09
DIC
2025

9. Noveno día: La oración que sostiene el hogar



9. Noveno día: La oración que sostiene el hogar

Hay hogares donde la oración es breve, sencilla, casi susurrada… y aun así, esos hogares brillan. No por la perfección de sus palabras, sino por la humildad de sus gestos. La oración familiar no necesita discursos elaborados ni largos minutos de solemnidad; necesita, sobre todo, un corazón dispuesto. Dios no mide la extensión, sino la apertura. No mide la forma, sino la fe.

Basta un Ave María dicho con amor, un Padre Nuestro antes de dormir, una bendición apresurada en la puerta mientras los hijos salen a la escuela. Basta que, en medio del ritmo diario, alguien diga: “Recemos un momento”. La oración tiene una fuerza discreta pero poderosa: purifica el ambiente, pacifica la mente, une los corazones, ilumina lo que parecía oscuro.

Cuando una familia reza, aunque sea un poco, ya abrió una puerta a la gracia. Y esa rendija, que parece tan pequeña, basta para que Dios entre con toda su ternura. En muchos hogares, la oración es esa llama encendida que nunca se apaga del todo, incluso cuando hay tensiones, cansancio o dificultades. Es una luz humilde, pero constante, que recuerda que Dios está presente y que no caminamos solos.

La oración compartida crea vínculos invisibles pero firmes. Enseña a los niños que Dios forma parte de la vida cotidiana; enseña a los adultos que el hogar no es solo un techo, sino un pequeño santuario donde la vida se vuelve ofrenda. No es necesario que todos estén siempre de acuerdo, ni que los ritmos coincidan perfectamente. Lo esencial es ponerse juntos, aunque sea por un instante, delante del Señor.

Adviento nos invita a recuperar esta belleza sencilla: rezar en familia como quien enciende una vela en medio de la noche. Quizá la llama sea pequeña, pero ilumina más de lo que imaginamos. Allí donde se reza, el mal pierde espacio, la paz encuentra hogar y la esperanza renace.

La oración familiar es el latido espiritual de la casa. Es la luz que sostiene, que acompaña, que protege. Y aunque a veces parezca poco, para Dios es muchísimo. Porque donde hay dos o tres reunidos en su nombre —aunque sea alrededor de una mesa pequeña, con una vela encendida y un rosario entre las manos— allí está Él, encendiendo la luz que jamás se apaga.

Cuando un hogar reza, ese hogar ya empezó a convertirse en Belén. Y la Navidad, en ese lugar, siempre llega con más luz.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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