Sábado 10 de enero. Caminar en la verdad que da vida
La Palabra de Dios de este día nos introduce con serenidad y firmeza en una verdad decisiva para la vida cristiana: Dios escucha, Dios da vida, y Dios conduce la historia hacia un futuro de esperanza. No se trata de una promesa abstracta ni de un consuelo pasajero, sino de una certeza fundada en Jesucristo, el Hijo de Dios, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
La primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 5,14-21) nos ofrece una enseñanza profundamente pastoral y realista. San Juan habla a comunidades concretas, con luchas reales, tentaciones y cansancios. Y lo hace recordando algo esencial: la confianza filial. “Esta es la confianza que tenemos en Él: que si le pedimos algo conforme a su voluntad, nos escucha”. No es una confianza ingenua, sino una fe madura, forjada en la experiencia del amor fiel de Dios.
El apóstol nos invita a orar con responsabilidad, incluso intercediendo por el hermano que cae, sin perder nunca la esperanza. Aquí resuena la Tradición viva de la Iglesia, que siempre ha entendido la oración como un acto de comunión y caridad. Los Padres de la Iglesia insistían en que nadie se salva solo. San Agustín recordaba que la oración por el hermano es una forma concreta de amar como Cristo ama. La esperanza cristiana no excluye a nadie; al contrario, abre caminos de conversión y de vida nueva.
El Salmo 149 proclama con gozo: “El Señor es amigo de su pueblo”. Esta expresión no es poética en sentido superficial, sino teológica en lo más hondo. Dios no gobierna desde la distancia; camina con su pueblo, lo corrige, lo levanta y lo sostiene. En un mundo herido por la desconfianza, la violencia y el miedo al futuro, esta afirmación es una verdadera noticia de salvación: no estamos solos, no somos abandonados, no caminamos a ciegas.
El Evangelio según san Juan (Jn 3,22-30) nos presenta una de las escenas más luminosas y humildes del Nuevo Testamento. Juan el Bautista, ante el crecimiento de Jesús, pronuncia palabras que deberían acompañar siempre la vida del creyente: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”. Aquí no hay frustración ni derrota, sino alegría cumplida. Juan entiende su misión, acepta su lugar y se alegra de que el Esposo haya llegado.
Desde la exégesis y la teología espiritual, este pasaje es clave para comprender el verdadero discipulado. El futuro no se construye desde el protagonismo personal, sino desde la fidelidad a la verdad. Juan no se aferra al pasado ni compite con Cristo; se alegra porque la luz ha llegado. Esta actitud es profundamente actual: solo cuando Cristo ocupa el centro, la vida encuentra su equilibrio y su dirección.
La memoria de San Aldo, santo de vida sencilla y escondida, refuerza este mensaje. San Aldo eligió el silencio, la oración y la fidelidad cotidiana como camino de santidad. Su testimonio recuerda que la esperanza cristiana no siempre se construye en lo visible o espectacular, sino en la perseverancia humilde, en la coherencia diaria y en la confianza puesta totalmente en Dios.
Mirando hacia el futuro, esta Palabra nos anima a vivir con serenidad y decisión. El cristiano no ignora las dificultades del mundo, pero tampoco se deja paralizar por ellas. Sabe a quién ha confiado su vida. Sabe que Dios escucha, que Cristo crece en quienes le abren el corazón, y que el Espíritu Santo sigue actuando en la historia.
Hoy la Iglesia nos invita a custodiar la fe verdadera, a no caer en ídolos modernos que prometen mucho y entregan poco, y a permanecer en Aquel que es la Vida eterna. El futuro no se teme: se prepara con oración, humildad y fidelidad. Y en ese camino, el Señor sigue siendo —ayer, hoy y siempre— amigo de su pueblo.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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