Cristo Rey: El cumplimiento de la Promesa y el Reino que nace en la Cruz
La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo nos lleva al corazón de la fe cristiana: Dios prometió un Rey, un Mesías, un Salvador… y esa promesa se hizo carne en Jesús. No se trata de un rey que domina por la fuerza, sino de un Rey que conquista por el amor; un Rey cuyo trono es la Cruz y cuyo reinado comienza en lo profundo del corazón humano.
La historia de la salvación es un largo camino de espera. La Antigua Alianza está llena de voces que anuncian un rey distinto, un gobernante enviado por Dios, un pastor que reinará con justicia y paz verdaderas. Esa espera atraviesa los siglos y alcanza su plenitud en el Evangelio, donde Jesús no solo cumple las promesas antiguas, sino que las lleva a su máxima expresión con su entrega en la Cruz.
Y
en el momento más dramático de su vida pública, cuando se encuentra frente a
Pilato, Jesús pronuncia palabras que sellan su identidad:
“Yo soy Rey. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo: para dar
testimonio de la verdad” (cf. Juan 18,37).
Esas palabras iluminan todo lo que la Escritura había preparado y todo lo que sucederá en la pasión.
1. La espera del Antiguo Testamento: un Rey prometido por Dios
El Antiguo Testamento respira un deseo: Dios enviará un Rey cuyo reino será eterno, justo y fiel. Esa promesa comienza en la alianza con David: “Afirmaré para siempre el trono de tu descendiente” (cf. 2 Samuel 7,12-16). Los salmos retoman esta esperanza: “He hecho alianza con mi elegido… su trono permanecerá para siempre” (Salmo 89). El Salmo 132 repite la promesa con claridad: Dios juró a David un sucesor eterno.
Los profetas amplían el horizonte. Isaías anuncia al Príncipe de la Paz cuyo reinado no tendrá fin (Isaías 9), y describe a un Rey que traerá justicia y reconciliará incluso a la creación (Isaías 11). Miqueas indica el lugar del nacimiento: Belén (Miqueas 5). Zacarías revela que el Mesías vendrá humilde, montado en un asno, portador de paz para todas las naciones (Zacarías 9).
Y en lo más profundo, Isaías revela que el Mesías será también un Siervo sufriente, que salvará mediante su entrega (Isaías 52–53). Daniel, por su parte, contempla a “uno como Hijo de Hombre” recibiendo un reino eterno (Daniel 7,13-14).
Israel esperaba un Rey. Dios prometió enviarlo. La historia entera avanzaba hacia ese cumplimiento.
2. El Nuevo Testamento: Jesús se revela como el Rey esperado
Desde la primera línea del Evangelio, la Sagrada Escritura proclama: Jesús es Hijo de David (Mateo 1,1). Los magos lo reconocen: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mateo 2,2). La entrada en Jerusalén, montado en un asno, cumple Zacarías palabra por palabra (Mateo 21).
Jesús no rehúye este título. Lo purifica y lo lleva a su verdad más profunda. Cuando Pilato lo interroga sobre su condición real, Jesús responde con una claridad sorprendente:
“Yo
soy Rey”
“Para eso he nacido y para eso he venido al mundo”
“Mi Reino no es de este mundo”
(cf. Juan 18,36-37)
No es un rey que compite por un territorio. Es el Rey que trae la verdad de Dios al corazón humano. Un Rey que viene a liberar, a sanar, a reconciliar. Un Rey que reina amando.
Natanael lo reconoce: “Tú eres el Rey de Israel” (Juan 1,49). El ángel anuncia a María que su Hijo heredará el trono de David y que su Reino no tendrá fin (Lucas 1,32-33). En Nazaret, Jesús declara cumplida la profecía de Isaías: Él es el Mesías (Lucas 4,21). Y Pedro confiesa: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mateo 16,16).
Todo converge en un único mensaje: Jesús es el Rey prometido desde antiguo.
3. La Cruz: el trono desde el cual Jesús reina
La
grandeza del Reino de Cristo no se revela en un palacio, sino en la Cruz. El
título colocado sobre Él no fue un insulto: fue una proclamación providencial.
“Jesús Nazareno, Rey de los judíos” (Juan 19,19).
La Cruz es la clave. Allí Jesús reina perdonando. Reina entregándose. Reina abriendo el Paraíso al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23,43). Ese acto de misericordia es un gesto de autoridad real: el Rey abre su Reino.
La
Cruz no destruye el Reino. Lo inaugura.
Jesús lo había anunciado: “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia
mí” (Juan 12,32). La elevación en la Cruz es su exaltación.
Hebreos lo proclama “coronado de gloria y honor” por su pasión (Hebreos 2,9). San Pablo explica que Dios lo exaltó por su obediencia hasta la muerte de cruz (Filipenses 2). Y el Apocalipsis lo llama “el Soberano de los reyes de la tierra” (Apocalipsis 1,5-6).
Cristo reina porque ama hasta el extremo. Su corona es de espinas, pero su gloria es eterna.
4. Un Reino que cambia la vida
La fiesta de Cristo Rey no es una celebración distante. Es una invitación a reconocer que el verdadero poder no está en dominar, sino en servir; no en imponerse, sino en amar. El Reino de Cristo se hace visible cuando:
–
la verdad guía la vida,
– la misericordia transforma las relaciones,
– la justicia sostiene a los vulnerables,
– la paz vence al miedo,
– y la fe ilumina el camino diario.
Su reinado no compite con los poderes del mundo: los purifica. No destruye la libertad humana: la libera.
Cristo es Rey porque conduce la historia hacia su plenitud, y porque conduce el corazón humano hacia la vida verdadera.
Desde las antiguas promesas hechas a David hasta el diálogo solemne con Pilato, todo apunta a una verdad luminosa: Jesús es el Rey esperado, el Mesías anunciado, el Salvador prometido. Su realeza no es teatral ni política: es profundamente espiritual y eternamente eficaz.
Y su proclamación ante Pilato —“Yo soy Rey y para eso he venido”— resuena como la llave hermenéutica de toda la historia de la salvación.
La Cruz lo revela como Rey. La Resurrección lo confirma. Y la Iglesia lo reconoce: su Reino no tendrá fin.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared