8. José, el justo que sostiene en silencio
Si hay una figura que encarna la belleza del silencio fecundo, ésa es San José. Su vida está hecha de pocas palabras y muchos actos. No encontramos discursos grandiosos en su boca, ni gestos ostentosos que reclamen atención. José habla desde sus manos, desde su mirada serena, desde la firmeza con que sostiene la misión que Dios le confía. Él es, verdaderamente, el “justo” que ama sin ruido.
En José descubrimos que el amor auténtico no necesita escenarios ni aplausos. Se manifiesta en acciones concretas: proteger a María, cuidar al Niño, trabajar día tras día para sostener el hogar, obedecer en la fe cuando los caminos son inciertos. Su grandeza no está en lo que dice, sino en lo que hace. Su santidad no brilla por espectacularidad, sino por profundidad.
El Adviento nos invita precisamente a eso: a aprender a amar como José. Menos palabras, más presencia. Menos explicaciones, más disponibilidad. Menos ansiedad por controlar, más confianza en Dios. José no lo entendió todo, pero confió. No vio el panorama completo, pero obedeció. No buscó protagonismo, pero Dios lo hizo custodio del mayor tesoro del cielo.
En la vida familiar, la presencia silenciosa de quienes sostienen desde lo oculto es un regalo inmenso. Todos conocemos a alguien que encarna ese espíritu josefino: el que prepara la mesa sin que se lo pidan, la que sostiene la casa con su esfuerzo diario, el que trabaja sin descanso para que a nadie le falte, la que acompaña con cariño sin buscar reconocimiento. Es allí, en ese tejido sencillo y constante, donde se construye el hogar.
Una familia crece cuando uno decide servir sin esperar aplausos. Cuando cada quien hace con amor lo que le corresponde, sin reclamar, sin medir, sin competir. José nos recuerda que el amor verdadero no hiere, no impone, no grita: simplemente se entrega.
El silencio de José no es vacío; es un espacio donde Dios habla más claro. Es un silencio que escucha, que discierne, que obedece. Es un silencio fértil que abre camino al milagro. Por eso, en este día del Adviento, vale la pena pedirle su intercesión para aprender a amar sin ruido, a trabajar sin vanidad, a sostener sin cansarnos de hacer el bien.
Quien camina con José descubre que la humildad no es debilidad, sino fortaleza. Que la sencillez no empobrece, sino que enriquece. Y que cuando el amor se vuelve servicio silencioso, el hogar se convierte —poco a poco, sin estridencias— en un Nazaret donde Dios se complace en habitar.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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