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DIC
2025

Cristo, la Palabra eterna que abre el futuro



Cristo, la Palabra eterna que abre el futuro

Miércoles 31 de diciembre de 2025 – Día séptimo de la Octava de Navidad
San Silvestre I – Fin del año civil

La Iglesia nos concede la gracia de llegar al último día del año dentro de la Octava de Navidad, como quien se niega a despedirse demasiado pronto del Misterio. Mientras el calendario civil se cierra, la liturgia no concluye: ensancha el tiempo, lo ilumina desde dentro y lo orienta hacia el futuro. No terminamos el año solos ni a oscuras. Lo cerramos con Cristo en el centro.

Las lecturas de este día tienen una fuerza singular. No son nostálgicas ni evasivas. Son lúcidas, exigentes y profundamente esperanzadoras. Nos enseñan a discernir, a permanecer firmes en la verdad recibida y a mirar el año que comienza no con ingenuidad, sino con fe madura.

1. “Permanezcan en lo que han oído desde el principio” (1 Jn 2,18-21)

San Juan, anciano y pastor, escribe con la serenidad de quien ha visto mucho. No se escandaliza ante la crisis ni se sorprende por la confusión. Reconoce que existen fuerzas que oscurecen la verdad y desfiguran el rostro de Cristo. Pero no escribe para sembrar miedo, sino para fortalecer la fidelidad.

El apóstol no invita a buscar novedades doctrinales ni soluciones mágicas. Propone algo más profundo y estable: permanecer. Permanecer en la verdad recibida, en la fe apostólica, en la unción que viene del Santo. En un mundo que cambia vertiginosamente, la fe cristiana no es rigidez: es raíz. Y solo quien tiene raíces puede crecer hacia el futuro.

Al cerrar el año, esta palabra es un examen sereno:
¿En qué he permanecido? ¿Qué voces han formado mi conciencia? ¿Qué lugar ha tenido la verdad de Cristo en mis decisiones?

La esperanza cristiana no nace de ignorar las dificultades, sino de saber en quién hemos creído.

2. “Alégrense los cielos y la tierra” (Salmo 95)

El salmo ensancha la mirada. No solo el ser humano está llamado a la alegría: toda la creación participa del gozo porque el Señor viene a gobernar con justicia. La historia no es un accidente ni un caos sin sentido. Tiene dirección, tiene juez y tiene esperanza.

Al finalizar el año civil, este canto nos rescata del cansancio y del pesimismo. Dios no abandona su obra. Aunque el mundo experimente guerras, injusticias y heridas profundas, el Señor reina. Y su reinado no aplasta: restaura.

Aquí nace una alegría sobria, distinta del ruido superficial de la Noche Vieja. Es la alegría de saber que la última palabra no la tienen el fracaso ni el pecado, sino la fidelidad de Dios.

3. “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,1-18)

El prólogo del Evangelio de San Juan es una de las cumbres de toda la Escritura. No narra escenas, sino que revela el sentido último de la historia. Antes del tiempo estaba el Verbo. Y ese Verbo no se quedó distante: entró en nuestra carne, en nuestra historia concreta, en nuestros años buenos y malos.

Al terminar el año, esta proclamación es decisiva:
Dios no espera que el mundo sea perfecto para habitarlo. Dios entra tal como está, para transformarlo desde dentro.

Cristo es la luz verdadera que no se apaga al cambiar de año. No es una idea, ni un valor abstracto, ni una tradición cultural. Es una Persona viva que sigue viniendo a los suyos, incluso cuando no siempre es acogido. Y, sin embargo, a quienes lo reciben, les da poder de ser hijos de Dios.

Aquí se funda la esperanza cristiana para el año que comienza: no en nuestras fuerzas, sino en la gracia que ya ha sido derramada.

4. San Silvestre I: la Iglesia en tiempos de transición

Hoy la Iglesia recuerda a San Silvestre I, Papa en un momento decisivo de la historia. Vivió el paso de una Iglesia perseguida a una Iglesia reconocida públicamente. No fue un tiempo sencillo ni exento de tensiones. Sin embargo, la Iglesia no perdió su centro: Cristo.

San Silvestre nos enseña que los cambios históricos no deben hacernos perder la identidad. La Iglesia no se redefine según las épocas; permanece fiel mientras acompaña los procesos humanos. Esa es también la tarea de cada comunidad parroquial y de cada creyente al iniciar un nuevo año.

5. Cerrar el año en clave cristiana

La Noche Vieja, vivida desde la fe, no es solo balance ni celebración. Es acción de gracias, es petición humilde y es entrega confiada. Ponemos en manos de Dios lo que fue luminoso y lo que quedó inconcluso. Nada se pierde cuando se ofrece.

El cristiano no teme al futuro porque sabe que la Palabra ya habita en la historia. El año que comienza no es una página en blanco: es una página habitada por Dios.

Cerrar el año con Cristo es comenzar el siguiente con esperanza realista, con compromiso renovado y con la certeza de que la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencen.


En este último día del año civil, la Iglesia nos invita a levantar la mirada y a afirmar con fe serena:
La Palabra se hizo carne y permanece con nosotros.
Desde esa verdad, el futuro no asusta. Se camina.

Que el Señor, luz verdadera, bendiga a nuestras familias, a nuestra parroquia y a toda la humanidad al iniciar un nuevo año. Y que lo hagamos permaneciendo en lo esencial, con el corazón firme y la esperanza bien anclada en Cristo.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial. 


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