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DIC
2025

20. Vigésimo día: Preparar el alma para el perdón de Dios



20. Vigésimo día: Preparar el alma para el perdón de Dios

El Adviento no solo prepara la casa, el calendario o los encuentros familiares. Prepara, sobre todo, el alma. Y una de las formas más hondas y liberadoras de vivir este tiempo es abrir el corazón al perdón de Dios. No como un trámite, ni como una obligación pesada, sino como un encuentro que devuelve la paz y la dignidad.

Existe una idea equivocada del perdón que a veces paraliza: pensar que confesar es humillarse. Pero la misericordia de Dios no humilla; levanta. No aplasta; cura. No reprocha; reconcilia. Quien se acerca al sacramento de la Reconciliación con un corazón sincero descubre que Dios no se detiene en la herida, sino que se inclina para sanarla.

Adviento es un tiempo privilegiado para esta experiencia. Es tiempo de verdad interior, de dejar de justificarnos, de reconocer con humildad lo que pesa, lo que duele, lo que no hemos sabido amar. No para quedarnos ahí, sino para permitir que la gracia haga lo que nosotros no podemos hacer solos.

Una buena confesión aclara el camino. Ordena el interior. Libera la memoria. Devuelve la paz. No porque borre mágicamente los problemas, sino porque reconcilia al corazón con Dios y consigo mismo. Y cuando el alma está en paz, todo lo demás comienza a acomodarse.

Preparar el alma para el perdón de Dios es como abrir ventanas después de mucho tiempo. Entra luz. Entra aire nuevo. Entra esperanza. El peso se aligera y el futuro deja de verse amenazante. La misericordia no cambia el pasado, pero transforma radicalmente la manera de caminar hacia adelante.

También en la vida familiar, el perdón recibido de Dios tiene un efecto silencioso pero profundo. Quien se sabe perdonado aprende a perdonar mejor. Quien experimenta la misericordia se vuelve más paciente, más comprensivo, más humano. El hogar se vuelve más respirable cuando el corazón ha sido tocado por la gracia.

Adviento nos recuerda que Dios no viene a condenar, sino a salvar. No viene a señalar, sino a abrazar. No viene a exigir cuentas, sino a regalar vida nueva. Por eso, preparar el alma para el perdón es uno de los regalos más grandes que podemos hacernos en este tiempo.

Cuando el corazón ha sido reconciliado, la casa interior queda lista. No perfecta, pero abierta. No impecable, pero habitada por la paz. Y allí, en ese espacio humilde y sanado, el Salvador encuentra un lugar donde nacer.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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