28
MAY
2026

Artículo N.º 2 San Juan XXIII y el llamado del Espíritu Santo



Serie:

“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”

Artículo N.º 2

San Juan XXIII y el llamado del Espíritu Santo

“Abrir las ventanas de la Iglesia para que entre aire nuevo”

“No apaguen la acción del Espíritu Santo.”
(1 Tesalonicenses 5,19)

La historia de la Iglesia está llena de momentos en los que Dios suscita hombres santos para conducir a su pueblo en tiempos difíciles. Uno de esos momentos providenciales ocurrió en el siglo XX con la elección de San Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II.

Muchos pensaban que sería un pontífice de transición. Sin embargo, el Espíritu Santo tenía preparado algo mucho más grande para la Iglesia y para el mundo.

San Juan XXIII comprendió que la humanidad atravesaba profundos cambios culturales, sociales y espirituales, y que la Iglesia debía anunciar el Evangelio con renovado ardor, sin cambiar la verdad eterna de Cristo.

Este artículo nos ayudará a comprender que el Concilio Vaticano II nació primero en el corazón de un pastor humilde, profundamente enamorado de Dios, de la Iglesia y de la humanidad.

¿Quién fue San Juan XXIII?

San Juan XXIII nació en Italia el 25 de noviembre de 1881 con el nombre de Angelo Giuseppe Roncalli.

Provenía de una familia campesina sencilla y profundamente cristiana. Desde pequeño aprendió:

  • el valor de la oración,
  • la humildad,
  • el sacrificio,
  • el amor a la Iglesia,
  • y la confianza en la providencia de Dios.

Fue sacerdote, obispo, diplomático y patriarca de Venecia antes de ser elegido Papa el 28 de octubre de 1958.

Su estilo cercano, paternal y profundamente humano conquistó rápidamente el corazón de millones de personas.

Pero detrás de su sencillez existía una profunda vida espiritual y una gran claridad pastoral.

Un mundo que necesitaba esperanza

El Papa observaba con preocupación los grandes problemas del mundo moderno:

  • guerras,
  • persecuciones,
  • pobreza,
  • ideologías ateas,
  • materialismo,
  • división entre los cristianos,
  • pérdida del sentido de Dios,
  • y un creciente alejamiento de la fe.

Muchos hombres y mujeres vivían confundidos, heridos y sin esperanza.

La Iglesia comprendía que no podía encerrarse en sí misma. Debía salir al encuentro del mundo para anunciar nuevamente la luz de Cristo.

No para adaptarse al pecado o relativizar la verdad, sino para iluminar la oscuridad con el Evangelio.

La inspiración del Espíritu Santo

El 25 de enero de 1959, durante una reunión en la Basílica de Basílica de San Pablo Extramuros, San Juan XXIII anunció inesperadamente la convocatoria de un nuevo concilio ecuménico.

Muchos quedaron sorprendidos.

Algunos pensaban:

  • “¿Para qué un nuevo concilio?”
  • “¿No está ya definida la doctrina?”
  • “¿Qué necesidad hay de reunir nuevamente a toda la Iglesia?”

Pero el Papa sentía interiormente una inspiración profunda del Espíritu Santo.

Él mismo llegó a describir aquella idea como una “flor espontánea de inesperada primavera”.

No buscaba cambiar la fe.
Buscaba renovar el ardor espiritual de la Iglesia.

¿Qué quería realmente San Juan XXIII?

El Papa deseaba:

  • una Iglesia más cercana al ser humano,
  • más consciente de su misión evangelizadora,
  • más profundamente unida a Cristo,
  • más viva espiritualmente,
  • y más comprometida con la santidad.

Quería que el mundo redescubriera la belleza del Evangelio.

Por eso hablaba de:

“aggiornamento”

Esta palabra italiana significa:

  • actualización,
  • puesta al día,
  • renovación pastoral.

Pero es muy importante comprender algo:
San Juan XXIII nunca quiso cambiar la doctrina católica.

La verdad revelada por Cristo no cambia.

Lo que debía renovarse era:

  • el modo de anunciarla,
  • el lenguaje pastoral,
  • la formación de los fieles,
  • y el impulso misionero de la Iglesia.

“Abrir las ventanas”

Una de las expresiones más conocidas asociadas a San Juan XXIII fue:

“Abrir las ventanas de la Iglesia”.

