24
NOV
2025

Corresponsabilidad: servir juntos en la Iglesia



 

Corresponsabilidad: servir juntos en la Iglesia

Nadie evangeliza solo; la Iglesia camina unida, como Cuerpo de Cristo.

La vida de la Iglesia florece cuando cada bautizado descubre que no es un invitado, sino parte viva de una familia que tiene una misión. Corresponsabilidad no es una palabra de moda; es el modo concreto en que el Evangelio se hace activo en nosotros. Significa asumir que todos tenemos un lugar, una tarea, una voz y un compromiso que no puede delegarse. La misión es de todos, y la Iglesia avanza cuando caminamos juntos.

La corresponsabilidad nace del bautismo. Allí recibimos la dignidad de hijos y la vocación de discípulos-misioneros. San Pablo lo describe con una fuerza que atraviesa los siglos: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu… cada uno recibe la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Co 12). Nada en la Iglesia se construye desde el aislamiento. Todo brota de la comunión. La Iglesia no es una empresa con empleados; es un cuerpo vivo sostenido por la gracia. Nadie puede decir: “No me necesitan”. Tampoco nadie puede creer que todo depende de él. Cristo es la cabeza; nosotros somos sus miembros.

La corresponsabilidad no es solo organizar tareas. Es una espiritualidad. Reclama humildad para reconocer que el otro también aporta, que mis dones no son más importantes que los suyos, y que lo que yo no puedo hacer, otro sí puede hacerlo. Reclama escuchar, dialogar, colaborar y discernir juntos. Cuando una comunidad vive así, se fortalece el testimonio, crece la caridad y se renueva la esperanza. Una parroquia corresponsable se nota: hay participación, alegría, sentido de pertenencia. No se sirve por obligación, sino por amor.

Hoy más que nunca la Iglesia necesita esta madurez. No basta que el sacerdote cargue con todo. No basta que unos pocos hagan lo de muchos. La corresponsabilidad invita a pasar de espectadores a protagonistas. La pregunta no es “¿qué hace la parroquia por mí?”, sino “¿qué aporto yo a la misión que Cristo nos confía?”. Cuando cada cual ofrece lo que tiene —tiempo, talentos, formación, escucha, servicio, creatividad— comenzamos a ver milagros sencillos: grupos que renacen, proyectos que se consolidan, corazones que vuelven a la fe.

La corresponsabilidad tiene un rostro muy concreto. Se ve en quien llega temprano para preparar la liturgia; en quien se ofrece para visitar a los enfermos; en quien acompaña a los jóvenes; en quien da su tiempo para la catequesis, la música o la limpieza del templo; en quien dona con generosidad; en quien sugiere, propone, escucha y ayuda. Ningún gesto es menor. En la lógica del Evangelio, lo pequeño sostenido con amor transforma más que mil discursos.

Vivir la corresponsabilidad exige también renovar nuestra mirada sobre la Iglesia. No es una carga, sino un regalo. No es un conjunto de actividades, sino una misión que nos engrandece. Cuando servimos juntos, descubrimos que la fe se vuelve más luminosa, la vida más fecunda y el corazón más libre. Servir en comunión nos protege de la autosuficiencia y nos ayuda a crecer en paciencia, mansedumbre y caridad concreta. Una comunidad corresponsable no compite: se complementa. No se divide: se edifica. No se dispersa: se une alrededor de Cristo.

Desde esta experiencia nace una convicción profunda: corresponsabilidad es sinónimo de esperanza. Porque donde cada uno hace su parte, el Espíritu Santo hace la suya. Donde se comparte la misión, surge un futuro nuevo. La Iglesia avanza no por grandes estrategias, sino por la entrega sencilla de miles de creyentes que, día tras día, dicen “aquí estoy, Señor”.

La corresponsabilidad es un camino para todos: jóvenes, adultos, matrimonios, consagrados, ancianos, niños. Todos tenemos algo que ofrecer. Todos somos imprescindibles. Y cuando lo entendemos, la comunidad deja de ser un lugar al que voy y se convierte en un hogar al que pertenezco.

Al final, la corresponsabilidad no se aprende en libros, sino en la vida compartida. Es una manera concreta de amar. Una forma de santidad comunitaria. Una respuesta adulta al llamado de Cristo. Y es también la certeza más bella: la misión no pesa cuando la cargamos juntos.

La Iglesia crecerá siempre que vivamos esta verdad: nadie evangeliza solo; la Iglesia camina unida, como Cuerpo de Cristo. Y al caminar unidos, descubrimos que Dios multiplica lo que ofrecemos y hace de cada comunidad un signo vivo de su presencia en el mundo.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


Escribir un comentario

No se aceptan los comentarios ajenos al tema, sin sentido, repetidos o que contengan publicidad o spam. Tampoco comentarios insultantes, blasfemos o que inciten a la violencia, discriminación o a cualesquiera otros actos contrarios a la legislación española, así como aquéllos que contengan ataques o insultos a los otros comentaristas.

Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared

Aviso legal | Política de privacidad | Política de cookies