4. Cuarto día: Agradecer las pequeñas cosas
La gratitud es una de esas virtudes silenciosas que transforman la vida sin que lo notemos de inmediato. No hace ruido, no exige atención, no necesita grandes gestos. Pero cuando una familia aprende a agradecer, aun por lo más pequeño, algo extraordinario comienza a pasar dentro del hogar: el corazón se ensancha, la mirada se limpia y la vida se ilumina desde dentro.
Antes de pedir, agradece. No porque Dios necesite nuestro agradecimiento, sino porque nosotros necesitamos ejercitarlo. La gratitud coloca en orden los pensamientos, calma las urgencias y nos recuerda que la vida está llena de dones que a veces pasan desapercibidos: el pan de cada día, una conversación que trajo consuelo, un abrazo que sostuvo sin palabras, la salud que nos permite levantarnos, la familia que nos acompaña aun en los días difíciles.
Agradecer es un acto espiritual profundo: reconoce que todo bien tiene un origen mayor que nosotros mismos. Y, al reconocerlo, el alma se vuelve más liviana. La gratitud afloja lo que está tenso, ablanda lo que se ha endurecido y nos devuelve la serenidad que quizá la rutina había ido desgastando.
En Adviento, la gratitud adquiere un brillo especial. Este tiempo nos invita a mirar la vida no desde lo que falta, sino desde lo que ya es regalo. Cuando una familia agradece junta, aunque sea por un solo motivo del día, la casa se llena de luz. Sin darse cuenta, comienzan a ver la vida como Dios la ve: con paciencia, con ternura, con esperanza. A veces basta un sencillo “gracias, Señor, por este día” para abrir una puerta interior que permite al corazón respirar de nuevo.
La gratitud también es memoria: nos ayuda a recordar que Dios ha estado allí en cada paso, incluso cuando no lo entendimos. Y esa memoria agradecida se convierte en confianza para el camino que sigue. Hoy se agradece por lo vivido; mañana se confía en lo que vendrá.
Vivir agradecidos es, en definitiva, vivir despiertos. Es descubrir que el milagro no siempre es un gran acontecimiento, sino una sucesión de pequeños gestos cotidianos donde Dios se deja encontrar. La gratitud transforma el hogar en un lugar más humano, más luminoso y más abierto a la presencia de Jesús que viene.
Cuando un corazón agradece, ya está empezando a preparar el pesebre interior. Porque nada dispone mejor para recibir al Señor que un alma que sabe reconocer y celebrar los dones de cada día.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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