Con esta imagen quería expresar que la Iglesia debía dejar entrar nuevamente el aire fresco del Espíritu Santo.

No se trataba de secularizar la Iglesia.
No se trataba de mundanizar el Evangelio.

Se trataba de permitir que la gracia de Dios renovara:

  • los corazones,
  • la pastoral,
  • la evangelización,
  • y la vida espiritual de los fieles.

La Iglesia debía seguir siendo fiel a Cristo, pero anunciándolo con renovada fuerza al mundo contemporáneo.

El verdadero centro del Concilio: Jesucristo

Desde el inicio, San Juan XXIII dejó claro que el centro del Concilio debía ser Jesucristo.

No la política.
No las ideologías.
No el poder humano.

Cristo debía ocupar nuevamente el centro de la vida de la Iglesia.

Por eso el Concilio insistirá posteriormente en:

  • la santidad,
  • la liturgia,
  • la Palabra de Dios,
  • la vocación de los laicos,
  • la misión evangelizadora,
  • y la dignidad del Bautismo.

Todo nace de Cristo y conduce a Cristo.

El Bautismo: misión y responsabilidad

Uno de los grandes frutos espirituales del Concilio será recordar que todos los bautizados somos responsables de la misión de la Iglesia.

Por el Bautismo:

  • pertenecemos a Cristo,
  • somos miembros del Pueblo de Dios,
  • participamos de la misión evangelizadora,
  • y estamos llamados a la santidad.

Muchos creyentes vivían una fe pasiva:
“el sacerdote hace todo”.

Pero el Concilio recordará que:

  • el padre de familia evangeliza,
  • la madre evangeliza,
  • el joven evangeliza,
  • el profesional evangeliza,
  • el maestro evangeliza,
  • el enfermo también evangeliza ofreciendo su dolor unido a Cristo.

Todos somos servidores del Evangelio.

La santidad no es para unos pocos

San Juan XXIII comprendía algo fundamental:
la mayor necesidad del mundo no era solamente económica o política.

La mayor necesidad del mundo era la santidad.

Por eso el Concilio insistirá posteriormente en el llamado universal a la santidad.

Dios no llama solamente a unos pocos privilegiados.

Todo bautizado está llamado a:

  • vivir en gracia,
  • amar a Dios,
  • defender la verdad,
  • perseverar en la fe,
  • y caminar hacia el cielo.

Amar más a la Iglesia

Conocer la historia del Concilio nos ayuda a amar más profundamente a la Iglesia.

La Iglesia no es una organización humana cualquiera.

Ella es:

  • Cuerpo de Cristo,
  • Pueblo de Dios,
  • sacramento universal de salvación,
  • y madre espiritual que nos conduce hacia la vida eterna.

A lo largo de la historia, el Espíritu Santo nunca abandona a la Iglesia.

Incluso en medio de las crisis, Dios sigue levantando santos, pastores y testigos fieles que recuerdan al mundo que Cristo está vivo.

Tres mensajes de hoy

  1. El Concilio Vaticano II nació de un profundo deseo de renovación espiritual y evangelizadora inspirado por el Espíritu Santo.
  2. San Juan XXIII no quiso cambiar la fe católica, sino anunciarla con nuevo ardor al mundo contemporáneo.
  3. Todos los bautizados estamos llamados a vivir activamente nuestra misión dentro de la Iglesia y caminar hacia la santidad.

Pensar, sentir y actuar

Hoy el Señor nos invita a redescubrir nuestra identidad bautismal y nuestra responsabilidad dentro de la Iglesia. No podemos vivir una fe cómoda, superficial o indiferente. Cristo nos llama a ser discípulos fieles, hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo, capaces de custodiar la verdad, amar profundamente a la Iglesia y anunciar el Evangelio con valentía en medio del mundo actual.

Propósito para hoy

Hoy rezaré por la Iglesia, por el Papa y por todos los bautizados, pidiendo la gracia de vivir con fidelidad mi vocación cristiana.

Oración final

Señor Jesús, gracias por el don de tu Iglesia. Gracias por los pastores santos que has regalado a tu pueblo a lo largo de la historia. Renueva nuestros corazones con la fuerza del Espíritu Santo para vivir con fidelidad nuestro Bautismo, amar profundamente a la Iglesia y permanecer firmes en la fe hasta el final. Amén.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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