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NOV
2025

Cuando la creación habla: Dios que se revela y un corazón que despierta



Viernes 14 de noviembre de 2025 – Semana XXXII del Tiempo Ordinario
Lecturas: Sabiduría 13, 1-9; Salmo 18; Lucas 17, 26-37
Memoria de San Serapión, mártir


Cuando la creación habla: Dios que se revela y un corazón que despierta

La liturgia de hoy abre una ventana luminosa hacia la búsqueda de Dios que late en el corazón humano desde el origen de la creación. El Libro de la Sabiduría nos muestra una verdad antigua y siempre nueva: quien contempla la grandeza del universo con un corazón abierto descubre que todo habla de Dios. No se trata de un razonamiento frío. La Palabra indica que quienes se quedan solo en la belleza de la naturaleza, sin dar el paso hacia el Creador, se quedan cortos, como si se detuvieran en el marco sin entrar a contemplar la pintura. La creación es hermosa, pero su belleza es un signo; apunta hacia alguien mayor. Cada estrella, cada montaña, cada gesto de vida murmura una misma confesión: todo proviene de un Amor que lo sostiene todo.


El Salmo 18 lo expresa con una poesía que enciende el alma: “Los cielos proclaman la gloria de Dios”. No es metáfora vacía. El salmista está convencido de que la creación es un testimonio silencioso que atraviesa generaciones. No habla con palabras, pero habla con fuerza. En un mundo saturado de sonido, esta voz silenciosa de la creación nos recuerda que la verdadera revelación nace muchas veces en el silencio contemplativo. Cuando uno aprende a mirar con ojos creyentes, el amanecer se convierte en un llamado, el viento en una caricia del Creador, la lluvia en promesa de vida. La fe siempre ha sabido leer este lenguaje. San Agustín lo sintetiza con esa frase inolvidable: “Interroga a la belleza de la tierra, del mar, del aire... todas te responderán: ‘míranos, somos hermosas’. Su belleza es su confesión”.


El Evangelio, sin embargo, nos invita a no quedarnos en la contemplación estática. Jesús recuerda los días de Noé y de Lot, momentos en los que muchos vivían como si Dios no existiera, inmersos en sus rutinas y seguros de sí mismos. La advertencia es clara: el Reino no se descubre solo con los ojos, sino con un corazón despierto. Jesús no quiere asustar, quiere despertar. Quiere que recordemos que la vida no es un simple fluir de días, sino una misión que se despliega delante de nosotros. La indiferencia espiritual es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Se puede vivir rodeado de signos de Dios y no verlo, igual que alguien puede leer un libro maravilloso sin comprender su mensaje.

Frente a ese riesgo, Jesús invita a una vigilancia que nace del amor. La vigilancia cristiana no es miedo al futuro, sino apertura al encuentro. Quien vive atento, vive disponible a Dios, a la familia, a la comunidad, al que sufre. Quien vigila, ama mejor. Espera con serenidad, no con angustia. La esperanza del cristiano es una esperanza activa: reconoce que el Señor llega y transforma la vida cuando uno se deja encontrar.


San Serapión, cuya memoria celebramos hoy, lo entendió bien. Mártir del siglo III, entregó su vida sin miedo porque sabía que su verdadero tesoro era Cristo. Los primeros cristianos no se dejaban paralizar por el temor; vivían con esa vigilancia amorosa que nace de la fe firme. Su testimonio inspira hoy a una Iglesia llamada a caminar con valentía en medio de un mundo que a veces olvida lo esencial.


El mensaje de este día converge así en una invitación profunda: abrir los ojos para ver a Dios en lo creado, abrir el corazón para acoger al Señor que viene, abrir las manos para construir el futuro que Él nos confía. Hay un equilibrio precioso entre contemplación y acción. Contemplar la creación nos vuelve humildes y agradecidos; actuar con firmeza nos hace colaboradores del Reino.


En este viernes, pidamos la gracia de mirar la vida con una fe despierta. Que los cielos sigan proclamando la gloria de Dios a nuestros ojos, y que nuestro corazón, tocado por esa misma gloria, se convierta en un lugar donde otros también puedan descubrirlo. Caminamos hacia el futuro con esperanza porque sabemos que no estamos solos: Dios va delante de nosotros preparando caminos, y nos llama a caminar con alegría y valentía hacia Él.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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