08
ENE
2026

Comunismo, socialismo y fe cristiana



Comunismo, socialismo y fe cristiana

El Reino de Dios no es ideología. La Palabra de Dios no se usa como bandera política.

La Iglesia, desde sus orígenes, ha anunciado una verdad incómoda para todo poder humano: “Jesucristo es el Señor” (cf. Flp 2,11). No el Estado, no el partido, no la economía, no una ideología. Por eso, cada vez que se intenta justificar un sistema político —en particular el comunismo o el socialismo ideológico— usando la Sagrada Escritura, no estamos ante un ejercicio legítimo de fe, sino ante una instrumentalización peligrosa de la Palabra de Dios (cf. 2 Pe 3,16).

Este artículo busca ofrecer una reflexión clara, serena y firme, desde la Biblia, el Magisterio de la Iglesia, la Doctrina Social y el Derecho Canónico, para ayudar a discernir sin confusiones: el cristiano pertenece al Reino de Dios y a su justicia (cf. Mt 6,33), no a los “ismos” que pasan con el tiempo.

1. La Revelación no nace de la política

La fe cristiana no surge de una teoría social ni de un proyecto económico. Surge de una Revelación: Dios que habla, llama y salva (cf. Heb 1,1–2). El orden correcto es siempre este:
la Palabra de Dios juzga a la historia, no la historia a la Palabra (cf. Is 40,8).

Cuando se parte de una ideología y luego se buscan textos bíblicos para sostenerla, se ha invertido el orden de la fe. La Biblia deja de ser Palabra viva (cf. Heb 4,12) y se convierte en material de propaganda. Eso no es cristianismo, sino reducción ideológica de la fe.

2. ¿Qué dice realmente la Biblia?

La Sagrada Escritura enseña verdades que ninguna ideología puede absorber sin deformarlas:

  • Dios es el Señor de la historia (cf. Sal 24,1; Dn 2,21).
  • El ser humano es persona, no masa, creado a imagen de Dios (cf. Gn 1,27).
  • La dignidad humana es previa al Estado (cf. Sab 2,23; Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 1700).
  • La justicia auténtica nace de la conversión del corazón, no solo de estructuras externas (cf. Ez 36,26; Mt 23,23).

Algunos intentan justificar el comunismo citando Hechos 2,44–45 o 4,32: “todo lo tenían en común”. Esta lectura es incorrecta y abusiva. Aquella comunidad nace del Espíritu Santo (cf. Hch 2,4), vive la comunión de manera libre y voluntaria, no por imposición. La misma Escritura reconoce la propiedad personal:

“¿No era tuyo antes de venderlo?” (Hch 5,4).

Manipular este texto para legitimar un sistema coercitivo, materialista y ateo no es exégesis bíblica, es ideología.

3. El libro de los Jueces: cuando el pueblo sustituye a Dios por poderes humanos

El Libro de los Jueces ofrece una de las lecturas más lúcidas y realistas sobre lo que ocurre cuando un pueblo abandona el señorío de Dios y busca su seguridad en estructuras humanas, líderes carismáticos o pactos políticos.

El libro describe un ciclo que se repite con precisión inquietante:

  1. El pueblo se aleja del Señor.
  2. Adopta los dioses y costumbres de los pueblos vecinos.
  3. Aparece la opresión y la injusticia.
  4. El pueblo clama a Dios.
  5. Dios suscita un juez para liberar.
  6. Tras la liberación, el pueblo vuelve a desviarse.

Este ciclo revela una verdad fundamental: cuando Dios deja de ser Rey, el poder humano se convierte en ídolo.

“Cada uno hacía lo que le parecía bien”

El Libro de los Jueces concluye con una frase que es clave para el discernimiento político y religioso:

“En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien” (Jue 21,25).

Esta afirmación no es un elogio de la autonomía absoluta, sino una denuncia teológica. Cuando no se reconoce la soberanía de Dios, no surge la libertad verdadera, sino el caos moral, la violencia y la opresión de los débiles.

