15
NOV
2025

ALEGRÍA CRISTIANA: EL ROSTRO LUMINOSO DE LA FE



ALEGRÍA CRISTIANA: EL ROSTRO LUMINOSO DE LA FE
La alegría no depende de lo que pasa fuera, sino de lo que vive dentro.
Humana

La alegría cristiana no es un adorno emocional ni un simple optimismo pasajero. Es un modo de estar en el mundo que brota del corazón que se sabe amado por Dios. Cuando la Iglesia habla de alegría, no está pensando en carcajadas fáciles ni en un ánimo siempre perfecto; está hablando de esa luz interior que nace cuando una persona descubre que su vida tiene un sentido, que está sostenida por la misericordia y que camina acompañada por un Dios que nunca abandona. Esta alegría es una gracia, pero también es una decisión: nace de la fe, se alimenta en la esperanza y se concreta en la caridad. Por eso un cristiano puede atravesar pruebas, dolores y noches difíciles sin perder la serenidad profunda. No porque no duela, sino porque dentro arde un fuego que nada ni nadie puede apagar. Ese fuego es Cristo.


La Sagrada Escritura insiste en esta alegría que brota de lo alto. El profeta Nehemías lo dice sin rodeos: “El gozo del Señor es nuestra fortaleza”. Jesús mismo, antes de su pasión, ora al Padre para que sus discípulos “tengan en sí mismos su alegría en plenitud”. No se trata de ingenuidad, sino de una fuerza interior que sostiene, un modo de vivir que reconoce que Dios tiene la última palabra. Los apóstoles lo entendieron bien: incluso perseguidos o incomprendidos, mantenían un brillo en los ojos que no venía del mundo, sino del encuentro con el Resucitado. Esa misma experiencia sigue siendo posible hoy para quien se deja alcanzar por Él.


La tradición de la Iglesia ha visto siempre esta alegría como un fruto del Espíritu Santo. San Agustín decía que el corazón humano está inquieto hasta descansar en Dios; cuando reposa en Él, aparece una alegría apacible, firme, que no depende del estado de ánimo ni de los cambios del día. Santa Teresa de Jesús, con su sabiduría desbordante, aconsejaba a sus hermanas evitar la tristeza espiritual porque “un santo triste es un triste santo”. No era una frase ligera; era una invitación a recordar que, aun en medio de cruz, hay un resplandor que brota del alma entregada. La tristeza que paraliza no viene de Dios; en cambio, la alegría que fortalece sí.


En la vida diaria esta alegría se traduce en gestos sencillos: una mirada amable, una palabra oportuna, un servicio hecho sin quejarse, una paciencia que no se derrumba ante el cansancio. Cuando un cristiano vive así, su sola presencia evangeliza. No necesita discursos largos; basta la claridad de su rostro. Allí donde se vive la alegría cristiana, el ambiente cambia: la familia respira paz, la comunidad se fortalece, la sociedad encuentra un testimonio que no se compra ni se finge. Es la alegría de quien camina con Cristo y sabe que, aun en la noche, el amanecer llegará.


La alegría cristiana es la luz interior que nace de sabernos amados por Dios y sostenidos por su misericordia; dejemos que Cristo habite en nuestros pensamientos y cure nuestras sombras para que nuestro corazón respire gratitud, esperanza y serenidad; hoy elijamos un gesto concreto de alegría: ofrecer una palabra amable, servir con disposición o agradecer lo que tenemos, porque quien deja que la gracia ilumine su vida se convierte en un faro para los demás.


Para continuar profundizando en la virtud de la alegría, siempre será provechoso mirar cómo la fe rehace la mirada y permite caminar con un corazón más libre y luminoso.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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