Serie:
“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”
Artículo N.º 21
Lumen Gentium – Capítulo II
El Pueblo de Dios
“Un solo pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
“Ustedes son linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios para anunciar las maravillas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.” (1 Pedro 2,9)
Uno de los capítulos más hermosos y renovadores de Lumen Gentium es el dedicado al Pueblo de Dios.
Durante siglos, muchos fieles identificaban la Iglesia principalmente con sus pastores: el Papa, los obispos y los sacerdotes. Sin negar la importancia fundamental del ministerio jerárquico, el Concilio quiso recordar una verdad esencial:
Todos los bautizados formamos parte del Pueblo de Dios.
La Iglesia no es solamente la jerarquía.
La Iglesia somos todos los que hemos sido incorporados a Cristo por el Bautismo.
Esta enseñanza nos ayuda a comprender mejor nuestra dignidad, nuestra responsabilidad y nuestra misión dentro de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II quiso recuperar una imagen bíblica muy querida por la Sagrada Escritura:
El Pueblo de Dios
Esta expresión aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento para designar al pueblo elegido por Dios.
Israel fue convocado para vivir la Alianza y dar testimonio del único Dios verdadero.
Con la venida de Cristo, esta elección alcanza su plenitud.
Ahora Dios convoca a hombres y mujeres de todas las naciones para formar un nuevo Pueblo, unido no por vínculos de sangre, lengua o cultura, sino por la fe y el Bautismo.
Dios quiso salvarnos formando un pueblo
Lumen Gentium enseña una verdad profunda:
Dios no quiso salvar a los hombres de manera aislada.
Quiso reunirlos en una familia espiritual.
Por eso la Iglesia no es simplemente una suma de individuos creyentes.
Es una verdadera comunidad de salvación.
Cada cristiano está unido a Cristo y, al mismo tiempo, a todos los demás miembros de la Iglesia.
La fe cristiana nunca es individualista.
Siempre tiene una dimensión comunitaria.
El Bautismo nos incorpora al Pueblo de Dios
La puerta de entrada a este Pueblo es el Bautismo.
Por el Bautismo:
No se trata simplemente de un rito de iniciación.
Es un verdadero nuevo nacimiento.
Por eso todo bautizado posee una dignidad extraordinaria.
La igualdad fundamental de todos los bautizados
Uno de los aspectos más importantes de este capítulo es la afirmación de la igualdad fundamental de todos los fieles.
Aunque existen diversos ministerios y vocaciones, todos comparten la misma dignidad bautismal.
Todos son llamados:
Nadie es cristiano de segunda categoría.
Ante Dios, todos hemos recibido la misma llamada a la vida eterna.
El sacerdocio común de los fieles
El Concilio recuerda que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo.
Esto se conoce como:
Sacerdocio común de los fieles
No es idéntico al sacerdocio ministerial recibido por los sacerdotes mediante el sacramento del Orden.
Sin embargo, permite a los fieles:
Cada cristiano está llamado a convertir su existencia cotidiana en una ofrenda agradable al Señor.
Un pueblo profético
Cristo es Profeta.
Y la Iglesia participa de esta misión.
Todo bautizado está llamado a anunciar la verdad del Evangelio.
Esto implica:
Por ello la formación doctrinal no es un lujo reservado a especialistas.
Es una necesidad para todo cristiano.
Un pueblo real
Cristo es Rey.
Pero su realeza se manifiesta mediante el servicio.
Por eso los cristianos participan de la misión real de Cristo cuando:
La verdadera grandeza cristiana consiste en servir.
La universalidad del Pueblo de Dios
La Iglesia es católica.
La palabra "católica" significa:
Universal
El Pueblo de Dios está abierto a todos.
No existen fronteras de:
La Iglesia abraza a todos los pueblos porque Cristo murió y resucitó por toda la humanidad.
Lumen Gentium expresa un profundo deseo de unidad.
Aunque subsisten divisiones entre los cristianos, todos los bautizados están llamados a caminar hacia la plena comunión querida por Cristo.
Por ello la Iglesia promueve:
La unidad es un don de Dios y una tarea permanente.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
“Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituyendo un pueblo que le conociera según la verdad y le sirviera santamente.”
(CEC 781)
Asimismo, San Juan Pablo II enseñó que la Iglesia es una comunión de personas unidas por la misma fe y el mismo Espíritu.
Por su parte, Benedicto XVI recordó que ser cristiano significa entrar en una gran familia que atraviesa los siglos y las fronteras.
Este capítulo nos invita a reflexionar:
Ser parte del Pueblo de Dios es una gracia inmensa, pero también una responsabilidad.
Defensa de la fe
Error frecuente
“Yo creo en Dios, pero no necesito la Iglesia.”
Respuesta católica
Cristo quiso salvarnos formando un Pueblo. La fe cristiana no es solamente una relación individual con Dios. El Señor fundó la Iglesia para que sus hijos vivieran en comunión, recibieran los sacramentos y crecieran juntos en la fe. Amar a Cristo implica también amar a su Iglesia.
Propósito para hoy
Daré gracias a Dios por mi Bautismo y rezaré por todos los miembros del Pueblo de Dios, especialmente por quienes se han alejado de la Iglesia.
Oración final
Padre celestial, te damos gracias porque nos has llamado a formar parte de tu Pueblo Santo. Ayúdanos a vivir con fidelidad nuestra vocación bautismal, a crecer en comunión con nuestros hermanos y a anunciar con alegría el Evangelio de Jesucristo. Haz que caminemos unidos hacia la santidad y permanezcamos siempre fieles a tu Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
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