6. Sexto día: Reconciliar para avanzar
Adviento sin reconciliación es un camino trabado. Es como intentar caminar con una piedra en el zapato: por más que uno avance, siempre hay algo que molesta, algo que pesa, algo que duele. La reconciliación, en cambio, abre espacio interior. Despeja, libera, aligera. Es uno de los gestos más concretos —y más exigentes— que preparan la Navidad.
No se puede recibir al Príncipe de la Paz mientras se guarda guerra en el corazón. Por eso el Adviento es una invitación insistente y tierna a revisar nuestros vínculos: ¿A quién le debo una llamada? ¿Con quién tengo una conversación pendiente? ¿Qué abrazo quedó interrumpido por un enojo? Las relaciones humanas duelen, pero también sanan; se rompen, pero también pueden renovarse.
Las heridas no sanadas detienen el camino espiritual. La falta de perdón se convierte en una sombra que crece y termina robando la serenidad. Reconciliar no siempre es resolverlo todo, ni olvidar de inmediato, ni pretender que nada pasó. Reconciliar es simplemente dar el primer paso. A veces se empieza con una palabra suave; otras, con un mensaje breve; otras, con la disposición interior de dejar de pelear por dentro. Y ese pequeño paso, casi siempre invisible, ya es un milagro.
Una llamada pendiente puede reparar más que un discurso. Una disculpa sincera puede abrir una puerta que creíamos cerrada. Un abrazo que parecía imposible puede restaurar una historia. La reconciliación no solo sana al otro: también libera a quien se atreve a dar el primer paso.
En la lógica del Evangelio, avanzar siempre implica reconciliar. No se puede caminar hacia Belén cargando rencores como equipaje. El Niño que viene necesita espacio, y las heridas retenidas lo ocupan todo. Por eso, reconciliar es preparar el pesebre interior. Allí donde un vínculo se pacifica, nace un pedacito de Belén.
Adviento es una extraordinaria oportunidad para recordar que la paz no empieza en los discursos del mundo, sino en la pequeña geografía del corazón familiar. Quien perdona, avanza. Quien se reconcilia, se libera. Quien da el primer paso, siempre encuentra al Señor más cerca de lo que imaginaba.
Cuando el alma se pacifica, el camino hacia la Navidad se vuelve ligero, profundo y luminoso. Porque donde hay reconciliación, Dios ya empezó a nacer.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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