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DIC
2025

28 de diciembre: Los Santos Inocentes, la vida que Dios defiende



28 de diciembre: Los Santos Inocentes, la vida que Dios defiende

En medio de la alegría luminosa de la Navidad, la Iglesia nos detiene hoy ante una realidad dura y desconcertante: el martirio de los Santos Inocentes. Niños sin nombre, sin voz, sin defensa humana, que fueron víctimas de la violencia del poder y del miedo. Su memoria no apaga la Navidad; la purifica.

El Evangelio no edulcora la historia. Desde el comienzo, la llegada de Cristo provoca resistencia. La luz incomoda a la oscuridad. El nacimiento del Salvador desenmascara los falsos reinos, los corazones cerrados, los poderes que se sostienen sobre el miedo. Herodes no mata por odio religioso, sino por temor a perder su dominio. Y ese miedo, ayer como hoy, sigue cobrando vidas inocentes.

Los Santos Inocentes no murieron por una decisión consciente, pero murieron a causa de Cristo. Su sangre se derramó porque el Hijo de Dios había entrado en el mundo. Por eso la Iglesia los reconoce como mártires: no por lo que dijeron, sino por lo que su muerte revela. Ellos proclaman, sin palabras, que la vida humana es sagrada desde su comienzo y que Dios no es indiferente al sufrimiento de los pequeños.

Este día nos recuerda que la Navidad no es una burbuja ajena al dolor del mundo. El Niño que nace en Belén lo hace en un contexto de amenaza, de persecución y de exilio. Jesús mismo fue un niño amenazado, refugiado, vulnerable. Dios ha querido compartir esa fragilidad para redimirla desde dentro.

La memoria de los Santos Inocentes es también una llamada a la conciencia. Nos interpela sobre cómo tratamos a los más frágiles: los niños, los no nacidos, los enfermos, los descartados, los que no tienen voz. Nos recuerda que toda violencia contra la vida es una herida abierta en el corazón de la humanidad y una negación del proyecto de Dios.

Pero esta conmemoración no es desesperanza. Es esperanza pascual. Dios no abandona a los inocentes. Su muerte no es absurda ni olvidada. En ellos, Dios nos dice que ninguna vida se pierde, que ningún sufrimiento es inútil, que toda lágrima es recogida. La injusticia no tiene la última palabra.

Para la familia cristiana, este día invita a educar en el respeto profundo por la vida, a cuidar con ternura a los pequeños, a ser refugio para los vulnerables, a defender con valentía la dignidad humana en todas sus etapas. Celebrar la Navidad es también comprometerse con la vida.

Hoy, al contemplar el pesebre, recordamos que el Niño Dios está unido para siempre a todos los niños que sufren. Y que su venida es promesa de justicia, de consuelo y de restauración definitiva.

Que los Santos Inocentes intercedan por nuestro mundo herido.
Que nos enseñen a proteger la vida con amor.
Y que la Navidad nos haga más sensibles, más humanos y más fieles al Dios que se hizo Niño para salvarnos.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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