El texto muestra que la ausencia de Dios como referencia última no produce justicia, sino arbitrariedad. Este principio bíblico desmonta cualquier sistema que pretenda construir una sociedad justa prescindiendo de Dios o sustituyéndolo por el Estado, la ideología o la fuerza.

La idolatría política: Baales antiguos y modernos

El Libro de los Jueces repite una acusación constante:

“Los israelitas hicieron lo malo a los ojos del Señor y sirvieron a los Baales” (cf. Jue 2,11; 3,7).

Los Baales no eran solo ídolos religiosos; eran sistemas de poder, estructuras que prometían seguridad, prosperidad y control. Israel no dejó de creer en Dios de un día para otro; lo mezcló con otros dioses, lo relativizó, lo subordinó.

Aquí está una advertencia directa para nuestro tiempo:
cuando la fe se subordina a una ideología —aunque se vista de lenguaje bíblico— Dios deja de ser Señor y pasa a ser instrumento.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando se intenta justificar el comunismo o el socialismo ideológico con la Sagrada Escritura.

Dios libera, pero no sustituye la conciencia

En el Libro de los Jueces, Dios libera a su pueblo enviando jueces —Débora, Gedeón, Sansón—, pero nunca impone un sistema permanente de poder. La liberación no conduce a un Estado total, sino a la responsabilidad del pueblo.

Esto es teológicamente decisivo:

Dios no salva mediante estructuras absolutas, sino mediante la conversión del corazón. Cuando el pueblo busca una solución meramente política, el ciclo de opresión vuelve a empezar.

La Escritura muestra así que ningún sistema humano puede sustituir la obediencia a Dios, ni siquiera cuando promete justicia o igualdad.

El peligro de pedir “reyes” como las naciones

El Libro de los Jueces prepara el terreno para una advertencia que luego será explícita en Samuel: el deseo de ser “como las demás naciones”. Este deseo no nace de la fe, sino de la inseguridad espiritual.

Aplicado al presente, el mensaje es claro:

cuando el cristiano absolutiza una ideología política —sea comunista, socialista o de cualquier signo— está repitiendo el error de Israel: preferir un poder visible a la soberanía invisible de Dios.

Leído a la luz del Magisterio y de la Doctrina Social de la Iglesia, el Libro de los Jueces confirma que:

  • la justicia sin Dios degenera en opresión,
  • la igualdad sin verdad se vuelve imposición,
  • el poder sin referencia moral se convierte en idolatría.

El comunismo y el socialismo ideológico, al absolutizar la estructura y negar la trascendencia, repiten el drama de Jueces: prometen liberación y producen nuevos ciclos de esclavitud.

Por eso, la Iglesia insiste en una verdad permanente:

“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).

No el reino del partido.
No el reino del Estado.
No el reino de la ideología.

El Reino de Dios permanece.
Los Baales de cada época caen.

Y el Libro de los Jueces, con su realismo crudo y su sabiduría teológica, nos recuerda que cuando Dios deja de ser Rey, nadie gana la libertad.

 

4. Las parábolas de los talentos: una clave decisiva

Jesús desmonta desde dentro del Evangelio cualquier intento de igualitarismo forzado. En las parábolas de los talentos (Mt 25,14–30) y de las minas (Lc 19,11–27), el Señor enseña que:

  • Dios da de manera diversa, “a cada uno según su capacidad” (Mt 25,15).
  • Cada persona responde personalmente por lo recibido (cf. Rom 14,12).
  • La iniciativa, el trabajo y la fecundidad son valorados (cf. Prov 14,23).
  • Hay juicio, mérito y consecuencias (cf. Mt 25,19; CIC 1038–1039).

El siervo condenado no es el que tiene menos, sino el que entierra el talento por miedo y pasividad. El Reino de Dios no premia la mediocridad ni elimina la responsabilidad personal. Una ideología que niega la libertad, el mérito y el juicio no puede apoyarse en estas parábolas sin violentarlas.

