Martes
27 de enero de 2026
Santa Ángela de Merici, virgen
Cuando Dios ocupa el centro, la alegría y la esperanza renacen
La Palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece hoy está marcada por la alegría, la comunión y la esperanza. Nos habla de un Dios que quiere habitar en medio de su pueblo y de un discipulado que no se define por vínculos externos, sino por una obediencia viva y fecunda a su voluntad. En este horizonte luminoso celebramos la memoria de Santa Ángela de Merici, mujer de profunda fe, pedagoga del Evangelio y profeta silenciosa de una Iglesia renovada desde dentro.
La primera lectura (2 Samuel 6, 12-15.17-19) nos presenta a David danzando ante el Arca de la Alianza. El rey no actúa con cálculo ni con temor al ridículo; se abandona a la alegría que brota de la presencia de Dios. El Arca, signo de la Alianza, entra en Jerusalén acompañada de cánticos, sacrificios y bendición para todo el pueblo. La exégesis bíblica subraya que este episodio marca un punto decisivo: cuando Dios ocupa el centro, la vida del pueblo se ordena y florece. Los Padres de la Iglesia vieron en esta escena una imagen de la verdadera adoración: una fe que involucra todo el ser, cuerpo y alma, y que no se encierra en la intimidad, sino que se expresa públicamente con gratitud.
El Salmo 23 prolonga esta experiencia proclamando: «El Señor es el Rey de la gloria». No es un rey impuesto por la fuerza, sino el Dios fuerte y valiente que entra para salvar. En la tradición cristiana, este salmo ha sido leído en clave cristológica y escatológica: Cristo, Rey de la gloria, atraviesa las puertas del mundo y del corazón humano para instaurar su Reino de justicia y de paz. Cada vez que la Iglesia lo canta, renueva su certeza de que la historia tiene sentido y de que el futuro está sostenido por la fidelidad de Dios.
El Evangelio según san Marcos (3, 31-35) nos conduce al corazón del mensaje de Jesús. Cuando declara que su verdadera familia está formada por quienes cumplen la voluntad de Dios, no niega los lazos naturales, sino que los eleva. Jesús inaugura una familia nueva, abierta, universal, fundada en la escucha de la Palabra y en su puesta en práctica. San Agustín afirmaba que María es bienaventurada no solo por haber llevado a Cristo en su seno, sino por haberlo acogido primero en su corazón mediante la fe. En ella se realiza plenamente lo que Jesús anuncia: una pertenencia que nace de la obediencia confiada.
En este contexto, la figura de Santa Ángela de Merici resplandece con especial fuerza. En una época marcada por profundas transformaciones sociales y religiosas, ella supo leer los signos de los tiempos y responder con creatividad evangélica. Su opción por la virginidad consagrada y su dedicación a la formación cristiana de las jóvenes no fueron un repliegue, sino una apuesta audaz por el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Fundadora de la Compañía de Santa Úrsula, comprendió que educar desde el Evangelio es sembrar esperanza a largo plazo. El Magisterio de la Iglesia ha reconocido en ella un modelo de santidad laical consagrada, profundamente enraizada en la vida cotidiana.
La liturgia de hoy nos ofrece una enseñanza clara y consoladora: cuando Dios vuelve a ocupar el centro, la alegría renace; cuando su voluntad se acoge, la comunión se ensancha; cuando la fe se vive con coherencia, el futuro se abre. Como David, estamos llamados a alegrarnos por la presencia del Señor; como los discípulos, a formar parte de la familia de Jesús; como Santa Ángela de Merici, a construir con paciencia y fidelidad un mañana más humano y más cristiano.
Este martes del Tiempo Ordinario es una invitación concreta a renovar nuestras opciones, a poner a Dios en el centro de la vida personal y comunitaria, y a caminar con esperanza. El Señor, Rey de la gloria, sigue entrando en nuestra historia. Quien le abre las puertas no queda defraudado, sino bendecido y enviado a ser signo de esperanza para los demás.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario Parroquial.
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