3. Tercer día: La familia como pesebre
El pesebre de Belén no era un lugar perfecto. No tenía brillo, ni comodidades, ni grandezas. Era pobre, sencillo y casi improvisado, pero estaba lleno de algo esencial: estaba lleno de calor humano, de presencia y de disponibilidad. Allí, en medio de esa humildad, Dios eligió nacer. Y ese detalle revela el modo en que Él actúa: no busca escenarios impecables, busca corazones abiertos.
Antes de colocar las figuras de barro o de madera en la mesa del hogar, vale la pena detenerse y mirar el pesebre más verdadero: el corazón de la familia. Adviento nos recuerda que el Señor no llega donde todo está impecable externamente, sino donde reina la ternura; donde una palabra amable supera al reproche; donde un gesto simple de servicio tiene más valor que cualquier decoración.
Cada
pequeño acto del día se convierte en una preparación real:
la paciencia con quien llega agotado, la sonrisa que alivia el ánimo, la
disculpa que sana heridas guardadas, el abrazo que reconcilia, la ayuda que se
ofrece sin pedir nada a cambio. Cada gesto así es como colocar una paja limpia
y suave en el pesebre interior para que el Niño Dios encuentre un lugar digno
donde recostarse.
Una familia que decide caminar de esta manera se convierte en un Belén vivo. El hogar deja de ser solo un espacio físico y se transforma en un lugar donde la gracia de Dios puede florecer. No se necesita perfección, se necesita disponibilidad. No se necesita tener todas las respuestas, basta el deseo de comenzar.
Adviento es ese recordatorio silencioso de que la Navidad no se construye con luces y adornos, sino con corazones que se dejan transformar. Donde hay perdón, nace Belén. Donde hay ternura, nace Belén. Donde hay amor humilde, allí Dios decide nacer. Y cuando el pesebre comienza en casa, la Navidad deja de ser una fecha y se convierte en un encuentro vivo con Jesús.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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