19. Decimonoveno día: La esperanza como decisión
Esperar no es quedarse inmóvil ni resignarse a lo que venga. Esperar, en clave cristiana, es decidir no rendirse. Es una postura interior firme, muchas veces silenciosa, que se sostiene incluso cuando las emociones no acompañan. La esperanza no es un sentimiento pasajero; es una decisión del corazón que se renueva cada día.
Hay momentos en los que no sentimos nada especial: ni consuelo, ni alegría, ni entusiasmo. Y, sin embargo, es precisamente allí donde la esperanza se vuelve más auténtica. Creer que Dios está obrando incluso cuando no lo percibimos es uno de los actos de fe más puros. El Adviento nos educa en esta esperanza madura, que no depende de señales visibles, sino de la confianza en la fidelidad de Dios.
La
esperanza cristiana es un acto de voluntad. Es levantarse cada mañana y decir,
con sencillez y firmeza:
“Dios no ha terminado conmigo ni con mi familia.”
Es continuar caminando cuando las fuerzas no alcanzan, es seguir amando cuando
cuesta, es perseverar cuando el camino se vuelve incierto.
En la vida familiar, la esperanza se vuelve sostén concreto. Sostiene cuando hay preocupaciones económicas, cuando hay enfermedades, cuando hay tensiones, cuando hay silencios que duelen. No niega la realidad, pero se niega a absolutizarla. La esperanza recuerda que Dios está presente también en lo que no entendemos, y que su obra no se interrumpe por nuestras debilidades.
Adviento nos enseña que Dios actúa muchas veces en lo oculto, como una semilla bajo la tierra. No hace ruido, no se apresura, pero crece. Quien espera con esperanza aprende a confiar en los procesos, a respetar los tiempos, a no exigir frutos inmediatos. Y esa paciencia esperanzada sostiene el alma cuando todo parece detenido.
Decidir esperar es un acto de valentía espiritual. Es decirle a Dios: “Confío en Ti, incluso ahora”. Y esa confianza, repetida día tras día, va construyendo un corazón fuerte, capaz de atravesar la noche sin perder el rumbo.
La esperanza como decisión no decepciona. Porque no se apoya en nuestras fuerzas, sino en la promesa de Aquel que viene. Y cuando una familia decide esperar así, incluso en medio de la fragilidad, el Adviento se llena de sentido y la Navidad comienza a gestarse en lo más hondo del corazón.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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