5. ¿Es herejía usar la Biblia para justificar el comunismo?

La herejía, en sentido técnico, es la negación obstinada de una verdad revelada (cf. CIC 2089). Sin embargo, usar la Biblia para legitimar una ideología que niega a Dios, la trascendencia y la ley moral natural constituye un grave abuso de la Palabra de Dios y una interpretación ideologizada que separa la Escritura de la Tradición y del Magisterio (cf. Dei Verbum, 10).

La historia demuestra que la Biblia mal usada ha servido para justificar esclavitud, violencia, totalitarismos… y también el comunismo. Por eso la advertencia pastoral es clara: con la Palabra de Dios no se juega (cf. Dt 4,2).

6. El Magisterio de la Iglesia: una enseñanza constante

El Magisterio ha sido coherente y firme. El comunismo marxista es incompatible con la fe cristiana, no solo por razones económicas, sino antropológicas y teológicas (cf. Pío XI, Divini Redemptoris, 1937):

  • niega a Dios y la religión,
  • reduce al hombre a lo material,
  • absolutiza el Estado o la colectividad,
  • justifica la violencia y la lucha de clases.

El socialismo ideológico, cuando comparte estos presupuestos, corre la misma suerte (cf. León XIII, Rerum Novarum; San Juan Pablo II, Centesimus Annus, 13).
La Iglesia nunca ha condenado la preocupación por los pobres; al contrario, la exige (cf. Mt 25,40). Lo que rechaza es la ideología que promete justicia negando la verdad sobre el ser humano.

7. La Doctrina Social de la Iglesia: justicia sí, ideología no

La Doctrina Social de la Iglesia afirma con claridad:

  • la dignidad del trabajador (cf. CIC 2427),
  • el salario justo (cf. CIC 2434),
  • la función social de la propiedad privada (cf. CIC 2403),
  • la opción preferencial por los pobres (cf. Sollicitudo Rei Socialis, 42).

Pero no es comunismo con citas bíblicas. Rechaza la lucha de clases, la supresión de la iniciativa personal, la absorción de la familia por el Estado y la negación de la ley moral objetiva.
La justicia cristiana no nace del resentimiento ni de la imposición, sino de la verdad y del amor (cf. Ef 4,15).

8. El Derecho Canónico y la coherencia de la fe

El Código de Derecho Canónico recuerda que los fieles están obligados a conservar la comunión con la doctrina de la Iglesia (cf. c. 209 §1) y a evitar la difusión de doctrinas contrarias a la fe (cf. c. 750; c. 1364).
Por eso, la adhesión pública y militante a ideologías incompatibles con el Evangelio no es un asunto privado, sino eclesial, porque afecta al testimonio cristiano y al bien común de la Iglesia.

9. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia”

Jesús no fundó un partido ni propuso un sistema económico. Anunció el Reino de Dios (cf. Mc 1,15). Ese Reino:

  • no se identifica con ningún proyecto político (cf. Jn 18,36),
  • no se impone por la fuerza,
  • no cae cuando cae un régimen.

Los sistemas humanos pasan. El Reino permanece (cf. Heb 12,28).

El cristiano vive bajo una Ley más alta: el amor de Dios (cf. Jn 13,34; Rom 13,10). Cuando una ideología pretende ocupar ese lugar, se convierte en ídolo (cf. Ex 20,3). Y los ídolos, tarde o temprano, caen.

No todo discurso sobre pobres es Evangelio.
No toda crítica al capitalismo es cristiana.
No toda cita bíblica está bien interpretada.

La fe no se alquila a ninguna ideología.
La Iglesia no se arrodilla ante ningún sistema.
El cristiano pertenece a Cristo (cf. 1 Cor 3,23).

La Palabra de Dios es sagrada. No es bandera de partido. Es luz para la conciencia y camino de salvación (cf. Sal 119,105).

Con la Palabra de Dios no se juega.
Se escucha, se acoge… y se vive.

 

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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