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ENE
2026

Caminar en la luz, creer en el amor, anunciar el Reino



 

Lunes 5 de enero.
Caminar en la luz, creer en el amor, anunciar el Reino

La liturgia de este día nos sitúa en un momento decisivo del tiempo de Navidad: la luz ya ha brillado, Cristo ha sido manifestado, y ahora la Iglesia nos invita a vivir de lo que hemos contemplado. No se trata de una emoción pasajera, sino de una forma nueva de existir, fundada en la verdad, el amor y la misión.

Las lecturas de hoy trazan un itinerario espiritual muy claro: permanecer en Dios, discernir los espíritus y convertirnos para anunciar el Reino. Todo ello con una mirada confiada hacia el futuro, porque Dios ya está actuando.

Permanecer en Dios: obediencia que da vida

(1 Jn 3,22–4,6)

San Juan, el teólogo del amor, nos recuerda una verdad esencial: “Permanecer en Dios” no es una idea abstracta, sino una experiencia concreta que se vive en la fe en Jesucristo y en el amor fraterno. El apóstol es claro: quien guarda los mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él.

La Tradición de la Iglesia siempre ha entendido esta permanencia como una amistad viva, una comunión que transforma la vida. San Agustín decía que Dios no se aleja nunca del hombre; es el hombre quien se distrae. Por eso, permanecer es volver una y otra vez al centro, a Cristo.

San Juan introduce también un llamado urgente al discernimiento: “No crean a cualquier espíritu”. La fe cristiana no es ingenua. El Magisterio ha insistido siempre en la necesidad de unir fe y razón, oración y prudencia, experiencia espiritual y verdad revelada. El criterio es claro: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios. Allí donde se diluye a Cristo, donde se relativiza su encarnación, su cruz o su resurrección, no hay futuro auténtico.

Este discernimiento es una forma de esperanza responsable: no todo lo que promete felicidad la ofrece realmente.

El Hijo que recibe las naciones

(Salmo 2: “Yo te daré en herencia las naciones”)

El salmo responsorial nos sitúa en una perspectiva universal. Dios promete al Mesías las naciones como herencia. No es un dominio político, sino una misión de salvación. La Iglesia ha leído este salmo como anuncio profético de Cristo Rey, cuyo reinado se funda en la verdad y el amor.

En un mundo fragmentado, este salmo proclama que la historia no está perdida ni a la deriva. Hay un designio, hay una promesa, hay una herencia. Cristo no abandona a los pueblos; los reclama para la vida plena.

Aquí nace una esperanza sólida: las naciones no pertenecen al caos ni a la violencia, sino a Dios.

Convertíos, porque el Reino está cerca

(Mt 4,12-17.23-25)

El Evangelio nos presenta el inicio de la vida pública de Jesús. Mateo subraya un detalle decisivo: Jesús comienza su misión en Galilea, tierra mestiza, periferia religiosa y cultural. Allí, donde muchos no esperaban nada, brilla una gran luz.

El anuncio es directo y siempre actual: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. La conversión no es miedo ni culpa paralizante; es cambio de dirección, apertura a un futuro distinto. El Reino no es una idea lejana: está cerca, al alcance de quien escucha y responde.

Jesús no se encierra. Recorre ciudades y aldeas, enseña, cura, libera. La fe cristiana, como recuerda el Papa en continuidad con la Tradición, no se vive encerrada en sí misma. Una Iglesia que cree, camina. Una Iglesia que ama, sale.

Testigo de esperanza: San Juan Neumann

La memoria de san Juan Neumann ilumina de modo especial esta jornada. Obispo, misionero y pastor incansable, comprendió que anunciar el Evangelio exige cercanía, formación y caridad concreta. Fundó escuelas, organizó parroquias, acompañó a los migrantes y nunca perdió la esperanza, aun en medio de enormes dificultades.

Su vida nos recuerda que el futuro de la Iglesia se construye con fidelidad cotidiana, con amor al pueblo concreto y con confianza absoluta en Dios. No hizo cosas extraordinarias; vivió el Evangelio de manera extraordinariamente fiel.

 

Una esperanza que se traduce en vida

Las lecturas de hoy nos invitan a una síntesis profunda y práctica:

Creer en Jesucristo con toda la mente y el corazón, permanecer en Dios mediante el amor concreto y el discernimiento serio, convertirnos cada día para dejar que el Reino crezca en nosotros y, como san Juan Neumann, asumir con serenidad y valentía la misión que se nos confía hoy. La esperanza cristiana no es evasión ni espera pasiva; es confianza activa en que Dios sigue obrando y nos quiere colaboradores de su obra.

Caminar en la luz es posible. El Reino está cerca. El futuro, con Dios, tiene sentido.


Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.

Vicario parroquial.

 


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