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DIC
2025

21. Vigésimo primer día: Hacer silencio para escuchar a Dios



21. Vigésimo primer día: Hacer silencio para escuchar a Dios

Vivimos rodeados de ruido. Ruido de palabras, de pantallas, de urgencias, de opiniones, de preocupaciones que no descansan. Pero el ruido exterior, por intenso que sea, no es el más peligroso. El más difícil de afrontar es el ruido interior: pensamientos que se atropellan, miedos que no se callan, reproches que vuelven, prisas que no permiten detenerse. En medio de ese ruido, la voz de Dios no desaparece… pero se vuelve más difícil de reconocer.

El Adviento nos invita a recuperar una experiencia casi olvidada: el silencio. No como ausencia, sino como presencia. El silencio no es vacío; es espacio. Es el lugar donde Dios puede hablar con claridad al corazón. Por eso, hacer silencio no es perder el tiempo: es abrirlo a lo eterno.

Basta muy poco. Dos minutos de silencio real cada día. Sin teléfono, sin música, sin palabras. Dos minutos para respirar hondo, aquietar el interior y decirle a Dios: “Aquí estoy”. En ese espacio pequeño y humilde, Dios actúa con una delicadeza inmensa. No suele gritar. Susurra. Y solo quien se calla por dentro puede escuchar.

En la historia de la salvación, Dios casi siempre habla en el silencio: en el desierto, en la noche, en el recogimiento del corazón. María escuchó en el silencio. José discernió en el silencio. El Niño Dios nació en el silencio de Belén. Adviento nos recuerda que lo esencial no hace ruido, pero transforma la vida.

En la familia, el silencio también es un acto de amor. Saber callar para no herir, guardar silencio para acompañar, crear espacios donde no todo esté lleno de palabras. Un hogar que aprende a respetar el silencio se vuelve más habitable, más humano, más abierto a Dios.

Hacer silencio no significa huir de los problemas, sino mirarlos con Dios. En el silencio, las cosas se ordenan, las prioridades se aclaran, el corazón se pacifica. Allí se descubre que Dios no estaba ausente: estaba esperando ser escuchado.

Este día del Adviento nos propone un gesto concreto y sencillo: regalarle a Dios un pequeño espacio de silencio. No cuando “sobre tiempo”, sino como una decisión consciente. Ese silencio prepara la casa interior, limpia el alma y dispone el corazón para la llegada del Salvador.

Porque cuando el ruido se apaga, la voz de Dios emerge con claridad.
Y cuando Dios habla, el corazón encuentra descanso.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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