Martes
9 de diciembre de 2025 – Semana II de Adviento
Memoria de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
Año Jubilar – Peregrinos de la Esperanza
Consuelen, consuelen a mi pueblo (Is 40,1): la ternura de Dios abre caminos nuevos
Adviento continúa su marcha hermosa y silenciosa, como una mañana que va deshaciendo la noche sin hacer ruido. Las lecturas de hoy nos regalan un rostro particular de Dios: un Dios que consuela, que carga en brazos a su pueblo, que sale a buscar al que se perdió, que no se cansa de renovar la esperanza donde muchos ya solo ven cansancio o conflicto. En un tiempo en que tantos hermanos viven entre tensiones, heridas y violencias, escuchar esta Palabra es como beber agua fresca en medio del desierto.
Este día, además, brilla San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, aquel hombre sencillo a quien la Santísima Virgen María —como Madre tierna y misionera— eligió para llevar un mensaje de consuelo y renovación al continente entero. Desde el cerro del Tepeyac, María abrió caminos nuevos; desde nuestra propia vida, quiere seguir haciéndolo.
1. Isaías 40, 1-11: La ternura que recrea el futuro
Isaías se levanta como un mensajero que trae un mandato directo de Dios: “Consuelen, consuelen a mi pueblo”. Es un imperativo, no un deseo. En la Biblia, el verbo “consolar” es sinónimo de levantar, fortalecer, devolver la dignidad, encender esperanza. No es un sentimentalismo, es un acto profundamente teológico: Dios mismo toma la iniciativa y sale al encuentro del corazón humano herido.
La imagen final del pasaje es una de las más bellas de toda la Escritura: “Como un pastor, cuida a su rebaño… lleva en brazos a los corderos y guía a las ovejas que acaban de parir”. Aquí no aparece un Dios lejano o impasible, sino un Dios cercano, que conoce el ritmo de cada uno, que no empuja, sino que acompaña.
En tiempos de incertidumbres, esta palabra nos recuerda que la historia no se ha salido de las manos del Señor. Él sigue escribiendo futuro, incluso cuando nosotros no logramos verlo.
2. Salmo 95: “Ya viene el Señor a renovar el mundo”
El salmista no solo invita a cantar, sino a reconocer que la venida del Señor trae renovación, juicio salvador y orden nuevo. “Ya viene” significa que la obra de Dios está en marcha, no es teoría ni deseo abstracto. Y dice “a renovar el mundo”, no solo partes sueltas.
En el corazón del creyente se enciende entonces una certeza: la gracia de Dios puede transformar, sanar, corregir, purificar y embellecer todo cuanto toca. Adviento no es un ejercicio nostálgico, es una escuela de futuro. La renovación comienza dentro del alma, y desde allí se extiende a las familias, las comunidades y los pueblos.
3. Evangelio según San Mateo 18, 12-14: El Dios que no se resigna a perder a nadie
Jesús nos regala hoy una parábola que revela con rotunda claridad el corazón del Padre: Él no acepta que ni uno solo se pierda. No le basta con conservar a los noventa y nueve. Su amor es tan personal que lo mueve a adentrarse en barrancos, cansancios y caminos inciertos para encontrar al que se alejó.
Quien ha amado de verdad entiende este tipo de locura divina: un amor que no calcula, que no negocia, que no suma ni resta. Jesús no pregunta “por qué se perdió”, pregunta “dónde está para ir a buscarlo”.
El Adviento nos invita a mirar la vida así, con esa mirada que no cancela a nadie, que no descarta a nadie, que siempre cree que un corazón puede volver a casa.
4. San Juan Diego Cuauhtlatoatzin: un humilde que abrió caminos de esperanza
En 1531, la Santísima Virgen María escogió a un hombre pobre, sencillo, de corazón dócil, para hablarle al mundo de su Hijo y para ofrecer consuelo a un pueblo desgarrado. Juan Diego no tenía poder, ni títulos, ni influencia. Tenía lo más grande: fe inquebrantable y capacidad de escuchar.
Ella le dijo: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”. Y ese mensaje, pronunciado en náhuatl, sigue siendo hoy brújula para la Iglesia. Aquellas palabras son puro Evangelio: Dios no abandona, Dios no acusa, Dios abraza. Dios quiere renovar la vida de sus hijos desde dentro, como renovó América Latina a través de un indio humilde que solo quería cumplir la voluntad del cielo.
Hoy, en esta memoria litúrgica, le pedimos a San Juan Diego que nos enseñe a ser dóciles y a dejarnos enviar, para que en esta tierra nuestra podamos ser instrumentos de consuelo y de reconciliación.
5. Peregrinos de la Esperanza: una misión para este Adviento
En el Año Jubilar, la Iglesia nos invita a caminar como peregrinos que avanzan hacia una meta: la esperanza que viene de Cristo. Y caminar como peregrinos es recordar que:
La intención de oración del Santo Padre para este mes —por los cristianos en contextos de conflicto— nos recuerda que la fe no se vive al margen de la realidad. Es un llamado a interceder, a sostener espiritualmente, a acompañar sin cansancio y a ser voz profética frente a las injusticias.
Ser Peregrinos de la Esperanza significa ofrecer un corazón que consuela, una palabra que levanta, un abrazo que reconstruye, una oración que sostiene.
La Palabra de hoy nos mueve a reconocer que Dios sigue llevando en brazos a su pueblo, que no deja a nadie tirado en el camino y que tiene poder para renovar el mundo entero; nos invita a sentir el consuelo que viene de sabernos amados personalmente por Él, buscados por su misericordia y sostenidos por su paciencia; y nos impulsa a actuar con esperanza concreta, siendo consuelo para los que sufren, cercanía para los que están solos, y puente para los que viven en conflicto, caminando con mirada mariana y corazón de pastor hacia el futuro que Dios quiere regalar a su Iglesia y a nuestras comunidades.
Que este Adviento nos encuentre despiertos, disponibles y confiados. Que San Juan Diego interceda por nosotros. Y que la Santísima Virgen María nos tome de la mano para que caminemos como verdaderos hijos suyos, llevando consuelo donde muchos ya no esperan nada.
Así se va construyendo el futuro que Dios sueña para su pueblo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
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