Castidad: amar con pureza y libertad interior
La castidad no reprime el amor, lo purifica.
La castidad es una virtud que suele malinterpretarse. Algunos la imaginan como una negación, una renuncia seca o un “no” constante al corazón. Sin embargo, cuando la Iglesia habla de castidad, habla de una forma madura y luminosa de amar. No se trata de apagar afectos, sino de aprender a dirigirlos; no es reprimir deseos, sino ordenarlos; no es huir del amor, sino purificarlo para que sea verdadero, libre y fecundo. La castidad es una virtud humana, moral, alcanzable para quien decide tomarse en serio la belleza del amor.
Desde la Sagrada Escritura, el amor humano aparece siempre como don de Dios que requiere responsabilidad. Jesús mismo eleva la mirada del discípulo enseñando que la pureza nace dentro, en el corazón que sabe ver a los demás como hermanos, no como objetos. La castidad es, entonces, la capacidad de mirar al otro sin utilizarlo, sin confundir cariño con posesión, sin someter los vínculos a impulsos pasajeros. Es una fuerza interior que pone al amor en su verdad.
La Iglesia explica que la castidad integra la sexualidad en la persona, no como algo aislado o clandestino, sino como parte de un proyecto mayor: la capacidad de amar con libertad interior. Quien vive la castidad no se siente encadenado, al contrario, experimenta una libertad más grande: no está dominado por impulsos ni esclavizado por emociones desordenadas. La castidad educa el corazón para amar sin confusión, sin egoísmo y sin manipulación. Es una escuela de paciencia, de respeto y de autenticidad.
En un mundo que exalta lo inmediato y reduce la intimidad a consumo, esta virtud aparece como un acto de rebeldía sana y profundamente humana. La castidad enseña a valorar el cuerpo propio y ajeno con dignidad; invita a no banalizar lo sagrado que es el amor; recuerda que el corazón humano —sediento de entrega y de eternidad— no puede llenarse con lo efímero ni con lo superficial. La castidad no es para pocos “perfectos”, es un camino para todos: jóvenes que buscan claridad, novios que se preparan para el matrimonio, esposos que desean fortalecer su alianza, consagrados que viven la entrega radical, y también quienes, en su situación concreta, buscan ordenar y sanar afectos.
El amor casto nunca anula la pasión, la transforma. Conduce a un amor más estable, más fiel, más humano. Abre espacio al diálogo, a la ternura, a la paciencia y a la acogida. Un corazón casto puede mirar a los demás sin miedo, sin doble intención, sin heridas que se repiten. La castidad permite amar sin ansiedad, sin control, sin la necesidad de poseer para sentirse seguro. Purifica para entregar, no para retener; para acompañar, no para dominar.
Vivir esta virtud requiere lucha interior, pero no una lucha solitaria. Se sostiene con la oración, con la sinceridad ante Dios, con una vida sacramental que ilumina decisiones, con amistades sanas que levantan el ánimo, con hábitos que fortalecen la voluntad. La castidad no se improvisa. Se cultiva, crece y madura. Y cuando madura, embellece todo lo que toca.
El cristiano casto es alguien que ha descubierto que el amor auténtico siempre quiere lo mejor para el otro. Sabe esperar, sabe cuidar, sabe renunciar cuando es necesario. Reconoce que el cuerpo expresa lo que el corazón decide. Y de esa unidad nace un amor fuerte, limpio y capaz de construir.
La castidad no reprime el amor, lo purifica, porque lo hace transparente como un río que corre sin mezclarse con barro; lo eleva, lo ordena y lo vuelve fecundo. Vivir esta virtud es un acto profundo de libertad: elegir el bien del otro por encima de los impulsos propios. Y en esa libertad interior, el corazón se ensancha y aprende a amar de verdad.
La castidad, vivida en cada estado de vida, es un puente hacia un amor más grande. Es una invitación a descubrir que amar es siempre un don, y que ese don se cuida con la verdad, con la pureza del corazón y con la alegría serena de quien sabe que el amor, cuando es auténtico, siempre conduce a Dios.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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