22. Vigésimo segundo día: Cuidar el amor en lo cotidiano
El amor verdadero no suele presentarse con grandes gestos ni escenas memorables. La mayor parte del tiempo se esconde en lo sencillo, en lo repetido, en lo aparentemente insignificante. Y es ahí, precisamente ahí, donde el Evangelio se encarna con más verdad. Adviento nos recuerda que Dios no eligió lo extraordinario para entrar en el mundo, sino lo cotidiano: una casa, una familia, un trabajo sencillo, una vida compartida día a día.
No hace falta un gran gesto para amar bien. Basta poner cariño en lo habitual. Servir la mesa sin quejarse. Preparar un café pensando en el otro. Acompañar en silencio. Preguntar con interés sincero cómo estuvo el día. Escuchar sin mirar el reloj. Ayudar sin que te lo pidan. Son gestos pequeños, pero cuando están cargados de amor, sostienen la vida familiar más que cualquier acontecimiento extraordinario.
El amor que permanece no es el que se proclama, sino el que se practica. No es el que aparece solo en fechas señaladas, sino el que se renueva en lo diario. Ese amor paciente y discreto es el que construye el hogar, el que crea confianza, el que permite atravesar las dificultades sin romperse. Es un amor que no busca aplausos, pero deja huella.
Adviento nos invita a mirar con atención estos gestos sencillos y a reconocer en ellos la presencia de Dios. Jesús no viene a pedirnos heroicidades constantes, sino fidelidad en lo pequeño. Viene a enseñarnos que el amor se cultiva como se cuida una casa: con atención diaria, con constancia, con detalles que parecen mínimos pero lo sostienen todo.
En la familia, cuidar el amor en lo cotidiano es una decisión consciente. Es elegir no endurecer el corazón. Es no dar por sentado al otro. Es volver a mirar con gratitud a quienes caminan a nuestro lado cada día. Allí donde hay gestos de cariño habituales, el cansancio pesa menos y la convivencia se vuelve más humana.
Este
día del Adviento nos invita a una pregunta simple y profunda:
¿Dónde puedo poner hoy un poco más de amor en lo que ya hago?
Porque cuando el amor se cuida en lo cotidiano, la casa se convierte en un lugar donde Dios se siente en casa. Y cuando Dios habita lo diario, la Navidad deja de ser un acontecimiento lejano y se vuelve una presencia viva, silenciosa y constante en el corazón del hogar.
Pbro. Alfredo Uzcátegui
Vicario parroquial.
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