Creer para vivir: la fe que vence al mundo
Viernes 9 de enero – Tiempo de Navidad
La Palabra de Dios de este día nos conduce al corazón de la fe cristiana: creer en Jesucristo para vivir de verdad. No se trata de una idea abstracta ni de una emoción pasajera, sino de una adhesión concreta que transforma la historia personal y abre el futuro con esperanza firme.
1. La fe que vence al mundo (1 Jn 5, 5-13)
San Juan es directo y luminoso: “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?”. Aquí “mundo” no significa la creación amada por Dios, sino aquello que se cierra a la verdad, que absolutiza el poder, el placer o el miedo.
Creer en Jesús no es un consuelo psicológico: es participar ya de la vida eterna. El apóstol insiste en el testimonio —agua, sangre y Espíritu— para afirmar que la fe cristiana está anclada en la historia real de Cristo: su encarnación, su cruz y su resurrección. No seguimos mitos; seguimos a un Señor vivo.
Desde la Tradición viva de la Iglesia, los Padres insistieron en que la fe es una luz que no anula la razón, sino que la eleva. Creer es entrar en la verdad completa del ser humano. Por eso san Juan escribe “para que sepan que tienen vida eterna”: la certeza cristiana no es arrogancia, es esperanza fundada.
2. El Dios que sana y sostiene (Salmo 147)
El salmo responde con gratitud: “Demos gracias y alabemos al Señor”. Dios no solo salva el alma; cuida, reconstruye, venda heridas y devuelve dignidad. El salmista canta a un Dios cercano, atento a los pequeños, fiel en el tiempo.
Este canto es profundamente actual. En medio de sociedades cansadas, heridas por la violencia, la injusticia o la confusión moral, la Iglesia proclama que Dios no abandona su obra. Alabar no es evadir la realidad, es reconocer que el futuro no está cerrado.
3. Jesús toca la herida (Lc 5, 12-16)
El Evangelio nos presenta una escena decisiva. Un leproso —excluido, impuro, condenado al margen— se acerca a Jesús con una súplica humilde: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No exige, confía.
La respuesta de Jesús es escandalosa y reveladora: lo toca. Jesús no sana a distancia para protegerse; entra en contacto con la herida. La misericordia de Dios no teme contaminarse, porque es más fuerte que el mal. Donde llega Cristo, la impureza retrocede.
Este gesto ilumina el camino de la Iglesia hoy: una Iglesia que no huye del sufrimiento humano, que no se encierra en lo seguro, que se deja tocar por el dolor real para llevar esperanza verdadera. La sanación conduce luego al silencio obediente y al testimonio concreto, no al protagonismo.
4. Santos Julián, Basilisa y Compañeros: fe fiel hasta el final
En este día celebramos a Santos Julián y Basilisa y Compañeros, testigos de una fe vivida con coherencia y valentía. Unidos en el matrimonio y consagrados a Dios, supieron poner a Cristo por encima de toda comodidad y temor.
Su martirio recuerda que la fe no es una herencia cultural sin consecuencias, sino una opción de vida que, cuando es auténtica, transforma incluso el sufrimiento en semilla de esperanza. Ellos vencieron al mundo creyendo, como enseña san Juan.
5. Una palabra para hoy
La liturgia de este viernes nos deja una certeza clara y serena: la fe cristiana no es huida del presente, es fuerza para construir el futuro. Quien cree en Cristo no niega las heridas del mundo, pero tampoco se rinde ante ellas. Jesús sigue tocando, sanando y enviando.
Creer es vivir ya desde la vida eterna. Alabar es reconocer que Dios sigue obrando. Y esperar es caminar con los ojos puestos en Cristo, el Señor que vence al mundo con el amor.
Que esta Palabra nos encuentre disponibles, confiados y dispuestos a dejarnos tocar por Aquel que hace nuevas todas las cosas.
6. Memoria viva: los mártires panameños del 9 de enero de 1964
En esta fecha, la Iglesia que peregrina en Panamá eleva una oración agradecida por los mártires del 9 de enero de 1964, jóvenes y ciudadanos que ofrecieron su vida en defensa de la dignidad nacional. No murieron por odio, sino por amor a la verdad y a la justicia; no buscaron la violencia, sino que fueron alcanzados por ella en un momento decisivo de nuestra historia.
Su sangre, unida al clamor de un pueblo, se convirtió en semilla de futuro. Aquella entrega abrió caminos de diálogo y condujo, con el paso del tiempo, a la recuperación plena de la soberanía. La memoria de estos mártires no pertenece al pasado: interpela el presente y educa la esperanza. Nos recuerdan que la libertad auténtica se construye con sacrificio, responsabilidad y amor al bien común.
La Palabra proclamada hoy ilumina esta memoria. “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5,4). La fe no anestesia la conciencia; la despierta. Jesús, que toca la herida del leproso, sigue tocando las heridas de los pueblos para sanarlas desde dentro. Honrar a nuestros mártires es elegir caminos de paz, verdad y justicia, y trabajar —con perseverancia— por un futuro donde la dignidad humana sea siempre respetada.
Que su testimonio fortalezca nuestra fe, purifique nuestro amor a la patria y nos impulse a construir una nación reconciliada, libre y esperanzada.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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