30 de diciembre: Caminar en la fidelidad cotidiana
A pocos días de haber celebrado el nacimiento del Señor, la liturgia nos conduce hacia una enseñanza sencilla y profunda: la santidad se construye en lo cotidiano. No siempre con gestos extraordinarios, sino con una fidelidad humilde que persevera cuando la emoción inicial se aquieta.
La Navidad no termina en una noche luminosa. Continúa en los días siguientes, cuando la vida vuelve a su ritmo, cuando los compromisos reaparecen, cuando el cansancio se deja sentir. Es ahí donde la fe se prueba y madura. El Niño de Belén no viene solo para ser contemplado, sino para ser seguido.
La Sagrada Escritura nos muestra que Jesús creció en un hogar sencillo, en la obediencia diaria, en el trabajo silencioso, en la vida ordinaria de una familia. Nada espectacular a los ojos del mundo, pero profundamente fecundo a los ojos de Dios. Nazaret fue escuela de fidelidad, y por eso se convirtió en cuna de salvación.
Este día nos invita a reconciliarnos con lo pequeño, con lo repetido, con lo aparentemente insignificante. Preparar la mesa, cumplir con el deber, cuidar una relación, perseverar en la oración aun cuando no se siente nada especial. Todo eso, vivido con amor, es camino de santidad. Dios no nos pide hazañas constantes, sino un corazón disponible que no se canse de amar.
Para la vida familiar, esta enseñanza es clave. La fe se transmite más por la coherencia diaria que por palabras solemnes. Los hijos aprenden a creer viendo a los adultos perseverar, pedir perdón, volver a empezar, confiar incluso cuando no todo está resuelto. La fidelidad cotidiana construye hogares estables y corazones fuertes.
En estos días finales del año, también surge una invitación a mirar atrás con gratitud y adelante con esperanza. Reconocer lo vivido, aprender de lo fallado, agradecer lo recibido. Dios ha estado presente en cada jornada, incluso en aquellas que parecían grises. Su fidelidad sostiene la nuestra.
La Navidad nos recuerda que Dios ha entrado en el tiempo para caminar con nosotros. No nos abandona cuando se apagan las luces festivas. Permanece. Y nos llama a permanecer con Él, paso a paso, día a día.
Que este 30 de diciembre sea una oportunidad para renovar una decisión sencilla pero firme: vivir la fe con constancia, amar sin cansarse, confiar sin dramatismos, servir sin esperar reconocimiento.
Porque cuando la fidelidad se vive en lo cotidiano, la vida entera se convierte en un lugar donde Dios habita. Y así, la Navidad deja de ser un recuerdo para convertirse en una forma de vivir.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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