guió a Panamá en 1821 sigue guiando a su pueblo hoy. Basta ser humildes para escucharlo, valientes para seguirlo y fieles para perseverar en su Palabra que nunca pasa.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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