Comunión: vivir como familia de Dios
Frase guía: La comunión nace cuando dejamos que el Espíritu Santo una nuestras diferencias.
La comunión no es un concepto abstracto ni una intención bonita reservada para documentos eclesiales. Tiene carne y hueso. Tiene nombres, rostros y heridas. Se juega en la vida diaria de nuestras parroquias, comunidades, familias y grupos de servicio. La comunión brota cuando nos dejamos moldear por el Espíritu Santo, que es capaz de unir lo que para nosotros parece irreconciliable. Él convierte diferencias en riqueza, desacuerdos en caminos de crecimiento y fragilidades en oportunidades de misericordia.
La
Iglesia, desde sus primeros pasos, entendió que no podía vivir sin comunión. El
libro de los Hechos habla de los discípulos “reunidos en un mismo lugar”,
perseverando en la oración, compartiéndolo todo, sosteniéndose mutuamente. La
comunión no era un añadido; era el ambiente mismo del Evangelio, la manera
concreta de mostrar que Dios había comenzado algo nuevo entre ellos.
Hoy seguimos necesitando esa misma atmósfera espiritual para anunciar a Cristo
con verdad y alegría.
1. Comunión: un regalo que requiere una respuesta
La
comunión no es solamente un esfuerzo humano. Es un don. Pero un don que pide
apertura. Quien se encierra en su propia opinión, en su forma de ver la Iglesia
o en la nostalgia de cómo “siempre se han hecho las cosas”, termina apagando la
fuerza del Espíritu.
La comunión aparece cuando aceptamos que cada hermano, con su modo de ser, es
parte del cuerpo de Cristo. Que nadie sobra. Que todos aportan. Que el Espíritu
distribuye sus dones como quiere, y que no hay competencia posible entre
quienes nacen del mismo Bautismo.
La comunión exige humildad para reconocer que no lo sabemos todo, que no lo hacemos todo, y que no tenemos que ganarlo todo. Exige también fortaleza para perseverar en la unidad cuando surgen tensiones, y paciencia para caminar al ritmo de los demás. Nada más cristiano que esta combinación de firmeza y ternura.
2. Comunión: un camino donde aprendemos a mirarnos distinto
La comunión nos educa en un arte delicado: mirar al prójimo como Dios lo mira. Cuando el corazón se abre, desaparece la obsesión por tener razón y nace la alegría por hacer el bien. Cada uno entiende que la Iglesia no es un escenario donde lucir talentos, sino un hogar donde cada carisma sirve para levantar al otro.
En la práctica, vivir la comunión significa escuchar antes de juzgar; sanar antes de señalar; corregir sin humillar; animar sin manipular; acompañar sin imponer. La comunión no es ingenuidad romántica: es un acto maduro de fe en la acción de Dios. Es creer que los conflictos pueden ser resueltos con amor, que las heridas pueden sanar y que la diversidad, bien vivida, es fuerza.
3. Comunión: el estilo de una Iglesia que camina unida
La
Iglesia crece cuando camina junta. Las parroquias florecen cuando cada grupo,
cada ministerio y cada servicio entiende que no son islas, sino parte del mismo
cuerpo.
Una comunidad dividida se debilita. Una comunidad unida evangeliza sin
esfuerzo, porque la unidad tiene un poder que toca incluso a quien no cree.
Jesús lo dijo con claridad: “Que sean uno, para que el mundo crea”. La comunión
es el argumento más convincente del Evangelio.
La comunión también se vive en la corresponsabilidad: nadie lo hace todo, todos hacemos algo. La misión es de todos. Cuando un servidor se agota, alguien más lo sostiene. Cuando uno celebra un triunfo espiritual, toda la comunidad se alegra. Cuando alguien tropieza, todos lo levantan. Así vive una familia. Así vive una Iglesia que confía en el Espíritu.
4. Comunión: un desafío para este tiempo
Vivimos en un mundo donde cada uno se encierra en su burbuja. El espíritu de división gana terreno: ideologías, polarizaciones, juicios rápidos, heridas antiguas. Es fácil caer en esa lógica. Pero los discípulos de Cristo estamos llamados a otro estilo. Cristo nos pide ser constructores de puentes, personas capaces de unir donde otros separan.
La comunión, entonces, es un acto contracultural. Es una manera de decirle al mundo: sí, es posible convivir amándonos, aunque pensemos distinto; sí, es posible servir sin rivalidad; sí, es posible dejarnos conducir por el Espíritu, que hace nuevas todas las cosas.
5. Pensar – Sentir – Actuar
Pensar la comunión es reconocer que no se trata de gustos, sino de la voluntad de Dios para su Iglesia; sentir la comunión es dejar que el Espíritu Santo ensanche el corazón y cure nuestras resistencias interiores; actuar en comunión es dar pasos concretos: reconciliarse con quien hemos tenido tensiones, servir sin protagonismos, escuchar con más profundidad y evitar conversaciones que dividen. La comunión se construye día a día, con gestos sencillos y perseverancia humilde.
6. El Espíritu Santo, arquitecto de la unidad
La
comunión no se improvisa. Se pide, se cuida, se practica. Es tarea y regalo. Es
gracia y compromiso.
La frase guía nos lo recuerda con claridad y verdad: la comunión nace cuando
dejamos que el Espíritu Santo una nuestras diferencias.
Una parroquia que vive así se convierte en un signo luminoso del Reino: un lugar donde se respira paz, donde todos encuentran su sitio, donde el Evangelio se hace carne y donde la familia de Dios crece, madura y se fortalece.
Esta es la comunión que transforma vidas. Esta es la comunión que el Señor sueña para nosotros.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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