Miércoles
7 de enero de 2026
Dios nos amó primero: caminar hacia el futuro sin miedo
La Palabra de Dios de este día nos conduce al corazón mismo de la fe cristiana: el amor que viene de Dios y nos impulsa hacia adelante, incluso cuando el camino parece incierto. No se trata de un sentimiento pasajero ni de un optimismo ingenuo, sino de una certeza teologal que sostiene la historia personal y comunitaria del creyente.
San Juan, en su primera carta, afirma con claridad desarmante: “Queridos hermanos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios” (1 Jn 4,11). El apóstol no propone una teoría, sino una experiencia vivida. Para la Iglesia primitiva, amar no era una consigna moral, sino la consecuencia lógica de haber sido alcanzados por el amor primero de Dios. Este amor no elimina las dificultades, pero las atraviesa y las transforma.
La Tradición de la Iglesia, desde los Padres hasta el Magisterio actual, ha insistido en este punto esencial: el cristianismo no comienza con un mandato ético, sino con un encuentro. San Agustín lo expresaba con fuerza al recordar que solo ama verdaderamente quien se sabe amado por Dios. Por eso, San Juan añade una afirmación decisiva para nuestra vida concreta: “En el amor no hay temor; el amor perfecto expulsa el temor” (1 Jn 4,18). El miedo paraliza; el amor, en cambio, abre futuro.
Este mensaje se une de manera profunda con el Evangelio según san Marcos. Los discípulos están en la barca, de noche, remando con dificultad, mientras el viento les es contrario (Mc 6,45-52). Es una escena realista y profundamente humana. No hay milagro inmediato, no hay solución mágica. Hay cansancio, oscuridad y resistencia. En ese contexto, Jesús se acerca caminando sobre el mar. No llega para reprochar, sino para sostener. Su palabra es breve y decisiva: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”.
La exégesis nos ayuda a comprender que ese “soy yo” evoca el nombre mismo de Dios, revelado como presencia fiel en medio de la prueba. Jesús no promete que el viento desaparecerá de inmediato; promete algo más hondo: su cercanía. Y cuando Él sube a la barca, el miedo cede y el camino se reorienta. La fe, entonces, no consiste en evitar las noches, sino en reconocer a Cristo presente en ellas.
El Salmo responsorial amplía el horizonte: “Que te adoren, Señor, todos los pueblos”. La experiencia del amor de Dios no encierra, sino que envía. Un creyente que vive sin miedo se convierte en testigo creíble. La esperanza cristiana no es intimista; es misionera. Mira hacia el futuro con responsabilidad, con confianza y con compromiso.
En este inicio del año, la Palabra nos invita a revisar nuestras actitudes más profundas. ¿Desde dónde caminamos: desde el temor o desde el amor recibido? ¿Desde la autosuficiencia o desde la confianza en un Dios que se acerca incluso cuando la barca parece avanzar con dificultad?
La Iglesia, fiel a su Señor, sigue remando en medio de los desafíos del mundo actual. No lo hace por ingenuidad, sino por fe. Sabe que el amor de Dios ya ha sido derramado, que Cristo sigue saliendo al encuentro y que el futuro no está en manos del miedo, sino de la esperanza.
Vivir este día desde la Palabra es una invitación concreta: dejarnos amar por Dios, expulsar los temores que nos paralizan y avanzar con serenidad. El amor recibido hoy es la fuerza que construye el mañana.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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