31 de diciembre: Agradecer el año que termina y confiar el que comienza
El último día del año no es solo una frontera en el calendario; es un umbral interior. La Iglesia, todavía envuelta en la luz de la Navidad, nos invita hoy a detenernos, mirar atrás con gratitud y mirar adelante con confianza. No para hacer balances fríos, sino para reconocer la presencia fiel de Dios a lo largo de todo el camino recorrido.
Este día es profundamente cristiano cuando se vive desde la acción de gracias. Agradecer no significa decir que todo fue fácil o perfecto. Significa reconocer que, incluso en lo que dolió, Dios estuvo presente. Hubo días de alegría y días de cansancio, momentos de luz y momentos de noche, pero ninguno quedó fuera de la mirada amorosa del Señor.
La Navidad nos da la clave para leer el año que termina: Dios ha caminado con nosotros. No desde lejos, sino desde dentro de nuestra historia concreta. Ha estado en los encuentros, en las pérdidas, en las decisiones acertadas y también en los errores que nos enseñaron humildad. Agradecer es reconocer que nada fue inútil cuando se vivió con fe.
Este 31 de diciembre también es un día para reconciliar la memoria. Para soltar reproches, perdonarnos lo que no salió como esperábamos, entregar a Dios lo que quedó inconcluso. El corazón necesita cerrar bien para poder abrirse mejor. La gratitud sana la memoria y libera el futuro.
Y mirando hacia el año que comienza, la fe nos invita a un acto sencillo y profundo: confiar. No sabemos qué traerán los próximos meses, pero sí sabemos quién nos acompaña. El Dios que nació en Belén no se despide al cambiar el año. Permanece. Y su presencia es más firme que cualquier incertidumbre.
Confiar el año nuevo no es hacer promesas vacías, sino poner la vida en manos de Dios. Es decirle: “Señor, aquí está lo que soy, lo que tengo, lo que espero”. Es entrar en el futuro no con ansiedad, sino con esperanza. No con miedo, sino con abandono confiado.
Para la familia cristiana, este día puede convertirse en un momento de oración sencilla y profunda: agradecer juntos, recordar bendiciones, encomendar lo que viene, pedir la paz para el hogar y la fuerza para amar mejor. No hacen falta palabras largas; basta un corazón abierto.
El
año termina, pero Dios no se va.
El tiempo pasa, pero su amor permanece.
La historia sigue, pero la esperanza está en marcha.
Que este 31 de diciembre nos encuentre agradecidos por lo vivido, reconciliados con lo que fue, y confiados en lo que vendrá. Porque cuando Dios es el centro, cada final se transforma en comienzo.
Y
así, desde la luz serena de la Navidad, entramos en el nuevo año con una
certeza firme:
El Señor ha estado con nosotros… y seguirá caminando a nuestro lado.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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