I. Virtudes Teologales: El alma del cristiano
Amar
hasta el extremo: la caridad, camino de perfección cristiana.
Amar
como Cristo amó: sin medida, sin condiciones, sin cansancio.
Virtud Teologal
La caridad es la virtud teologal que corona todas las demás, porque nos hace amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él. San Pablo lo expresa con fuerza en su primera carta a los Corintios: “Si no tengo amor, nada soy” (1 Cor 13, 2). Amar hasta el extremo —como lo hizo Cristo al entregar su vida en la cruz— no es un sentimiento pasajero, sino una decisión constante que transforma el corazón, purifica la intención y hace fecunda la fe. La caridad es la forma más alta de unión con Dios, porque en ella el alma participa de la misma vida divina.
En el Evangelio, Jesús nos revela el verdadero rostro del amor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Él amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1), sin pedir nada a cambio, sin cansarse de perdonar, sin temer la entrega total. Amar como Cristo amó significa vivir con un corazón abierto, capaz de compadecerse del sufrimiento ajeno, de alegrarse con la alegría de los demás, y de construir puentes donde otros levantan muros. La caridad convierte la vida ordinaria en ofrenda, la indiferencia en servicio, y la soledad en comunión.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “la caridad anima y da forma a todas las virtudes” (CEC 1827). No hay auténtica santidad sin amor, ni perfección cristiana sin una caridad viva que se manifieste en obras concretas. Por eso, los santos no fueron personas sin defectos, sino corazones inflamados por el amor de Dios. San Juan de la Cruz lo resumió con una frase luminosa: “Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor.”
Amar hasta el extremo es también una misión comunitaria. La familia cristiana, la parroquia, la sociedad entera están llamadas a ser espacios donde se viva la caridad como ley del Reino. Amar sin medida significa cuidar la vida desde su inicio hasta su fin natural, defender la justicia, consolar al que sufre, perdonar al que hiere y compartir con quien nada tiene. La caridad es el rostro visible de Dios en medio del mundo.
Pensar: El amor es el sello divino que da sentido a todo lo que somos y
hacemos.
Sentir: Que el Espíritu Santo inflame nuestro corazón con un amor semejante al
de Cristo, capaz de entregarse sin esperar recompensa.
Actuar: Vive hoy la caridad en lo pequeño: ofrece tu tiempo, escucha al que
sufre, comparte con alegría, perdona sin condiciones y ama con perseverancia,
porque sólo quien ama hasta el extremo vive verdaderamente en Dios.
Libros consultados para la redacción del artículo:
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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