Creer para anunciar
La fe recibida se convierte en misión
Llegar al final de este camino no significa haber agotado el misterio de Dios, sino haber reconocido con mayor claridad que creer es una respuesta razonable, libre y profundamente humana. A lo largo de estos artículos hemos visto que la fe no nace del miedo ni de la costumbre, sino del encuentro entre la razón que busca la verdad y el corazón que anhela sentido. Hemos comprobado que Dios no es una idea abstracta, sino una Presencia viva que se deja conocer en la creación, en la historia, en la conciencia, en Jesucristo y en la vida concreta de quienes creen. Pero toda fe auténtica pide un paso más: ser compartida.
Creer para anunciar no significa imponer ni convencer a la fuerza. Significa vivir de tal manera que la fe se vuelva creíble. El cristiano anuncia a Dios, ante todo, con su vida: con su manera de amar, de perdonar, de trabajar, de servir, de sufrir y de esperar. En un mundo cansado de discursos y desconfiado de las palabras, el testimonio silencioso de una vida coherente se convierte en la forma más elocuente de evangelización. Una fe vivida con humildad y verdad abre preguntas, despierta inquietudes y señala un camino.
La misión nace del agradecimiento. Quien ha descubierto que Dios da sentido a su vida no puede guardarlo solo para sí. No se trata de ser expertos en argumentos, sino de ser testigos. Cada cristiano, desde su vocación concreta —en la familia, en el trabajo, en la parroquia, en la sociedad— está llamado a ser signo de la presencia de Dios. La fe no nos separa del mundo: nos compromete más con él, porque nos enseña a mirarlo con los ojos de Dios.
La Iglesia existe para esta misión. Todo lo que cree, celebra y vive apunta al anuncio del Evangelio. La Eucaristía, centro de la vida cristiana, termina siempre con un envío: “Podéis ir en paz”. No es una despedida, sino una tarea. El creyente sale al mundo llevando en sí la luz que ha recibido. En medio de dudas, heridas y búsquedas, la fe cristiana se ofrece como una propuesta de esperanza sólida, no como una evasión.
Creer en Dios hoy es un acto contracultural, pero profundamente necesario. Es afirmar que la verdad existe, que el amor es más fuerte que el mal, que la vida tiene un sentido último y que la historia no camina hacia el vacío. Quien cree no tiene todas las respuestas, pero camina con Alguien que da fundamento a cada paso. Esa certeza es la que estamos llamados a compartir, con respeto, con paciencia y con caridad.
Pensar
La fe cristiana culmina en la misión. Creer en Dios implica asumir la responsabilidad de ser testigo de la verdad y del amor que hemos recibido.
Sentir
Agradece el don de la fe. Reconoce cómo Dios ha iluminado tu vida y ha dado sentido a tu historia personal.
Actuar
Vive tu fe con coherencia y sencillez. Sé testigo de Dios allí donde estás, anunciando con tu vida que creer sigue siendo una opción razonable y llena de esperanza.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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