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NOV
2025

Conmemoración de los Fieles Difuntos Cristo ha vencido la muerte y nos abre el camino de la vida eterna.



Domingo 2 de noviembre de 2025
Conmemoración de los Fieles Difuntos
Cristo ha vencido la muerte y nos abre el camino de la vida eterna.

La Iglesia, madre y maestra, dedica este día a orar con esperanza por todos aquellos que han partido de este mundo marcados con el signo de la fe. La conmemoración de los fieles difuntos no es una jornada de tristeza ni de oscuridad, sino una profunda expresión de amor cristiano, de comunión y de esperanza en la resurrección. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 958), “nuestra oración por ellos puede no sólo ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión por nosotros”.

Las lecturas de hoy iluminan el misterio de la vida y de la muerte a la luz de la fe. En el segundo libro de los Macabeos (12, 43-46) encontramos uno de los fundamentos más antiguos de la oración por los difuntos: Judas Macabeo, movido por la fe en la resurrección, manda ofrecer sacrificios por los soldados caídos “para que quedaran libres de su pecado”. Este gesto nos recuerda que la caridad no se detiene ante la tumba, sino que continúa más allá, en la comunión de los santos. Orar por los difuntos es un acto de amor que traspasa el tiempo y el espacio.

El salmo 102 nos invita a confiar en la infinita misericordia de Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Esta certeza consuela el corazón dolido por la ausencia, porque sabemos que el juicio de Dios está lleno de ternura y verdad. Como decía san Juan Crisóstomo: “No llores como quien no tiene esperanza; alégrate porque los que se duermen en Cristo serán despertados para la gloria”.

San Pablo, en su primera carta a los Corintios (15, 20-28), proclama con fuerza la victoria de Cristo sobre la muerte: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que han muerto”. Con Él, la muerte ya no es el final, sino el umbral hacia la plenitud. La resurrección no es una idea, es una persona: Cristo vivo, que reina hasta que todo le sea sometido y Dios sea todo en todos. Esa es nuestra esperanza: que la vida no termina en el sepulcro, sino que se transforma en comunión eterna con Dios.

El Evangelio según san Lucas (23, 44-46.50.52-53; 24, 1-6) nos conduce al corazón del misterio pascual. Jesús, al expirar en la cruz, entrega su espíritu al Padre, y su cuerpo es colocado en el sepulcro. Pero el amanecer del primer día de la semana trae la noticia que cambia la historia: “No está aquí, ha resucitado”. Las mujeres, que fueron testigos del dolor, se convierten ahora en mensajeras de la esperanza. El sepulcro vacío proclama la promesa definitiva: la muerte ha sido vencida, y el amor ha triunfado para siempre.

Hoy, la Iglesia peregrina mira hacia el cielo con esperanza, y hacia la tierra con amor. Rezamos por las almas del purgatorio —esas almas que se purifican en el fuego del amor divino— y ofrecemos por ellas nuestras oraciones, indulgencias y obras de misericordia. Cada Eucaristía celebrada, cada Rosario rezado, cada limosna ofrecida con intención de caridad es una chispa de luz que llega a las almas que esperan el abrazo eterno de Dios.

El papa Benedicto XVI recordaba que “nuestra oración por los difuntos no sólo es eficaz, sino también expresión de la comunión que nos une a ellos en Cristo”. Y san Agustín aconsejaba: “Llora si quieres, pero ora más; pues las lágrimas no ayudan al difunto, pero la oración sí”. De esta manera, la liturgia de hoy nos invita a mirar la muerte no como una ruptura, sino como un paso hacia la plenitud del amor.

La tradición cristiana también nos enseña a visitar los cementerios con respeto, llevando flores y oraciones, como signo de la esperanza que no muere. En cada tumba, el cristiano lee la promesa: “Yo soy la Resurrección y la Vida; quien cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25).

Nuestra fe no nos aparta del dolor, pero nos enseña a vivirlo con sentido. El cristiano llora, pero con esperanza; sufre, pero confía; recuerda, pero espera el reencuentro. Como afirmaba el papa Francisco: “El cementerio es un lugar de esperanza, no de desesperación. Esperanza de encuentro, esperanza de resurrección, esperanza de la vida eterna.”

En este día santo, elevemos una plegaria por todos nuestros seres queridos que han partido, por las almas más olvidadas, y por quienes mueren sin recibir el consuelo de la fe. Que Cristo, vencedor de la muerte, los reciba en su Reino de luz y paz. Y que nosotros, peregrinos de la tierra, vivamos con la mirada puesta en el cielo, sirviendo a los demás con amor, mientras esperamos el día en que Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos.

La muerte no tiene la última palabra; Cristo resucitado ha transformado el final en comienzo y la ausencia en esperanza. Dejémonos llenar por la paz de saber que nuestros seres queridos viven en Dios, en la comunión del amor eterno. Oremos con fe por los difuntos, visitemos los cementerios con respeto cristiano y practiquemos obras de misericordia en su memoria. Cada gesto de amor abre el cielo un poco más y nos acerca al día en que todos, en Cristo, seremos uno solo en el amor eterno del Padre.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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